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martes, 9 de diciembre de 2014

Tierna edad



14 de marzo de 1995,16 horas, 5 minutos (hora de Moscú) 
Hoy me desperté porque al otro lado de la pared estaban tocando el piano. Ahí vive una mujer mayor que da clases de música. Tocaban de pena pero me gustó. Decidí aprender. Mañana empiezo. Y no voy a jugar más al tenis.
15 de marzo de 1995
Tampoco voy a ir más a natación. Me aburre. De todas formas los chicos solo van para poder espiar a las chicas. En las duchas de las chicas hay un agujerillo especial para eso.
Fui a ver a la vieja por lo del piano. Me daría clases de música. El dinero, dijo, por adelantado. Antes fue directora de una escuela de música. Pero luego la echaron, o se fue por su propio pie. No sabe tocar rock & roll. En el piso huele a mierda de gato. Hay muchos libros. A ver qué tal.
17 de marzo de 1995
Qué harto estoy de todo. En el cole solo hay idiotas. Tanto los profesores como mis compañeros de clase. Subnormales. Panda de batracios. Un florecimiento fastuoso de idiotismo. Y, para colmo, este Semenov me fastidia con su amistad. ¿Y si pido que me cambien a una escuela normal?
18 de marzo de 1995
Papá no me va a dar dinero para la vieja y sus clases de música. Dice que no termino nada. Roñica desgraciado. Y además me dice que mi entrenador de tenis le costó una fortuna. ¿Y si soy un futuro Richter? Y la vieja necesita el dinero para comprar sémola. Roñica. Pero dice que es cuestión de principios. Primero debería conocerme a mí mismo.
Ojalá hubiera algo que conocer.
Y tú, ¿te has conocido a ti mismo?, quise preguntarle. Pero no lo hice. Seguramente me dio miedo.
19 de marzo de 1995
Otra noche que no me han dejado dormir. Estuvieron discutiendo. Primero en su dormitorio, luego en el comedor. Mamá gritaba como una loca. ¿Es que piensan que soy sordo?
20 de marzo de 1995
La vieja me ha dejado una película antigua en blanco y negro. Me ha dicho que debo verla. Se niega a darme más clases de música si no hay dinero.
La escuela es la oscuridad más absoluta. «Veréis la luz -dijo el pequeño profesor-, y frotó los huevos con fósforo.»
Los huevos, claro está, eran de gallina. Y estaban allí, totalmente silenciosos, en una esquina, y los sistemas de ilustración brillaban en esa oscuridad.
Habría que echar a los profesores a palos. Que se vayan a trabajar al campo. Me tienen harto.
23 de marzo de 1995
Estaría bien saber cuánto cuesta una automática buena. Me sería muy útil en el colegio. Odio a las chicas. Son estúpidas. Se sueltan el pelo y se sientan. Mira que hay que ser idiota para enamorarse de ellas. Vete a saber qué narices estarán pensando.
En casa tener esa automática tampoco estaría de más. Otra vez se han pasado la noche dando voces. ¿Qué les pasa, es que no se oyen bien y por eso gritan tanto?
24 de marzo de 1995
Ha venido al colegio mi entrenador de tenis. Dice que claro que puedo no ir más, pero que el dinero no lo devuelve. Cabrón. Le pregunté si no podía él enseñarme a tocar el piano.
Coges la automática y le disparas en la frente. Un único disparo.
25 de marzo de 1995
Antón Strelnikov dice que se ha enamorado de la nueva profe de historia. Sería mejor que le diera por tomar matarratas. Es tan tonta como todas.
Apuntas con la automática para disparar por turnos y empiezas a cargártelos a todos. Recuerdos de papá Karl.
