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martes, 28 de octubre de 2014

LA FUGA


Se apoyó jadeante en la pared. Su corazón acelerado golpeaba contra su pecho y le faltaba el aire. No podía haber sido tan fácil. Observó alrededor las tuberías de
todos los tamaños que cruzaban el pasillo en el que ahora se encontraba. Aunque entraba algo de luz desde algún lugar arriba, el corredor estaba en penumbras y tuvo
que sacar la vela y las cerillas de una de las bolsas de plástico que llevaba en la mochila. En otras bolsas, también de plástico, estaban su ropa y los zapatos que
esperaba que no se mojasen llegado el momento. En apenas un minuto, había encendido la vela, guardado de nuevo las cerillas y observaba las pisadas sobre la capa de
polvo reinante. McDonnald tenía razón.
—A mí esto me resulta muy extraño, ¿sabes? Mira alrededor, están todos apagados. Yo he estado en otras cárceles y lo que veo aquí no me gusta nada. Es como si
todos se estuviesen conteniendo por algo. Incluso los guardias están acojonados, ¿sabes? Pero nadie habla cuando le pregunto.
McDonnald lo miró con esos enormes ojos azules que parecían a punto de salir de sus cuencas.
—No sé a qué te refieres. Esto es una cárcel, no estamos contentos de estar aquí.
—No, no. No es a eso a lo que me refiero. Cuando llevas un tiempo en prisión se te olvida que estás en prisión, ¿sabes? Vuelves a ser tú, y yo aquí no veo que a la
gente se le olvide. No se montan broncas, ni los guardias nos calientan, ni nada. Algunos se ponen gallitos, despliegan su plumaje, ¿sabes?, se encaran, y ya está. ¿Cómo
que ya está? ¿Por qué no llegan a las manos?¿Por qué no se zurran? No es normal —concluyó indignado.
Robert R. Wilson sabía de lo que hablaba. Había estado en un correccional y tres prisiones distintas, y el ambiente en ese centro era muy distinto a los demás. No
podía decir qué era exactamente, pero sí que pasaba algo raro.
Al principio le había resultado extraño que le destinaran una cárcel como aquella, bastante pequeña y, a simple vista, no muy segura. Nunca antes había oído hablar
del Centro Penitenciario de Arkham y nada pudo sacar de los presos con los que compartió celda antes de ingresar en el centro.
El primer día le pareció una cárcel normal: altos muros de hormigón coronados por alambre de espino, torretas con vigilantes día y noche, perros, el equipo habitual.
Se entraba y se salía por el mismo sitio. Todo le había parecido normal excepto la sensación de intranquilidad que le invadió ese primer día y que no desapareció hasta
entonces. Notaba algo lúgubre en el ambiente, como si un luto permanente enseñorease el lugar. No se escuchaban gritos de palizas por las noches, no había broncas en
los patios porque nadie jugaba con los balones del cesto. Había en aquella prisión una neblina de oscuridad que parecía no desaparecer ni en los días más soleados.
Le extrañó que con su historial y sus intentos de fuga en el pasado le mandasen a aquel lugar, pero pronto apartó esas ideas de la cabeza para centrarse en cómo salir.
No estaba dispuesto a pasar allí los quince años de condena que le habían caído por robo, extorsión y homicidio, así que observó el día a día de reclusos, guardias, rutas,
horarios... Como en todas las prisiones, todo era bastante rutinario. Y así fue como conoció a McDonnald, un tipo extraño de ojos saltones que inquietaba con su
mirada, con una cabeza calva e irregular y una complexión fuerte. Al parecer, él también le había estado observando.
—Amigo —dijo apoyándose con sus codos sobre la mesa e inclinándose ligeramente hacia adelante—si no recuerdo mal, ya ha habido tres broncas últimamente.
Robert sonrió con orgullo.
—Claro, las he montado yo, ¿sabes? Esperaba que me mandaran al agujero un tiempo... Porque aquí tenéis agujero, ¿verdad?
McDonnald asintió.
—Pues eso. No ha ocurrido nada. Ni siquiera el correctivo con el que me obsequiaron fue convincente. ¿Te dije que me llevaron a ver al alcaide la última vez?
