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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 30 de enero de 2015

El regreso


Juan Gabriel Vásquez (Colombia)


Esto fue lo sucedido al volver Madame Michaud de la cárcel. Ocurrió en Les houx, la propiedad de la familia Michaud, y no fue reseñado en ningún periódico de Bélgica. Los episodios más antiguos de la historia ocurrieron treinta y nueve años atrás; fueron noticia comentada en todas partes, pero ya no debe haber nadie fuera de la familia que los recuerde.
Les houx es un terreno de unas tres hectáreas que el bisabuelo de Madame Michaud adquirió a finales de 1860, cuando el país era aún muy joven y en el principado de Lieja los terrenos próximos se adjudicaban sin mayor trámite. Ahí creció y vivió toda su vida el abuelo de Madame Michaud, y también su padre. Ahí nacieron Madame Michaud y su hermana menor, Sara, y ahí crecieron y vivieron ambas hasta que, poco después de haber cumplido cuarenta años, en septiembre de 1960 -un siglo había pasado desde que su familia se hiciera con la propiedad que era su emblema y su orgullo-, Madame Michaud fue llevada a juicio por el asesinato del pretendiente de Sara. Se la encontró culpable de haber envenenado al hombre con el raticida utilizado en los establos de Les houx, y fue condenada.
El nombre de Madame Michaud no importa, pero sí importa una aclaración con respecto a su apellido y a su estado civil. Michaud era su nombre de familia y el que figuraba a la entrada de la propiedad, así:
Les houx, propriété privée. Famille Michaud, 1860. Hasta aquel septiembre Madame Michaud era todavía Mademoiselle Michaud; nunca se le había conocido un novio, y muy pocos hombres la visitaron más de una vez; pero nadie descartaba la posibilidad de que, incluso a los cuarenta, contrajera matrimonio, pues el terreno de Les houx valía por la mejor de las dotes y volvía a cualquiera de las dos hijas un buen partido. Pero cuando se supo que Mademoiselle Michaud era condenada a cuarenta y cinco años de prisión, en las bocas de la gente se fue instalando el Madame. Había en ello una mezcla de respeto y de lástima hacia una persona que ya no podría casarse, y a la que iba a ser imposible seguir llamando señorita mientras envejecía en la cárcel. Madame Michaud cumplió su condena seis años antes de lo previsto, y lo primero que haría, bien lo sabía todo el mundo, sería visitar la casa de Les houx.
El amor que le tuvo desde niña a la casa y a los establos, a los cultivos y a las arboledas y hasta a los terrenos desnudos que daban a la carretera, ese amor desmesurado, sería su tragedia. Desde que aprendió a caminar, su pasatiempo favorito fue recorrer en soledad los recovecos de la casa. No había un rincón de la construcción inmensa que no conociera y al que no hubiera sido capaz de llegar con los ojos cerrados. Esto puede no parecer grandioso si no se conoce la casa de Les houx. Por eso debo decir que tenía tres pisos, dos escaleras que accedían al segundo (una de la cocina y una del zaguán) y otra más que subía directamente al zarzo. Su perímetro era regular, un rectángulo cerrado y perfecto como una caja fuerte; pero por dentro era de diseño impar, llena de nichos y de esquinas impredecibles. Había un cuarto sin puerta al que se entraba corriendo el falso fondo de un armario: ahí, el abuelo había escondido papas y repollos de su cosecha para provocar la subida del precio durante el cambio de siglo, y el padre había escondido a una pareja judía durante la segunda guerra. Entre los dos eventos, el cuarto había pertenecido a la niña. Ella era por naturaleza solitaria, y ni siquiera su hermana sabía dónde buscarla a la hora de sentarse a la mesa o cuando alguien la necesitaba para algo. Se sabía que había estado en los establos porque llegaba oliendo a heno y a estiércol; se sabía que había pasado la mañana en la arboleda porque sus vestidos llegaban rasgados por conos de pino o estropeados sin remedio por la resina de los troncos. Cuando creció, sus padres se preocuparon: Mademoiselle Michaud visitó médicos y algún aprendiz de psicoanalista, porque a la gente le resultaba incomprensible que una joven de diecinueve años pasara todo el día sola en lugar de ver a sus amigas. Nadie entendía que no se la pudiera encontrar nunca en el mismo lugar de la amplísima casa; nadie entendía que desperdiciara los veranos vagabundeando por las tres hectáreas como un gato que orina para marcar su territorio. Empezó la guerra, y Mademoiselle Michaud ganó una súbita importancia en las funciones de la casa: durante los bombardeos nocturnos, cuando la corriente eléctrica de todo el país se cortaba para que los aviadores no ubicaran sus blancos, ella era la única capaz de encontrar objetos perdidos en la oscuridad, o de atravesar la propiedad de un extremo al otro si era preciso alimentar a los caballos o dar un recado al mayordomo. Todo ello determinó que, en 1949, cuando murió el padre de las niñas Michaud, la madre, que hasta entonces se había desentendido de esos asuntos, entregara la administración de la propiedad a la única persona que podía obtener resultados satisfactorios; y Mademoiselle Michaud tuvo la excusa perfecta para olvidar u omitir los ímpetus matrimoniales de los jóvenes de Ferriéres o de Lieja o incluso de Lovaina. En ese estado, que para ella se acercaba al paraíso, pudo permanecer durante varios años. La casa nunca había conocido, ni conocería, un esplendor semejante.