25 de marzo, por la noche
¡Es increíble! Ha venido otra vez Semenov. Me convenció para bajar con él al patio. Me ofreció tabaco pero no quise. Le conté que estaba aprendiendo a jugar al tenis. Empezó a preguntarme dónde y cuándo. Le dije que él no tenía dinero suficiente. Entonces se le cayó un cigarrillo de la mano, y yo fui y lo cogí. Él se acercó mucho y me dio un beso en la mejilla. Yo no sabía qué hacer. Me quedé parado y luego le pegué en los morros. Se cayó y empezó a llorar. Dije que le iba a matar. Tengo una automática. No sé por qué le dije eso. Se me escapó y ya está. Me tiene harto. Entonces dijo que no me cambiara de sitio en el colegio. Que siguiera sentándome con él en la mesa como antes. Y que me iba a dar pasta por hacerlo. Le pregunté cuánto y él dijo que cincuenta. Había sacado de algún sitio cincuenta dólares. Y yo le dije: «Enséñamelos». Era verdad que tenía cincuenta dólares. Los cogí y le volví a atizar en los morros. Empezó a sangrar pero dijo que de todas formas yo tenía que sentarme con él. Le casqué por tercera vez.
26 de marzo de 1995
La vieja cogió el dinero de Semenov y dijo que se llamaba Oktiabrina Mijailovna. Menudo nombrecito. En su piso apesta a mierda de gato. ¿Cómo lo soporta? Me preguntó si había visto la película.
Y yo ni siquiera recuerdo dónde metí la cinta. Espero que mamá no la haya tirado por ahí. Ayer tiró un montón de cosas contra la pared.
Tal vez debería comprarle mejor una automática.
28 de marzo de 1995
Estoy harto de todos. También estoy harto de este diario. ¿Por qué no te vas a tomar por culo, eh, diario?
30 de marzo de 1995 
Encontré la película de Oktiabrina Mijailovna. Estaba tirada debajo del sillón de mi habitación. Parece que está entera. ¿Será verdad que tengo que verla?
1  de abril de 1995
Les dije a mis padres que me habían expulsado del colegio. Se les olvidó que hace casi una semana que no se hablan y al instante empezaron a gritarse. Después, cuando se tranquilizaron, papá me preguntó por qué. Les dije que por homosexual. Se volvió y me soltó un golpe en el oído. Con todas sus fuerzas. Seguro que con mamá también se pone así. Ella se puso otra vez a gritar y yo dije: «Tontos, hoy es uno de abril, ja, ja, ja».
2 de abril de 1995
He sacado a la calle a los gatos de Oktiabrina Mijailovna. A ella le cuesta mucho. Tiran de ti como locos, cada uno hacia un lado. Maúllan, llaman a las gatas. Yo pensé: en su mundo estas cosas solo pasan en Marte. Cinco gatos locos con una correa y yo. Los chicos de al lado relincharon como caballos.
El oído todavía me duele.
Oktiabrina Mijailovna me ha vuelto a preguntar por la película. Seguro que está rodada en la época del cine mudo. De todas formas tengo que verla. Me daría pena mentirle.
3 de abril de 1995, casi de noche
En el patio los chicos me han ayudado a atrapar a los gatos. Me enredé en la correa, me caí y salieron corriendo. Uno trepó a un árbol. Se sentaron en el garaje y gritaron como locos. Los demás correteaban por el patio. Los chicos me preguntaron de quién eran los gatos y luego me ayudaron a atraparlos. Dijeron que Oktiabrina Mijailovna era una vieja genial. Ella antes les daba dinero para que no cazaran gatos vagabundos. Y después simplemente siguió dándoles dinero. Incluso cuando ellos habían dejado ya de cazarlos. Para helados, bueno, para cualquier tontería. Eso era cuando ella todavía bajaba al patio. Pero hacía tiempo que no salía. Los chicos me preguntaron qué tal estaba, yo les respondí que bien. Lo único que el piso apestaba un poco. Y entonces me dijeron que, si quería, podía jugar con ellos al baloncesto.
Por la tarde papá vino a mi habitación. Se sentó, no dijo ni una palabra. Después me preguntó por las clases. Mama y él no se hablan otra vez.
Puede que quisiera disculparse.
4 de abril de 1995
¡Dios mío! No tengo palabras. Por fin vi la película. Se titula Vacaciones en Roma. Tengo que grabármela sin falta.
5 de abril de 1995
Oktiabrina Mijailovna dice que la actriz se llama Audrey Hepburn. Fue famosa hace cuarenta años. No entiendo por qué dejó de ser famosa. Nunca he visto tal... ni siquiera sé cómo llamarlo... ¿mujer?