Esta vez negó con la cabeza.
—Pues eso. Me llevaron a verlo, ¿sabes? Menudo capullo, sermoneándome y diciendo estupideces... soy un convicto, narices, si estoy aquí es porque no se
comportarme, ¿verdad?
McDonnal sonrió. Empezaba a gustarle este tipo.
—Pues eso —repitió por tercera vez—. Hace un par de días, un capullo me tocó los cojones en el patio, ¿sabes? Me encaré con él. El muy cagao se puso chulito,
pero de repente, miró a una de las torres, y se retiró. ¿Qué coño pasa? Por la mierda de castigo que te dan, vale la pena pelearse. Pues eso, que luego me viene uno con el
que he hablado algunas veces, Couburn, el viejo, y me dice que me ande con cuidado, que si no sé qué y que si no sé cuantos, y me deja caer algo de que aquí los
problemáticos desaparecen, ¿sabes?
—¿Desaparecen? —dijo McDonnald frunciendo el ceño.
—Sí, eso me dijo. Que desaparecen, que se los llevan y nunca vuelven. El viejo ese intenta acojonarme, ¿sabes? Menuda tontería.
McDonnald rió de forma bastante estúpida, a lo que Robert se lo quedó mirando fijamente.
—Tú sabes algo, ¿verdad? Tú sabes qué está pasando aquí y me lo vas a contar.
McDonnald abrió y cerró los ojos varias veces, con lo que el parecido con un sapo se hizo más evidente.
—No debería...
—Y una mierda, canta ahora mismo o te partiré las piernas.
McDonnald se agitó nervioso en su asiento. A pesar de su apariencia intimidadora, era bastante cobarde.
—Está bien. Tranquilo —dijo mirando alrededor y acercándose más a su interlocutor—. Dicen por ahí que hay presos que desaparecen, amigo. Pero no es así. Lo que
ocurre es que escapan.
—Eso no tiene sentido —dijo Robert incrédulo—. Si desaparece tanta gente no puede ser que se fuguen. Habrían investigado la cárcel y cambiarían de alcaide.
—No amigo, no es tanta gente. Además, el alcaide lo oculta. Lo cesarían si se enteraran de que hay fugas de presos. Están todos compinchados. No se lo pueden
permitir, amigo. Lo que ocurre es que Couburn ya lleva mucho tiempo en esta cárcel y ha perdido un poco la cabeza. Fíjate en él.
Robert se giró y miró donde McDonnald señalaba con la mirada. En una de las mesas más apartadas del comedor, el viejo comía lentamente su plato, sin nadie que lo
acompañara.
—Ves. Nadie quiere saber nada de él. Tal vez fuese buena idea que tú tampoco te acercases mucho. Algunos piensan que les puede contagiar su locura. De hecho,
Couburn tenía dos amigos. A ambos se los llevaron porque perdieron la cabeza. Gritaban cosas sin sentido por las noches, suplicando que no les sacrificaran y
anunciando el mal que venía de las estrellas. En invierno, cuando anochece antes, se negaban a salir al patio porque los vigilaban desde el cielo. Se los llevaron para que
no contagiaran al resto de presos. Seguramente ahora estén en uno de esos lugares para locos, ya me entiendes.
A Robert un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Ese lugar era para perder la cabeza.
—¿Tú ya te has acostumbrado?
—¿A qué?
—A la sensación de que algo va mal en este lugar.
—Yo no tengo esa sensación que dices, ni el resto. Estás en una prisión, es normal que tengas esa sensación de encierro.
—No, no. Esto es diferente. He de salir de aquí.
McDonnald lo miró fijamente de una manera que puso nervioso a Robert.
—Puede que sepa cómo salir de aquí. Pero deberá ser este viernes. Hay luna nueva y será más fácil que te ocultes. Necesitarás ropa de civil, y algo de dinero. Yo
puedo encargarme.
Robert pasó de mirarle con una sonrisa de oreja a oreja a la sospecha, entrecerrando los ojos. Había algo extraño en que le ofreciese salir de allí con tanta rapidez.
McDonnald pareció percibirlo.
