Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 23 de febrero de 2015

Compras



Cuando bañe usted a un anciano o a una anciana, tiene que ser cuidadoso. Primero ayúdelos a meterse en la bañera. Suelen quejarse si el agua está demasiado caliente, pero eso pasará pocas veces si ha observado cómo se acumula el agua. Su cuerpo se sumerge en espuma de albaricoque o de manzana, blanca o azulada, es el cuadro inverso al nacimiento de Venus. Se quedarán tumbados un rato, absortos; algunos llegan a dormirse y usted tiene que vigilar que no resbalen por la pendiente de la bañera y hundan la cabeza en el agua, pueden ahogarse. A veces empiezan a llorar, a veces lloran mientras duermen.
Después tiene que lavarlos: primero enjabóneles con cualquier gel de ducha, los mejores son los de niño o los vitaminados. Enjabóneles mejor directamente con las manos, los ancianos y ancianas suelen tener una piel tan delicada y marchita que cualquier esponja o guante demasiado áspero puede hacer que se irrite. Sus cuerpos parecen frágiles, a veces irreales. Enjabone cuidadosamente sus cuerpos con las manos (ya no hay agua en la bañera y el baño está bien caliente), están todos cubiertos de espuma y miran distraídamente hacia los lados, las ancianas se preocupan por su peinado, después dúchelos bajo un chorro de agua caliente y suave. Lave minuciosamente todos sus pliegues y arrugas. No tenga prisa. Los cuerpos de los ancianos apenas están cálidos, se diría que ni cien doncellas bastarían para calentar a un solo anciano, a pesar de que la temperatura del cuerpo de las doncellas es, por norma general, unas cuantas decimas más alta que la de los de edad madura. Ellos pueden ser extraordinariamente sabios, los ancianos y ancianas bien cuidados, y entonces su aspecto tiene algo de tímido y algo de pícaro, aunque al tacto suelen ser muy fríos
Lisa Kogan era virgen, tenía dieciocho años. Últimamente se había vuelto a poner de moda la castidad, y entre sus compañeros del penúltimo curso del liceo musical Humboldt casi nadie había tenido hasta ahora una experiencia sexual directa. Ella se enamoraba bastante a menudo, el último objeto de su amor era un ruso de veintidós años llamado Gleb Sorokin un joven que en verano se ganaba la vida cuidando ancianos y que el resto del año estudiaba en la Universidad de Friburgo. Ella había estado enamorada de alemanes y turcos, de ingleses y americanos -incluso había tenido una vez un amigo francés y otro árabe-, y ahora se había enamorado de un ruso. Gleb Sorokin era un joven alto y bronceado, con un pelo pajizo desaliñado, que se parecía a un pastor de un cuento alemán que quizá más tarde se convertiría en burgomaestre. Lisa era alta, de huesos finos, con esa grasilla juvenil bajo la piel que todavía estaba lejos de desaparecer, con un buen bronceado que conservaba durante mucho tiempo y pelada al cero, casi al cero, apenas era visible un mechoncillo negro que se había dejado en un lado de su prominente y despejada frente; había sido un experimento, podría decirse que acertado. Su madre había sido bailarina durante una época, y su padre era bioquímico y trabajaba en un laboratorio farmacéutico. Gleb y ella habían acordado encontrarse en el centro comercial y Lisa llegaba tarde; ella solía llegar tarde, aunque no mucho, apenas diez minutos.