Audrey Hepburn es un nombre bonito. Ella es totalmente distinta. No como las chicas de clase. No entiendo qué me ocurre.
6 de abril de 1995
He visto otra vez Vacaciones en Roma. Es increíble. ¿De dónde ha salido esta Audrey? No existe nadie así.
Hoy he jugado con los chicos del patio al baloncesto. Andrei el alto me empujó y me caí en un charco enorme. Él se acercó, me pidió perdón y me ayudó a levantarme. Y después dijo que no había querido pegarme hace dos años, cuando todos los chicos se juntaron para cazarme cerca del portal. Querían romperme la bicicleta. Me la había traído mi padre de los Emiratos Árabes. Andrei dijo que él no quería pegarme. Solo que todos lo decidieron y él no pudo evitar seguirlos. Le dije que no lo recordaba.
Ese día me cosieron una ceja. En la ceja y en el codo todavía tengo las cicatrices.
Pero mañana vamos a jugar contra los chicos de otro patio. A los que son de los nuestros ya los saludo chocando la mano.
Papá estaba allí. Dijo que yo era el culpable de lo que pasó el uno de abril. No tenía que haber gastado una broma tan tonta. Yo le respondí: «Sí, claro».
7 de abril de 1995
Mamá dice que está harta de mi película en blanco y negro. Ella no se acuerda de Audrey Hepburn. Me dijo: ¿Qué te crees, que soy tan vieja?». He visto Vacaciones en Roma por séptima vez. Papá dijo que él había visto otra película de Audrey, Desayuno con diamantes. Después me miró y añadió que no me llenara la cabeza de tonterías.
Pero yo lo hago. La miro. A veces la paro y me quedo mirándola.
¿De dónde ha salido? ¿Por qué en cuarenta años no ha habido otra como ella?
Audrey.
9 de abril de 1995
Oktiabrina Mijailovna me ha enseñado la canción «Moon River», de la película Desayuno con diamantes. No tiene la película. Mientras la cantaba, se paró algunas veces. Se volvía hacia la ventana. Yo también miré hacia allí. No había nada ahí, tras la ventana. Después dijo que eran de la misma época. Ella y Audrey. Por poco me caigo de la silla. 1929. Hubiera sido mejor no decirlo. También dijo que Audrey Hepburn había muerto hacía ya dos años en Suiza. A los 63 años.
Menuda tontería. Audrey no puede tener 63 años. Nadie puede tener tantos años.
Entonces Oktiabrina Mijailovna dijo: «Lo que significa que también ha llegado mi hora. Todo ha terminado. No va a haber nada más».
Después nos quedamos sentados en silencio, no sabía como salir de allí.
12 de abril de 1995
Le hablé a Oktiabrina Mijailovna de Semenov. No de cómo conseguí su dinero, claro, sino de él. De cómo es Semenov. Ella me dio un libro de Oscar Wilde. Algo sobre un retrato. Mañana lo leeré.
Dentro de dos semanas es mi cumpleaños. Estoy pensando en invitar a los chicos del patio. Ya veremos lo que dice papá al respecto.
Vino anoche. Yo ya estaba dormido. Entró y encendió la luz. Después dijo: «No finjas. Sé que no estás durmiendo». Miré el reloj, eran las tres y veinte. Apenas podía abrir los oíos. Él dijo: «¿Ves?». Y yo pensé: ¿qué será eso tan interesante que tengo que «ver»?
Se sentó junto a mi ordenador y empezó a beber whisky. A morro. Debimos de estar así sentados unos diez minutos. Él junto al ordenador y yo en mi cama. Yo pensé que quizá debería ponerme los pantalones. Y él dice que con quién quiero quedarme si él y mamá se van a vivir cada uno por su lado. Yo dije: «Con nadie, quiero dormir». Y él me dice que podría haber tenido otra madre. Se tendría que haber llamado Natasha. Y yo pensé: mi mamá se llama Lena. Pero él dijo: «Es una puta». Le dije que mi mamá se llamaba Lena. Él me miró y me preguntó si ya había hecho los deberes del día siguiente.