—¿Sabes? ¿Por qué tú no has escapado?¿A cambio de qué me estás ayudando? Porque no pienso llevarte conmigo, ¿sabes? Yo trabajo y me fugo solo. No quiero
estar cuidando de nadie.
—Oh, no quiero salir de aquí todavía. Me quedan ocho meses, no quince años como a ti. No voy a estropearlo fugándome, porque si me cogen volveré unos años
más.McDonnald eludió deliberadamente contestar a cambio de qué le estaba ayudando. Le explicó por dónde se salía, el lugar por el que escaparía y hacia dónde dirigirse.
Le advirtió de que no sería fácil, ya que gran parte del recorrido iba a ser por las alcantarillas, y además de los malos olores, podría encontrarse con alguna rata
hambrienta que le quisiese hincar el diente. Le dio algunas indicaciones de lo que tenía que preparar y que no debían hablarse hasta el mismo viernes, cuando le entregaría
todas las cosas.
En ese mismo momento Robert estaba excitado. Todo parecía perfectamente trazado, y aunque tenía su complicación, era relativamente fácil en cuanto al riesgo. Pero
al día siguiente lo asaltó el viejo Couburn.
—No te acerques a ese hombre, es un siervo. —Robert intentó no hacerle caso—. Fíjate en su aura, es negra como la noche a la que pertenece. Si le haces caso
acabarás como los demás.
Robert le propinó un empujón que casi le hizo caer al suelo. No quería escuchar al viejo y que le metiese dudas en un momento en el que necesitaba tener fortaleza y
decisión.
—Lárgate viejo, o te saltaré los pocos dientes que aún te quedan.
Pero el viejo había conseguido lo que Robert menos necesitaba. Se pasó el resto de días dándole vueltas a la cabeza. ¿Cómo habían acabado los demás? Locos, pero
por culpa del viejo. Nadie se acercaba a él. Era un loco, un chiflado, pero aun así sus palabras habían calado en él. Todo había sido demasiado sencillo. El plan era bueno,
y según McDonnald, era el que habían usado para escapar otros presos.
Y allí se encontraba ahora, apoyado en la pared en la que otros habían estado apoyados. Ya se había desecho de la llave, tal y como McDonnald le había pedido,
dejándola entre los ladrillos en una esquina de la otra habitación. Había dejado el candado colgado para que cuando McDonnald fuese a recuperar la llave, cerrase el
candado y cubriese sus huellas. Todo estaba saliendo bien. Empezó a caminar intentando tranquilizarse mientras repasaba la ruta a seguir: tubería, pasillo en las
alcantarillas, balsa y la galería que llevaba al río.
Tras doblar un par de esquinas mientras seguía una gran tubería, llegó al lugar indicado. Justo antes de que la cañería se introdujese en la pared había una abertura
hábilmente camuflada por un grupo de finos conductos. Debía esperar todavía un rato hasta que la descarga de agua terminase, ya que era muy arriesgado entrar cuando
llevaba agua, además de que se apagaría la vela. Fueron unos minutos eternos en los que esperaba que en cualquier momento sonasen las sirenas de alarma de la prisión.
Pero eso nunca ocurrió. Durante ese tiempo volvió a repasar todo lo que había en la mochila, dentro de esas nuevas bolsas de plástico que se cerraban por arriba
impidiendo que entrase o saliese líquido de ellas: ropa, zapatos de su talla, algo de comida, un paquete de cigarrillos y las cerillas. Pero el dinero que le había prometido,
no estaba. Tampoco sería un problema, siempre había gente a la que robar.
Tras una hora de espera, el agua de la tubería por la que tenía que introducirse y arrastrarse se detuvo. Con mucho cuidado, dejando su mochila a mano, introdujo su
cuerpo, dándose cuenta de que había entrado al revés pensando en facilitarse la tarea de coger la mochila una vez dentro. Así que volvió a sacar medio cuerpo, se dio la
vuelta y volvió a bajar, teniendo que hacer una maniobra extraña con el brazo para poder alcanzar la mochila. Todavía corría un hilillo de agua.
Arrastrándose como los militares y avanzando muy poco a poco, recorrió los cincuenta metros hasta la abertura que daba a las alcantarillas. El dolor que tenía en los
codos empezaba a ser insoportable.