-Necesito comprarme una carpeta para las facturas del teléfono, rotuladores, una toalla, un carrete para la cámara y guantes -dijo Lisa por su teléfono móvil. Estaba deambulando por una tienda de ropa deportiva actual, buscaba, aunque no lo encontraba, un bañador. Había estado examinando uno durante mucho tiempo, era bueno, con un dibujo maravilloso y transnacional y además completamente extracontextual, reproducido con gran habilidad siguiendo la escala de colores, pero es que también tenía una cinta realmente blanca sobre el pecho y la cinta era algo sospechosa, había algo antinatural en esa cinta, era muy blanca, había algo en ella que no, quizá fuera que los hilos giraban levemente, sin embargo la cinta era idéntica al corte de una cesárea, aunque en todo lo demás el bañador era perfecto, eso sí, cerrado, y a Lisa no le gustaban los bañadores cerrados. Un bañador vaquero, bastante gracioso, pero Lisa no quería que la parte de abajo fueran unos pantaloncitos, y por nada del mundo lo quería de denim, que, por supuesto, quedaba perfecto, pero te cansabas enseguida, y de un solo color (ay, bueno, eso hubiera estado bien, pero es demasiado, un tejido demasiado vectorial y estilizado, parece la carátula de un disco de música -hace media hora estuve un buen rato revolviendo en la tienda de música, escuché cinco discos, no compré nada- de baile intelec... aunque, no, si cansa, hasta da risa si lo miras un rato más. ¿Cuánto cuesta? Siempre esconden las etiquetas en cualquier sitio. Buf, no, la proporción entre el precio y la satisfacción por ese precio es totalmente irreal), pero no rosa, si fuera, por ejemplo, negro o rojo, aunque encontrar un buen rojo es difícil. Un buen rojo actual debe tener resonancias cien por cien españolas, ése es el rojo que se puede encontrar en Goin en los trajes de los dignatarios, en las bandas, pero es que además al mismo tiempo debe tener ligerísimas repercusiones estéticas japonesas, un matiz apenas perceptible de rosa electrónico, de rosa pálido, igual que en los abanicos japoneses de saldo que se compran como souvenir, pues así tiene que ser el rojo actual, pero por nada del mundo como, por ejemplo, el de los artistas del barroco italiano, ése es el típico pop-art, anilina perfecta, como en el primer Warhol, cuando todavía pintaba él solo sus lienzos, eran los verdaderos años sesenta, puede que a alguien le guste, pero no a mí. Claro que también puedo comprar un bañador por internet, pero no estaría bien, por internet no siempre se transmite bien el color, depende de la iluminación, y en un bañador el color lo es todo, un bañador aparte del color no tiene casi nada, el corte de un bañador es algo tan secundario que los modistos ni lo mencionan, el corte casi siempre es bueno, a no ser que lo hayas comprado de saldo. Y luego está la tela, no tiene que ser muy brillante, tiene que ser mate, opaco, pero no un opaco cualquiera, sino como tirando a opaco, que brille un poco al flexionarse para que quede claro que no es una simple tela más, para que quede claro que es una tela buena y actual para un bañador bueno y actual. O siempre puedo pasar de todas estas marcas modernas e ir a una tienda de deportes normal o al hiper y comprarme allí un bañador maravilloso, a veces también pasa.
Mientras tanto Gleb estaba en la librería. Subió a la escalera mecánica y flotó hacia arriba mientras examinaba su reflejo en unos espejos dobles, que navegaban junto a los visitantes. Estaba en la escalera y aun así llamó a Lisa. Desde arriba le alcanzó la luz multicolor del anuncio de una nueva consola. Desde la escalera se veían perfectamente las hileras de saldos del primer piso, la gente se arremolinaba alrededor de los catálogos de Leni Riefenstahl y Jeff Koons, de los volúmenes de Kafka y Baudelaire, de libros pueriles sobre sexualidad, muerte y degradación, y a lo lejos, muy cerca de la salida, donde, tras las hojas de cristal abiertas, la calle se iba hundiendo en el profundo azul crepuscular, mendigos de edad avanzada salían al mundo desde ese espeso azul, hojeaban en los puestos de la calle álbumes de Stewart y Araki y se masturbaban melancólicamente en los bolsillos de sus anchos pantalones pasados de moda.
-También necesito comprar un filtro nuevo para el agua -dijo Lisa mientras salía de la tienda de deportes, se giraba hacia un escaparate nuevo, caminaba inclinada y examinaba al mismo tiempo su reflejo, y pinzas para el azúcar, frascos, soportes para teteras, tazas, tortugas de paja, jarrones, relojes, perrillos de paja, azucareros, juegos de perfumería, esferas de cristal, velas, que habían brotado detrás de él, junto con una lamparita halógena.
-Lisa, cásese conmigo -dijo Gleb. Se conocían desde hacía tres meses, no se habían besado ni una sola vez y se trataban de «usted» pero él pensaba que era el momento adecuado para proponérselo.
-¿Y cómo se ha imaginado usted nuestra vida juntos? -preguntó Lisa a lo lejos.
-Primero seré relativamente conocido, luego mundialmente famoso -dijo Gleb saliendo de las escaleras y deteniéndose delante de las estanterías. Fue rebasado por un ruidoso grupo de escolares con pantalones anchos, claro, y cazadoras deportivas de raso, por supuesto-, y finalmente un santo. ¿Dónde está?