En 1958 Sara conoció a Jan, un joven flamenco cuyo apellido nadie retuvo fácilmente: ni la madre, por falta de esfuerzo, ni la hermana, por ensimismamiento y desinterés. Todos los martes y todos los sábados durante dos años se le vio llegar en un Studebaker color de palo de rosa -que aparcaba frente a la casa, en el lugar que el padre había ocupado desde que compró su primer carro-, e irse apenas comenzaba a caer la noche. Rara vez coincidió con Mademoiselle Michaud en la casa: desde que lo veía cruzar el portón de entrada, ella desaparecía. Aquel hombre le resultó antipático desde el principio, y francamente repulsivo desde el sábado de verano en que llegó, no por la tarde sino antes de mediodía, con una cuadrilla de ayudantes cargados de varas de medir. Mademoiselle Michaud, desde varios rincones de la propiedad, los observaba sacar cuentas, medir el flanco que daba a la carretera, la superficie de la arboleda o la que ocupaban los terrenos sobre los que no se había construido ni nadie pensaba todavía en construir. El sábado siguiente, la misma rutina de mediciones se produjo; y al entrar a la casa, en la noche, Mademoiselle Michaud se sentó frente a su madre, que leía apaciblemente Le rouge et le noir. Mademoiselle Michaud guardaría para siempre ese dato nimio, porque en ningún momento de la conversación su madre cerró el libro o lo puso sobre su regazo para hablar. Con el libro abierto, el lomo de cuero fino hacia la hija inquieta, la madre explicó que Jan (y pronunció mediocremente el apellido) había pedido la mano de Sara: ella no había encontrado razones para negársela y en cambio más de una para concedérsela. Estando su padre muerto, la decisión le incumbía a ella sin deliberaciones de ningún tipo. Se casarían apenas llegara la primavera del próximo año. La primera semana de abril les parecía a todos un excelente momento.
Mademoiselle Michaud emprendió un lento estudio, del que quizás ella misma no se percataba y cuyo objeto era el futuro marido de Sara. Eso puede llamarse intuición, pero también desconfianza: la desconfianza de una mujer (porque ya, en este tiempo, Mademoiselle Michaud era una mujer) que nunca ha tratado con seres humanos; cuya amistad en definitiva, se ha volcado siempre sobre los objetos de la casa, las vigas de un techo y las alfombras, la cal de las paredes y el cascajo del patio y la madera de un cobertizo. Las cosas y su organización en el espacio físico eran la compañía de Mademoiselle Michaud; era lógico entonces, que la presencia del pretendiente y de sus hombres medidores la perturbara. Persiguió y espió a la pareja; su conocimiento del terreno en el que se movía le permitió pasar desapercibida. Vio sin que le importara que, cuando se encontraban solos en la sala de recibo, los novios no sólo se besaban, sino que la mano de él se perdía debajo del suéter de ella, y la de ella entre los pliegues de tweed de los pantalones de él. Vio a finales de agosto, que el novio empezaba a venir más temprano, y Sara y él aprovechaban la siesta de la madre para esconderse en el cuarto detrás del armario, del cual algún tímido gemido se escapaba. Y a principios de septiembre vio que Jan usaba el teléfono del tercer piso para hacer una llamada de negocios. Habló del momento en que la mitad de todo esto le perteneciera; habló de la necesidad de poner tanta tierra inútil a producir. Los detalles que mencionó funcionaron sobre Mademoiselle Michaud con la fuerza de una catapulta. Por esos días debía ir a la frontera, donde los precios eran más bajos, para hacer una compra importante de viruta. Algún mercader pudo ofrecerle el molinillo que buscaba. Regresó a casa después de la cena, y ciegamente vació el contenido de su saquito, un polvo grueso y tosco, en el pousse-café del pretendiente. Jan no sobrevivió a esa noche.