El olor fue como una bofetada en el rostro. El hedor que desprendían las aguas que por allí circulaban le provocó arcadas. Tuvo que retirarse, arrastrándose marcha
atrás para poder respirar de nuevo. Entendió a la perfección la recomendación de McDonnald de no comer nada antes de la fuga. Se armó de valor y se dispuso a salir de
allí, aunque tendría que salir de cabeza. No tenía ningún lugar donde depositar la vela y necesitaba las dos manos para apoyarse y salir. Se volvió a asomar sin respirar
para observar mejor la situación. Por casualidad miró hacia arriba y vio una barra de hierro en la que podría agarrarse con una mano para darse la vuelta y poder salir
sujetando la vela con la otra. Tras el esfuerzo realizado al arrastrarse, sus fuerzas flaqueaban.
Una vez en el escalón que había junto a la pared en ambas partes del río de aguas fecales empezó a respirar poco a poco. El hedor embotó su sentido del olfato y su
alterado estómago no pudo más que revolverse y expulsar la poca bilis que contenía. Tuvo que apoyarse en la resbaladiza pared para no caer en el río por los
incontrolables vómitos y las arcadas. Intentó respirar por la boca para no notar el olor, pero ya habían sido impregnadas sus vías respiratorias y parecía que sus
pulmones se negasen a transmitir al organismo ese aire infecto.
Poco a poco se recuperó, intentando no mirar aquellas cosas que flotaban en la corriente. Necesitó varios minutos, pero era incapaz de acostumbrarse a aquel olor. No
se había imaginado nunca que unas alcantarillas oliesen tan mal. Aquel no era solo un olor a heces y orines, iba más allá. Se podía percibir un pesado aire cargado de
corrupción, de descomposición. Ese olor lo reconocía porque en cierta ocasión entró en una casa en la que su propietario llevaba muerto unas semanas. Salió de allí
enseguida, pero era un olor que nunca podría olvidar. Se imaginó la cantidad de ratas muertas que debía de haber allí para que se acumulara aquel olor.
Siguió su camino a duras penas, con cuidado de no resbalar. Aquellos adoquines estaban cubiertos de limo y otras sustancias resbaladizas que dificultaban
enormemente su avance. Tras unos cientos de metros de galería, empezó a sentirse fatigado. Se paró unos instantes y observó a su alrededor con más detenimiento,
alumbrándose con la vela. Se sintió extraño al escuchar únicamente el ruido del agua cuando dejaba de respirar por unos instantes. Incluso el sonido del río parecía
atenuado por las paredes. A Robert le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Empezaba a arrepentirse del camino que había tomado. La sensación que había tenido
en la prisión durante aquellos meses era aquí mucho más fuerte, opresiva. Pero no había nada.
Se dio una bofetada a sí mismo.
—Estúpido. No es momento de tener miedo. Son unas putas alcantarillas llenas de mierda. Con toda la porquería que hay ni siquiera las ratas vivirían aquí.
Robert alejó sus temores y continuó. Tal vez, si hubiese apartado las humedades y musgos de la pared y hubiese visto las extrañas inscripciones y dibujos de
horrores tentaculares habría dado media vuelta. Pero en su mente solo había un pensamiento: salir de allí cuanto antes.
A medida que se acercaba a la parte más difícil del recorrido, la sensación opresiva y el olor a corrupción se hizo más intenso, así como el hedor del río. Tenía tan
metido en el cuerpo aquel olor que incluso llegó a olvidar cómo olían las cosas en la superficie, y dudaba de que llegarse a recuperar su sentido del olfato.
Llegó por fin a la balsa de la que le había hablado McDonnald. Se trataba de un estanque redondo en donde el bordillo por el que había estado caminando todo el
recorrido desaparecía. Era una parte que debía hacer a nado. Pero cuando alumbró con la vela para ver con un poco más de detalle las aguas en las que tenía que
introducirse, su estómago volvió a revolverse y no pudo reprimir un nuevo vómito de saliva y bilis. El esfuerzo de los vómitos lo había dejado algo débil y el recorrido
en tensión no había ayudado a recuperarse. Pero la suerte le abandonó en aquel lugar, porque resbaló e instintivamente utilizó las manos para aferrarse a cualquier lugar.