Los escolares se alejaron agitando sus piruletas. El joven revisaba los libros. Cómo Ludwig Wittgenstein amenazó a Karl Popper con un atizador, Debilidad humana, La generación de Ally; por qué es tan difícil ser una mujer moderna hoy en día, El piloto automático, Teatro alemán, Felicidad sin fin, Capitalismo y depresión, Kelly + Víctor, La cabeza repleta de azul, El sueño número nueve, El andén, Hoteles a la moda, El color en el espacio, Sun Tsu y el arte de la guerra. Sacó del estante un libro con un apellido conocido en la cubierta, lo abrió al azar y pasó unas cuantas páginas.
-He vuelto al 12 onzas para probarme una camiseta... ¡Ay!
«Me imagino cómo concluirá mi vida en esa ciudad balneario agitada y polvorienta. Los motoristas pasan a toda leche bajo las ventanas, la habitación está a oscuras, el aire acondicionado funciona sin hacer ruido, se oye a las prostitutas discutir en la calle. No me duele, es como si mi cuerpo hubiera enmudecido. Hace calor. ¿Me gustaría que alguien estuviera cerca? No lo creo. Podía haber pedido que me trajeran agua, pero no quiero beber.» Gleb colocó el libro y cogió otro. «Oyó todo y lo único en lo que ella pensaba.» La dependienta trajo otro carro de libros y empezó a distribuir los libros por los estantes.
-¿Qué ha pasado?
La revolución corrupta, Nacionalismo balcánico, Muerte, religión y familia en Inglaterra, El hijo del generalísimo,La década roja, Últimas memorias de un suicida («Yo te amé. Devuelve, por favor, el piano negro a mi hermana, de lo contrario me apareceré por las noches»). ¿Cuánto cuesta? 39.99.
-Me he arañado con el mecanismo de seguridad. No se imagina el tamaño de los mecanismos de seguridad que enganchan aquí a las camisetas, son tan grandes como un vídeo y tan afilados como una cuchilla. Me he arañado en la oreja. ¿Dónde está?
Postales sosas, La sonrisa de la medusa, Diógenes, Fin del trabajo, Diccionario de instrucción, Cultura cortesana, Ricos y pobres, Catulo, Artsybashev, Pnin, Cándida Hofer.
-Arriba, en la librería.
-¿Hay algo?
Jones, Houellebecq, Gunter Grass, Korine, Goethe, Akutagava, Von Stuckrad-Barre, Ulrich Beck, Ellis, Tolstói, Trotski, Don DeLillo, Sloterdijk, Cavafis, Gorz, Zizek, Yamamoto, Tolkien, Oscar Wilde, Will Self, Goethe, Dorothy Parker, Musil, Susan Sontag, Brecht, Flaubert, Murakami, Richard Powers. Después se le oyó hablar con el gerente de la tienda. Y es que ella no había apagado el móvil. El gerente de la tienda se disculpó y le contó la cantidad de robos que habían sufrido en el último semestre. Le ofreció a Lisa un descuento en la camiseta. Luego algo empezó a hacer ruido y se produjo una pausa. «El sistema contemporáneo de repartición del trabajo, la producción contemporánea de trabajo con su inexorable fatalidad plantea la cuestión de la velocidad de percepción y atención y, en última instancia, la velocidad del nosotros.»
-Las cartas de Bohr. Me van a canonizar en vida -dijo Gleb-, lo que es realmente curioso. Cuando inventen la inmortalidad, nosotros seremos los primeros candidatos. ¿Dónde está?
Giovanni Verga, Norman Davis, Edward Lear, Terry Ea-gleton, Marilisa, Michael Dibdin.
-En ProMarket.
Daniil Granin, Jurgen Habermas, Umberto Eco, Marx Richard Senté, Schwab, Éluard, Max Weber, Finkielkraut, Boetius, Confucio, Bernhard, Occam, Tieck, Bukovski.
-Después todos nos volveremos nanorobots y nos esparciremos por el Universo -dijo Gleb.
«La incomodidad en la sexualidad conduce a ello.» «En el estado del mercado social keynesiano.» «Entonces él se acercó a la mesa y se inclinó. Entonces.»
-Después todos nos convertiremos en dios -dijo Gleb-, y comenzará nuestra felicidad suprema y eterna.
«Cacharros, objetos innecesarios.» Eran versos, y los versos eran buenos. Sin embargo Gleb devolvió el libro a la apretada fila. «Abajo yacía un hombre.» Una página más. «Fue así.»