La madre, sabiamente, envió a Sara a casa de una de sus amigas, en Aix-la-Chapelle. El juicio se llevó a cabo con celeridad, pues el dolo era notorio y la evidencia no hubiera podido ser más pródiga. Un camión vino a buscar a Mademoiselle Michaud para llevarla a la cárcel de mujeres, cerca de Charleroi. La madre no salió a despedirla. Imagino a la mujer que hasta los cuarenta años había vivido en el mundo de una niña, y que entonces había asesinado a alguien, mirando por última vez los predios de la familia. Dos días después, Sara, todavía enferma de náuseas, regresó a Les houx. No dormía, pero ese era el menor de los males. Antes de que nadie se diera cuenta, una anorexia la había llevado a la cama, un médico había venido a salvarle la vida, una terapia había comenzado y se llevaba a cabo puntualmente. Con el tiempo, su tristeza no fue más terca que la tristeza de cualquiera, y poco a poco revivió su apetito. Un accidente ocurrió cierto día: la madre quiso obligarla a probar la torta de macarrones que había comprado para ella en la pastelería de André Destiné, y que había sido siempre su favorita; Sara se negó y ante la insistencia perdió el control, manoteó demasiado cerca de la mesa que había junto a la puerta cristalera y su cachetada destrozó contra el piso un jarrón de cerámica local que había sido de la bisabuela. Notó el espacio sobre la mesa, el círculo que brillaba como una luna desde donde el jarrón había estado, inmóvil, durante tantos años. Se hubiera dicho que ese instante marcó el comienzo de su mejoría. Dijo que entraba más luz al comedor ahora; al día siguiente cambió la mesa de lugar; una semana más tarde, contrató a tres obreros que, junto al mayordomo, ampliaron el marco de la puerta cristalera en dos metros de cada lado, y la acabaron sustituyendo por un ventanal que iba del piso de parquet al cielo raso.
Nunca tuvieron noticias de Madame Michaud -ya era este el apelativo con el que el público hablaba de ella-; y Madame Michaud no tuvo noticias de ellas. Comentaba la gente que era como si la hubieran condenado al exilio más doloroso desde el principio, y, con el tiempo, el exilio se hubiera tornado en llano olvido. Pero no era así: Sara nunca olvidó que su hermana vivía en una celda por haber envenenado al hombre que la iba a hacer feliz. Madame Michaud, por su parte, no podía sentir la culpa que le endilgaban, ni el arrepentimiento por su actuación: su universo no contemplaba esos sistemas, porque no era humano; y las cosas no son culpables, ni las construcciones sienten arrepentimiento. Es un lugar común decir que perdió la noción del tiempo; pero contaban las carceleras de su patio que salía muy poco y que rara vez se relacionó con otra de las convictas, y que vivía, en todos los demás aspectos, al margen de cualquier evolución, ignorante a las rutinas del mundo interno y a las revoluciones del externo. Encerrada en el mínimo espacio de su célula, Madame Michaud no se enteró de que su madre había muerto de muerte natural durante el invierno de 1969, y nunca supo que, en su lecho de muerte, ella la había perdonado. ¿Se habría alegrado de ese perdón? Es una certeza imposible. Su compañera, que muy pronto agotó los deseos de conversar con ella, cuenta que Madame Michaud (cuyo pelo encanecía, cuya piel transparente se iba secando como la coraza desprendida de un eucalipto) se pasaba los días enrollando y desenrollando un pliego de papel sobre el piso de la celda. Por un lado aparecía impreso un viejo calendario traído de Francia: 1954 - Dixiéme anniversaire de la Libération era la leyenda marcada encima de los meses y de los días. Sobre el reverso del calendario, Madame Michaud había dibujado a lápiz el croquis de Les houx con tantos detalles que su compañera exclamó, al ver el plano por primera vez, que conocía el lugar. No era cierto, pero la perfección de los detalles se había impuesto sobre su memoria. La ilusión, momentánea para la otra convicta, era perfecta para Madame Michaud: y sobre ese plano vivió los años de su reclusión, ajena a su vejez acrecentada. No es difícil imaginarla volcada sobre paredes que eran un simple trazo grueso, o creyendo esconderse detrás de muros que estaban hechos no de cemento y ladrillo, sino del sombreado cuidadoso de un lápiz inclinado.