15 de abril de 1995
Ayer fui con los chicos a pegarnos al patio de al lado. Habían perdido al baloncesto y no querían darnos el dinero. Habíamos acordado 20 dólares. Los nuestros habían estado unos cinco días reuniendo sus veinte. Se los sacaron a los críos de todo el barrio. A los que tenían pasta. Antes también me lo habrían sacado a mí. Sin más historias, Andrei el alto dijo que había que castigarlos. Me rompieron medio diente. Ahora tendrán que ponerme una funda. Los chicos echaron una ojeada a mi boca y me dieron palmaditas en el hombro. Andrei dijo: «Enhorabuena por tu estreno».
En la escuela todo sigue igual que antes. Menudo rollo. Antón Strelnikov se enamoró de otra profa. Esta vez de álgebra. Imbécil. Ni siquiera ha oído hablar de Audrey Hepburn. Al principio quise dejarle la película, pero luego cambié de idea. Que le aproveche con sus tías.
16 de abril de 1995
Semenov ha venido al colegio todo lleno de cardenales. Mi labio superior tampoco está mejor. Está hinchado y cuelga como una ciruela grande. Quedamos muy bien sentados en la misma mesa. Antón dice que a Semenov le ha dado una paliza su viejo. Me parece que sé por qué. Aunque Antón dice que le casca continuamente. Ya desde la guardería. Fueron juntos a la guardería. Antón dice que el papá de Semenov pegó al chico en una ocasión delante de los profesores. Incluso vino la policía. Pero se libró. Dio pasta a los maderos y arrastró del cuello al pequeño Semenov hasta el coche. Dice Antón que en el coche le volvió a dar. Y que Semenov chillaba dentro como un cerdito. «Entonces teníamos seis años -dijo Antón-. Estábamos alrededor del jeep e intentábamos echar un vistazo dentro. Las ventanas eran altas. Solo se le oía chillar a Semenov y te entraban ganas de mirar. Pero todas las profesoras se habían ido. El padre de Semenov también les había dado dinero. Y hacía frío. Era casi Año Nuevo. ¿Qué íbamos a hacer en la calle? Sí, es verdad, al día siguiente nos dimos los regalos, había un abeto, y había llegado Papá Noel.»
17 de abril de 1995
En casa ya nadie da voces. Por regla general ya ni se hablan. Ni siquiera a través de mí. Mamá no durmió dos noches en casa. Papá estuvo viendo la tele, y después se puso a cantar. Se encerró en el cuarto de baño y estuvo cantando unas canciones extrañísimas. Eran las dos de la mañana. Sería interesante saber qué pensaron los vecinos. Oktiabrina Mijailovna dice que los niños tienen problemas con los padres porque los niños no consiguen llegar a tiempo de sorprender a sus padres en una edad normal. Antes de que éstos se conviertan en lo que son ahora. Ahí reside el drama. Eso dice Oktiabrina Mijailovna. Y que antes ellos eran normales.
Y, además, Oktiabrina dice que recuerda el día en que mi padre apareció en nuestra casa. «Estaba tan delgado, era tan alegre. Y se notaba a la primera que venía de provincias.»
Oktiabrina Mijailovna cuenta cómo mi mamá por entonces ya tenía un amigo, casi un novio. No recuerda su nombre. Hoy me fui a propósito a la calle para ver cuántas mujeres se parecen a Audrey Hepburn. Ni una sola. Se me mojaron los pies y perdí las llaves. Me da pena por el llavero. Si silbabas, te respondía. Estuve silbando un rato en el patio, fue inútil. Por lo visto debió de caerse en otro sitio.
18 de abril de 1995
Oktiabrina Mijailovna contó cómo mi papá (solo que entonces no era todavía mi papá, si no un fulano cualquiera) vino una vez al cumpleaños de mi mamá con un disfraz de payaso. Anduvo así por la calle y después estuvo haciendo trucos de manos. En el portal y en el patio. Todos los vecinos salieron de sus casas. Dice Oktiabrina que fue divertidísimo. Todos se rieron y aplaudieron.
He terminado de leer el libro de Oscar Wilde. Cañero. Quizá invite a Semenov a mi cumpleaños.