-Luego nos aburriremos de la felicidad eterna -dijo Gleb-, y empezaremos a crear mundos nuevos.
Se encontraron, por fin, en la cafetería del segundo piso. Gleb se había comprado un libro nuevo y bonito. Lisa probaba una pluma en una servilleta: dibujaba al impasible barman.
-No -dijo ella-, bueno, sí, en general estoy de acuerdo, pero no, me marcho mañana a Nueva York. No funcionará. Para siempre jamás. Así está bien. Para toda la vida. La escuela; para lo que me sirve. Panda de tontos. Si quiere, podemos ir juntos.
-¿Para qué? -preguntó Gleb mientras examinaba tontamente el menú.
-Cuando termine la guerra -dijo Lisa dibujando afanosa cada detalle de los botones forrados con paño blanco de la chaqueta del barman-, quiero encontrarme en el lado de los vencedores. Vivir en Europa solo es perder el tiempo.
-Ah, ¿y como es eso?
-Hablo en serio. ¿Quiere -repitió ella, y la segunda vez la pregunta sonó de forma totalmente distinta a la primera-, quiere que vayamos juntos?
-No puedo -dijo Gleb por decir-, mañana me voy dos semanas a Venezuela; pero si ya se lo había dicho. En principio, están casi en la misma dirección, aunque dando un poco de vuelta.
-Está justo hacia el otro lado -dijo Lisa descontenta.
-Qué pena -dijo Gleb descontento-. Yo la llamé, pero usted dijo que estaba de exámenes.
Sin acabar de escucharle, aunque sin cortarle para nada, ella empezó a decir.
-Hay una cosa que quiero pedirle antes de partir -dijo Lisa al mismo tiempo que él decía las últimas palabras, mientras contemplaba pensativa el dibujo en la servilleta arrugada-: instrúyame en el sexo, ¿quiere? Aunque solo sea un poco. Es que sin sexo en el mundo moderno no se consigue nada, todo pasa por el sexo. Y yo no sé nada al respecto. Bueno, casi nada.
-¿Acaso no han estudiado nada de eso en la escuela? -preguntó Gleb preocupado-. Yo pensaba que allí se lo contaban todo.
-Sí, claro, nos han explicado los métodos anticonceptivos, la función reproductora, el orgasmo, la homosexualidad y todas esas cosas, pero eso es pura teoría. Vamos, conozco un sitio perfecto por aquí -dijo Lisa mirando a su alrededor-. Venga, vamos. Vamos.
Se deslizó con resolución del taburete elevado, echó un vistazo al reloj y se paró delante de él.
-No quiero -dijo Gleb mirándola desde lo alto de su taburete-, no quiero enseñarle nada del sexo. Yo quiero que nuestras relaciones sean totalmente distintas.
-Por favor -pidió ella con ojos suplicantes que le miraban desde abajo-, enséñeme. Si usted quiere que yo alcance en la vida aunque solo sea un pequeño éxito. Si mi carrera no le es indiferente.
Gleb reflexionó, se inclinó y la besó con cuidado en la mejilla. Tuvo tiempo de experimentar un leve calor que desapareció al momento. Cuando la abrazó por los hombros, sintió que ella se acercó durante un instante, y fue como si un ariete de ternura se hubiera introducido en su frágil mundo, derribando y destruyendo a su paso ciertas estructuras de la realidad poco perceptibles y similares a pompas de jabón. Desde el exterior le llegó el silbido de la máquina de café y la música. Seis meses antes había conocido a un músico que afirmaba que la gente era baja por naturaleza, lo que era lógico, y que lo que les elevaba son los ascensores o, más bien, la música que suena en los ascensores mientras suben; él, el compositor, había compuesto ese tipo de música en el ordenador, y precisamente esa música le llegaba ahora del exterior junto con el silbido de la máquina de café, desde detrás de los límites de una realidad que les había rodeado con fuerza durante un minuto. Después Lisa se apartó.
-Ahora tengo que compensarte de alguna manera -dijo ella frunciendo el ceño-, y además rápido. Yo tenía la idea de otra cosa muy distinta, sexo oral, por ejemplo, algo útil. Ahora necesito emociones positivas.