Imagino que fue la buena conducta de la convicta Madame Michaud lo que, paradójicamente, propició la distracción de las directoras de la prisión de Charleroi. Nadie, durante los últimos años de su reclusión, pareció acordarse de ella; y es fácil pensar que muchos más años le habrían sido conmutados si ella lo hubiera solicitado antes de manera oficial. Cuando se decidió que merecía la libertad anticipada, le faltaban seis años para cumplir la pena. Pero diez años atrás, la misma merced le habría sido concedida: su comportamiento fue el mismo a lo largo de toda esa vida dentro de la vida que es una condena por homicidio. En diciembre de 1998, Madame Michaud fue convocada a la sala César Franck de la prisión, donde respondió a una serie de preguntas que querían confirmar su voluntad de regresar a la sociedad y ser un miembro útil de ella. Al final de la sesión, le preguntaron si prefería salir antes o después de las fiestas: ante la inminencia de su libertad, Madame Michaud no quiso pasar un día más en la cárcel. Los intendentes pusieron entre sus pertenencias (la toilette con la que había llegado y un calendario en cuyo reverso había el plano de una casa) un sobre con tres mil francos en billetes de quinientos. El diecinueve de diciembre, Madame Michaud pasó la noche en un motel de Charleroi -nadie la había esperado frente a los muros de la prisión-, y antes de que amaneciera ya estaba lista para regresar a Les houx. (A sus setenta y nueve años, Madame Michaud había perdido el sueño, y despertaba siempre con las primeras luces.) No le tuvo que explicar al taxista dónde quedaba la propiedad de su familia.
El taxi recorrió el sendero de entrada lentamente, pues había nevado y una capa de hielo volvía la superficie resbalosa. Madame Michaud limpiaba el vaho acumulado en su ventanilla para ver la casa, su casa, y debía pensar que abriría el portón y sería para ella como si ni un día hubiera pasado. No despidió al chofer apenas se bajó del taxi, quizás porque sintió que no era cascajo lo que pisaba bajo la nieve, sino grava suelta. Pero siguió adelante, y su mano se dirigió instintivamente al espacio donde siempre estuvo el aldabón: su mano cayó en el vacío. Le debió parecer inverosímil tener que buscar con la mirada la cerradura, y tener que intentarlo dos veces antes de accionar el mecanismo. Tuvo que pensar en la posibilidad de haberse distraído en el camino, de que el chofer la hubiera traído a una casa ajena. Miró a su alrededor. En su cara se leía la confusión. Madame Michaud se sentía desorientada.
En el zaguán, donde hubo siempre un ángel de piedra apostado bajo las escaleras, no había ahora escaleras, sino una biblioteca de flormorado, y el ángel de piedra era un sillón de lectura. Tres habitaciones se repartían el área que había sido treinta y nueve años antes el salón de estar: una para las armas de cacería, otra para los vestidos de invierno y otra que Madame Michaud no verificó, porque la vio oscura y quizás profunda (le pareció que una baranda descendía a una cava), y tuvo miedo de perderse. El primer piso era irreconocible; consoló a Madame Michaud el hecho de no poder subir al segundo -ignoraba por dónde hubiera podido hacerlo-, pues así se evitaba repetir los tanteos ciegos y la extrañeza, la dolorosa extrañeza.
Madame Michaud no estaba sola en la casa, pero la otra presencia no se hubiera delatado ni por todo el oro del mundo. Desde los rosetones del zarzo, Sara la vio salir, y fue como si sintiera ella misma el frío que golpeó a su hermana mayor en la cara. Sara no desperdició un detalle: ante su mirada ansiosa, Madame Michaud comprobó que una especie de cabaña sin paredes se levantaba donde había estado, según recordaba, el galpón de los caballos lusitanos, y enseguida, con la mano en la frente, descubrió que aquel jardín de plantas dormidas había sido antes la espesa arboleda. Agradeció que el taxi la esperara aún, porque no estaba segura de ser capaz de encontrar el camino de salida entre tantos senderos nuevos que conducían a tantas nuevas dependencias, a tantas construcciones recientes que Sara había proyectado y erigido con paciencia de artista a lo largo de treinta y nueve años, y que en muchos casos no estaban todavía ocupadas ni cumplían función alguna, porque su única justificación era reemplazar una memoria o un afecto en la mente de Madame Michaud para que ahora ella, en el puesto trasero del taxi, se preguntara adonde podía ir, qué lugar quedaba para ella en el mundo.