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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Pez volador




En casa teníamos siempre una pecera con peces de colores, dos o tres, no era gran cosa pero contribuía al ambiente; en mi familia sentíamos debilidad hacia los peces modestos, grises y maltratados del fondo de los escaparates, y así se lo hacíamos saber a todo el mundo y en casa estaban los peces. A veces de los peces procedía una tira sospechosa, como una cinta métrica amarilla interminable que les salía del vientre, y ésa era la señal convenida para cambiarles el agua. Algunas mañanas, antes de ir al colegio, mis hermanas o yo notábamos de repente que faltaba un pez, dónde está el pez, cuál pez, cuál va a ser, el pez gordo con las escamas verdosas, y al llegar por la noche nuestro padre del trabajo nos reunía a todos en el salón y nos explicaba muy solícito que esa mañana al levantarse había notado al pez triste y con mala cara, enfermo en una palabra, y que lo había arrojado al río Manzanares camino de la oficina, para que el pez reviviera.
No sabíamos si creerle. A mis hermanas y a mí nos resultaba extraña la historia pero por mi parte preferí por sistema no remover el asunto, lo dejaba correr, nunca quise hacer preguntas y sigo sin querer hacerlas. Había algo lúgubre en la idea de nuestro padre en el tren camino de la oficina, de madrugada, con el pez triste metido en el bolsillo del chaleco o Dios sabía dónde, imaginar que los otros pasajeros le veían levantarse, a nuestro padre, dirigirse hacia el pasillo del vagón con una determinación tremenda, forcejear con la ventanilla cerrada hasta que ésta dejaba entrever una rendija de frío y oscuridad y nieve, y sacar del bolsillo o la cartera al palpitante pescado gordo y triste para arrojarlo desde el puente a las aguas ventosas del Manzanares.
Dudábamos si creerle. Nos parecía increíble el destino acróbata del pez, y que luego era difícil congeniar la imagen de nuestro padre tan correcto y eficiente en su despacho realizando a escondidas aquella maniobra humillante, indigna de una persona. Sin saber por qué, nos dolía pensar en nuestro padre más tarde, ya en la oficina, en pleno caos de trabajo, atareado como un orfebre encima del escritorio con su pipa y sus balances y con su olor a intemperie para sacar la casa adelante, un poco más, un esfuerzo, las mañanas de los días en que arrojaba a los peces. Sin ningún motivo concreto nos parecía más solo, sin pez, sin río, sin ocio, en mangas de camisa, y tendíamos a considerarle más vulnerable las veces que arrojaba los peces que cuando no los tocaba.
Ya no sé cuántos fueron, debieron de ser diez o doce, los peces que volaron, y a la noche siguiente nunca fallaba, aparecía en la pecera un nuevo ejemplar por sorpresa, mira qué aletas, pero qué hermosura de branquias, era casi transparente contra la luz jabonosa y flotaba como música en las paredes convexas, veremos cuánto nos dura.
Era así, un pez borraba a otro pez y una larga cadena de ensayos malogrados unía al primero y al último. Toda una melancólica colección de crías raras y enfermas fue a parar a la corriente rota del Manzanares, durante meses, nosotros solos estamos repoblando el océano, decía entonces mi padre, y luego se echaba a reír con esa risa suya que no era alegre ni triste.
Verle salir tan temprano con el pez defectuoso y verle regresar ya de noche con el pez nuevo en el portafolios, eran mitades de un mismo y único movimiento. A mis hermanas y a mí nos parecía que parte de la responsabilidad de ser padre estribaba en esa búsqueda de peces y en ese examen de peces, son débiles, no resisten, basta un cambio de temperatura para que el pez más prudente se constipe y pase las horas aletargado dando boqueadas de auxilio, es deprimente mirarlo, no hay cosa que parta más el corazón que vivir en el mismo piso con un pez hecho puré.
Cuánto debió de odiar nuestro padre aquellos amaneceres de invierno, crujientes de tanto frío, la casa a oscuras, la cocina aterida, cuando no le quedaba más remedio que ser padre y hundir la mano en el agua y palpar con insistencia hasta encontrar la silueta escurridiza y viscosa, los dedos de mi padre en la pecera, la sombra lenta y tibia de las algas artificiales rozándole los nudillos, y de qué modo debió de odiar la irracionalidad del instante en que debía continuar siendo padre sin descanso todos los días y todas las horas del día, del año, a golpes de escritorio, de alga, de agalla.
Grises. Las aguas del Manzanares son grises. Y en los meses de enero y febrero de sus orillas asciende, cuando amanece, una pálida humedad como un incienso de escarcha. Las aguas del río son turbias y las ventanas de los trenes son difíciles de abrir, está prohibido abrirlas, y nuestro padre tuvo que hacer todo eso e ir en contra de la ley sólo para ser consecuente con su familia y devolver la salud al pescado y el pescado al río, convertido en un pescador al revés.
Un día quise animarle. Me levanté aún más temprano que tú, te coloqué el maletín junto al abrigo, me escuchas, papá, me caía de sueño, de amor, para hacer tiempo entré en el lavabo.
Fui a tirar de la cadena y entonces di un sobresalto: en el fondo del inodoro yacía el último pez indispuesto, plano y arqueado y muerto, con una sonrisa siniestra. En un segundo se resolvió por sí mismo el misterio del Manzanares. Preferí no decir nada, la catarata arrastró el cuerpo malogrado hacia un laberinto terroso de cloacas y desagües al término del cual quizá desembocaría un fragante caladero, vi el cuerpo muerto del pez y me despedí de mis años, un niño al borde de un váter.
Ese día por la noche nuestro padre volvió a casa de buen humor, oliendo a intemperie, con una pareja increíble, nada menos que dos capturas del trópico, no seas tonto, ven a ver qué maravilla, pero yo ya no quise ver peces, tomé ojeriza a los peces, me desquiciaban los nervios, y cada vez que se acercaba una fiesta y alguien me preguntaba qué clase de mascota prefería en esta ocasión de regalo, desde entonces contesté que gracias, que mejor un tiralíneas.