Esa misma tarde ella, en efecto, compró un billete y, en efecto, se fue a Nueva York. A la mañana siguiente él ya estaba en Caracas, y solo dos horas y media después llegaba a Porlamar, un verdadero paraíso, tal y como prometían las guías de viaje. Por la noche comió pescado en un restaurante junto a la orilla. Sonaba música moderna. Después la vida se aceleró: los seis meses siguientes consistieron más bien en gestos y poses que en vivencias y reflexiones. Seis meses después Gleb defendió su tesis «La creatividad de los desempleados en Alemania», dejó de cuidar a gente mayor y consiguió trabajo en una agencia de publicidad. Un día vio a Lisa en la portada de una revista de moda, y después en la portada de otra. Estaba prácticamente igual que entonces, antes de su partida, se transparentaba en las fotografías a través de ella misma, la de aquel entonces a través de la de ahora, estaba vestida de una forma que ni el propio rey Salomón en su época de gloria. Luego se enteró, casi por casualidad, de que ella se había suicidado en Nueva York (estaba en internet durante la hora de la comida echando un vistazo a la sección de «Noticias Interesantes» y de repente estaba leyendo un comunicado que decía que la modelo rusa Lisa Kogan se había herido la mano partiendo un cangrejo en un restaurante chino de Chinatown y que riendo, ya que al parecer se encontraba bajo los efectos de las drogas, según cuentan los testigos presenciales, riendo histéricamente, dejó caer la mano en el acuario con pirañas decorativas que estaba justo al lado de su mesa y cuarenta minutos más tarde moría camino del hospital debido a la hemorragia, aunque en su última nota, enviada por correo a su amante, le comunicaba que se proponía saltar desde la segunda «L» de la palabra Hollywood en Los Ángeles) y, al enterarse, Gleb percibió de repente con toda claridad, como si estuviera viéndolo en la pantalla, que estaba solo, que a su alrededor no había nada, solo un vacío del que colgaba como un punto, separando un único momento de otro, y poco a poco se fue tranquilizando. Le vino a la cabeza una ilustración lapidaria de un popular libro de astronomía. Se palpó, sus manos, su cara, el pecho debajo de la americana, y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le observaba. Estaba solo en la habitación, a su alrededor había muebles, una percha negra destacaba en un rincón, con sus ganchos retorciéndose sobre el fondo blanco de la pared. Sintió un desagradable cosquilleo nervioso en el centro de su cuerpo, como si el ascensor en el que hasta entonces había estado subiendo se hubiera roto de repente y empezara a caer de vuelta hacia la tierra. Al mismo tiempo pensó que era probable que, sin darse cuenta, hubiera estado acordándose de Lisa durante todo este tiempo casi cada día y que, por lo visto, debía de haberse convertido en una costumbre si hasta él había dejado de ser consciente de que la recordaba continuamente; recordó que la había recordado la noche pasada antes de dormirse, y antes de ayer al mediodía, durante el descanso para comer, en la cafetería, mientras pedía el postre: helado de vainilla con guindas y barquillos calientes; resulta que había estado pensando en ella continuamente y resulta que de repente parecía que le prohibían pensar en ella, aunque él, terco, continuaría haciéndolo aún durante un tiempo. Después echó una ojeada a su agenda electrónica y vio que hacía diez minutos que tenía que haber llamado a sus clientes, concertar un encuentro, y además, mientras marcaba el número, que después del trabajo tenía pensado pasar de nuevo por la tienda de artículos deportivos a buscar un bañador, no estaba del todo contento con el bañador que había comprado la víspera, era un bañador bueno y moderno, pero de todas formas no era precisamente lo que él buscaba y ahora quería asegurarse de que el resto de bañadores no eran ni mucho menos mejores. Además, también tenía que encontrar unas botas nuevas, había visto unas, algo intermedio entre unos deportivos y unas botas corrientes, es decir, que tenían la suela de goma pero la parte de arriba de piel y con la forma de unos zapatos corrientes, aunque eran un poco extrañas, indefinidas, y encima eran marrones, demasiado oscuras, aunque brillaban un poco por arriba, casi de color guinda, de ese color que suele encontrarse en los cuadros cubistas pintados antes de la primera guerra mundial, antes del atentado del estudiante serbio Gavrilo Princip contra el archiduque austriaco Francisco Fernando, y que han sido bien restaurados, pero a Gleb no le gustaban los cubistas y no las quería marrón oscuro, el marrón oscuro le parecía demasiado oficial, demasiado conservador, demasiado sombrío, el las quería o bien negras, o bien de color café, del color frío y neoclásico del café con leche, como el tardío Magritte, a juego con una camisa inglesa de color rosa comprada la tarde anterior en Loft.