Estuve silbando por la calle de al lado. El labio ya casi no me duele, pero por culpa del diente roto no silbo muy allá. No encontré el llavero. En su lugar aparecieron los chicos con los que nos peleamos la semana pasada. Pude escapar por los pelos.
19 de abril de 1995
Hoy ha venido la policía. Resulta que Andrei el alto le ha roto la clavícula a uno de los chicos. Y sus padres van a llevarlo a los tribunales. Ese día vi a Andrei coger un trozo de tubería pero no le he dicho nada al policía. Le he dicho que no estaba allí. Y él ha mirado mi cara tan echa polvo y ha dicho: «¿Así que no estuviste?». Y yo: «No».
Los chicos del patio me han dicho que estuve genial. Yo no soy un traidor.
Anoche soñé que era a mí a quien su padre arrastraba hacia el coche. Me golpeaba con todas sus fuerzas y yo no podía esquivarle. Solo me tapaba la cabeza con las manos. Mis manos eran pequeñas, no podía protegerme de ninguna manera. Él era muy grande y además yo llevaba un abrigo estrecho. Con cuello. Casi no te dejaba levantar los brazos. Ya me había olvidado del abrigo y ahora de repente sale en un sueño. Me lo regaló mi abuela cuando tenía cinco años. Antón Strelnikov miraba por la ventanilla del coche. Pero él ya es mayor. Y se estaba besando con la profesora de álgebra. Después soñé con Audrey.
20 de abril de 1995
Sé tocar «Moon River» al piano. Con un solo dedo. Oktiabrina Mijailovna se ríe de mí y dice que no necesito los otros nueve. Conmigo todo está claro. Ya veremos.
Papá me dijo que el disfraz de payaso se lo prestó un amigo de la escuela circense. Dice que por entonces no tenía dinero para un regalo normal.
«¿Qué regalos? No tenía ni un duro. Tuve que hacer el tonto. Casi me muero de vergüenza. ¿Y tú por qué lo sabes?» Le digo: «Por Oktiabrina Mijailovna». Y él pregunta que de dónde he sacado el dinero para dárselo a ella. Le digo que es «el saber hacer». Mamá ha vuelto a dormir hoy fuera de casa.
21 de abril de 1995
Semenov me ha dicho que sabía el verdadero nombre de Audrey. Yo le dije que pensaba que Audrey era de verdad. Y me dijo que para nada. Se llamaba Hedda van Heemstra Hepburn-Ruston. Le digo: «Escríbemelo». Y lo escribió. Le digo: «¿Y tú por qué lo sabes?». Dice: «De pequeño me gustaba recordar nombres chistosos. El primer cosmonauta mongol se llamaba Zhugderdemidin Gurragcha». Le digo: «Estás mintiendo. ¿Y el segundo?». Dice: «No hubo segundo. Puedes comprobarlo. Pero el primero se llamaba Gurragcha. Míralo en internet. También hay mogollón de cosas sobre Audrey Hepburn». Le digo: «¿Por ejemplo?». Dice: «Era hija de una baronesa holandesa y de un banquero inglés. Trabajó en Hollywood en los años cincuenta. Y antes de eso en Inglaterra». Le digo: «¿Y por qué has estado buscando cosas sobre ella?».
Se queda callado y no me responde. Se lo vuelvo a preguntar. Y entonces él señala con el dedo mi cuaderno. Ahí en una única página está escrito cuatro veces «Audrey Hepburn».
24 de abril de 1995
Le he hablado otra vez a Oktiabrina Mijailovna de Semenov. Ella me ha dicho que la cosa se reduce a que de una manera u otra todos tenemos que morir. Esto es lo más importante. Moriremos. Y si entendemos esto, entonces ya no importa si tu amigo es marica o no. Simplemente te dará pena. Independientemente de sus tendencias. Y también sentirás lástima de ti mismo. Y de tus padres. De todos. Y lo demás no importará. Se solucionará solo. Lo importante es que ahora estamos vivos. Habla, me mira y después pregunta: «¿Lo has entendido?». «Sí», le digo «lo entiendo».