No lo consiguió, ya que las paredes resbalaban tanto como el suelo, y no pudo evitar introducir una pierna en el río de aguas fecales y frías. Lo peor llegó cuando la vela
se escurrió de su mano y cayó al agua.
La oscuridad más absoluta lo envolvió en su frío abrazo. Chapoteó en el agua intentando encontrar la vela, pero ninguno de los objetos sólidos y desconocidos que
tocaba eran lo que buscaba, y los soltaba enseguida por pura repugnancia.
Tras unos minutos de búsqueda frenética, desesperado y angustiado, volvió a subir al escalón en la más completa de la oscuridad. La desesperación se había instalado
en su ánimo. El silencio reinante y la negrura absoluta le dieron la sensación de estar ya muerto. Había estado tan cerca de conseguirlo, que en cierta manera se resistía a
volver. Aunque volver iba a ser incluso más difícil que intentar llegar al otro lado. Tras unos minutos en los que las lágrimas recorrieron sus mejillas y cuyo único deseo
era despertar en su celda de aquella pesadilla, tuvo que tomar una decisión.
Miró de nuevo hacia donde creía que estaba la balsa y apenas pudo creer lo que veía. Había una ligera luz, muy tenue, solo visible gracias a que llevaba un buen rato
en la oscuridad, en uno de los pasillos que estaban al otro lado. Eso le serviría de orientación.
Y entonces algo le rozó la pierna. Su corazón casi le explota en el pecho del susto y volvió a resbalar, cayendo esta vez en el estanque. Solo quería huir, salir de allí,
que acabara aquella pesadilla. Algo le había tocado la pierna en aquel lugar en el que solo había una vida, que era la suya.
Sin importarle nada más que llegar al otro lado, nadando incluso con los ojos cerrados y sin poder evitar que algo de esa agua encharcada, maloliente y putrefacta se
introdujera en su boca, nadó con todas las fuerzas que el miedo le daba. Aquello era una pesadilla, una condena demasiado elevada por sus crímenes.
Había cruzado ya media balsa, cuando abrió los ojos para intentar orientarse. Fue entonces, cuando algo atenazó uno de sus pies y tiró de él hacia abajo. El miedo
inhumano que sintió hizo que duplicara sus fuerzas para intentar salir de allí. Agitaba la pierna con desespero mientras lo arrastraban hacia la profundidad. El tentáculo
que lo aferraba era demasiado fuerte. Abrió los ojos, abrió la boca intentando gritar, pedir ayuda, suplicar. Pero lo único que salió fueron burbujas de aire. Antes de
perder el conocimiento, sintió el dolor más espantoso que cualquier criatura pudiera soportar y fue devorado.
El alcaide estaba hundido en su lujoso sillón del despacho detrás de una mesa de escritorio, con las manos aferradas al apoyabrazos y aguantando la respiración. Unas
gotas de sudor frío resbalaban por su frente y aunque intentaba tragar, su boca hacía ya rato que había dejado de producir saliva. Observaba aterrorizado, como en todas
las ocasiones anteriores, los enormes ojos en blanco en esa cabeza irregular y calva, y la extraña posición de brazos y manos cruzados por el cuerpo. Era como asistir a
una versión macabra y blasfémica de un rezo cristiano.
Por fin, para alivio del alcaide, McDonnald relajó su cuerpo y sus ojos azules volvieron al sitio. Esperaba que todo hubiese salido bien, no quería tener nada que ver
con aquello. No quería volver a sentir aquello, aquel nudo en la garganta que no le dejaba respirar, ni aquel miedo horrible y espantoso que no podía controlar y que solo
le permitía hacerse un ovillo en el suelo. Rezaba a dios para que hubiese salido bien.
—El amo está satisfecho —dijo McDonnald con una sonrisa que le ocupaba toda la cara—. Ya sabes lo que tiene que hacer.
El alcaide asintió aterrorizado.
—Nos veremos la próxima luna nueva —dijo finalmente mientras salía del despacho.