Solo que tampoco es que Semenov sea mi amigo. Y ella dice: «Eso tampoco importa. Ambos moriréis». Yo pienso: Vaya, gracias. Pero la verdad es que tiene razón. Dice: «Agárrate la rodilla». Lo hago. Dice: «¿Qué sientes?». Yo digo: «La rodilla». Dice: «Eso es un hueso. Dentro de ti está tu esqueleto. Un esqueleto de verdad, ¿comprendes? Como en vuestras películas tontas. Como en el cementerio. Es tuyo. Es tu propio esqueleto. En algún momento él saldrá al descubierto. Nadie puede cambiar eso. Tenéis que sentiros mutuamente mientras él esté dentro. ¿Lo entiendes?». Yo digo: «¿Es que hay algo que no pueda entender? Mi esqueleto está dentro, lo que quiere decir que todo está bien». Ella sonríe y dice: «Un chico listo. Y que no te dé miedo morir. Es como si regresaras a casa. Como cuando eras pequeño. ¿De pequeño te gustaba ir a algún sitio?» Digo: «A casa de mi abuela. Vive en el pueblo. Oktiabrina». Dice: «Entonces, a casa de tu abuela. No tengas miedo». Yo digo: «No lo tengo». Ella dice: «Morir no es nada malo».
2 de mayo de 1995                                                       ,
Han detenido a Andrei el alto. Pero no por lo de la clavícula. Por eso parece que probablemente tendrá otro juicio. Ha sido por culpa de Semenov. El día de mi cumpleaños Semenov estuvo soltando un montón de tonterías sobre raperos negros y músicos de hip-hop. Y los chicos del patio le escuchaban con la boca abierta. Incluso papá me preguntó luego: «¿Es que Semenov esta en alguna movida musical?». Le expliqué lo de internet. Pero los chicos no están al tanto de lo de internet. Solo por encima. Ellos no saben que Semenov me había preguntado antes quién estaría en mi cumpleaños. Andrei el alto me dijo en la cocina: «Es un tipo genial. ¿Es de ésos que han estado en América?». Y yo dije: «Es que lee mucho. Se interesa». En resumen, Andrei y él se marcharon juntos y parece que después se emborracharon. No sé muy bien qué pasó pero por la mañana el jeep del padre de Semenov había ardido en el garaje. Además de dos coches de no sé qué diputado. Los escondía de los inspectores. Ahora en la Duma te echan la charla por los carros de más. El viejo pegó a Semenov con la pata de una silla. Le rompió varias costillas y la muñeca izquierda. Seguro que Semenov se cubrió con esa mano. Pero su padre le ha librado de la policía. Solo han detenido a Andrei. Los chicos del patio están hechos polvo. Ninguno quiere jugar al baloncesto. No me hablan.
11 de mayo de 1995
Ha venido mamá. Dijo: «¿Podemos hablar?». Yo dije: «Podemos». Dice: «Estás algo raro últimamente. ¿Va todo bien?». Yo digo: «¿Que yo estoy raro?». Dice: «No seas descarado. Y mírame». Debimos de estar en silencio unos cinco minutos. Y después dijo: «Quizá me vaya pronto». Yo digo: «Ah». Dice: «A lo mejor mañana». Repito: «Ah». Dice: «No puedo llevarte conmigo, lo entiendes, ¿verdad?». Yo digo: «Lo entiendo». Y ella dice: «¿Por qué me mareas con tu "entiendo"?». Y yo le contesto: «No te he mareado, solo lo he dicho una vez». Y entonces la miré. Y ella me miró. Y después se echó a llorar. Digo: «¿Adonde?». Dice: «A Suiza». Digo: «Allí vivió Audrey Hepburn». Dice: «¿La de tus películas?». Digo: «Sí». Me mira y dice: «Es realmente guapa». Yo me quedo callado. Y ella dice: «¿Tienes novia?». Yo digo: «¿Cuándo sale tu avión?». Ella dice: «Está bien». Después nos volvimos a quedar en silencio otros cinco minutos. Al final ella dijo: «¿Te acordarás de mí?». Yo dije: «Seguramente. De momento no tengo queja de mi memoria». Entonces ella se levantó y se fue. Ahora ya sin llorar.
14 de mayo de 1995
Oktiabrina Mijailovna ha muerto. Anoche. No voy a escribir más.
Se acabó. Basta.