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jueves, 26 de febrero de 2015

El sitio



Algo más de tres jornadas demora nuestra travesía sin que se presente novedad alguna digna de mención. El llano es parejo y monótono, carece de accidentes; hemos encontrado, eso sí, algunos ríos medianamente torrentosos que sirvieron para el refresco tanto de la tropa como de la caballada, pero que no ofrecieron, para vadearlos, ningún obstáculo que no pudiésemos sortear.
No hay nadie que nos salga al cruce. Ya lo dijo bien el comandante Centurión, antes aún de que partiéramos, con el sentido previsor que con toda justicia se le reconoce: llegaremos -dijo- a las propias murallas de la ciudad de Santa Bárbara, sin avizorar a su ejército durante el viaje. Pasan los días y no ocurre ni tan siquiera una escaramuza, una refriega polvorienta pero breve con alguna partida exploratoria enviada por los enemigos. Ni hablar, por lo tanto, de una batalla: hasta llegar a la ciudad de Santa Bárbara, no habrá que combatir.
Todo lo sabe el comandante Centurión, y todo lo anticipa; tengo el privilegio, por ser su confidente, de conocer de antemano lo que luego sucederá o dejará de suceder. No habrá batalla -dice, por ejemplo, el comandante Centurión-, ni tampoco escaramuza: y nada hay. Mañana, después del mediodía -dice, y es otro ejemplo, el comandante Centurión, tendremos que cruzar un río angosto pero profundo cuyas aguas rojizas desentonan con el paisaje: y el río se presenta a la hora predicha; es angosto y es profundo, y sus aguas, por ser rojizas, desentonan con el paisaje.
Con el amanecer del cuarto día, después de haber acampado para descansar mientras faltara la luz, retomamos la marcha. La fatiga aumentará hoy un poco, porque el terreno, sin perder su particular monotonía, comienza a ondularse levemente. Antes del atardecer, sin embargo -no es que yo mismo lo sepa, por supuesto, sino que el comandante Centurión lo ha revelado-, llegaremos a avistar las murallas inconfundibles de la ciudad de Santa Bárbara.
Yo soy el que lleva el catalejo y es a mí, por lo tanto, a quien dice el comandante Centurión en un momento determinado:
-Venga, Vidal, y hágame una gauchada. Enfoque con el anteojo para aquel lado y dígale a los oficiales qué es lo que ve.
Tengo el honor, por esta circunstancia, de ser quien anuncia que la ciudad amurallada de Santa Bárbara, reducto final de nuestros enemigos, se encuentra ya al alcance de la vista (siempre que se complemente a la vista con el catalejo).
Nos detenemos allí mismo y dejamos pasar otra noche, más en la sombra todavía que en la noche anterior, porque a la falta de luna en el cielo, que es lo que una y otra noche tienen en común, se agrega en este caso la atinada decisión del comandante de no encender fogatas para no delatar al enemigo nuestra presencia ni nuestra posición.
Esa noche, en una conversación insomne, el comandante me explica que nosotros superamos, tanto en número como en poderío de fuego, al ejército vigoroso pero limitado de la ciudad de Santa Bárbara, y esta situación sin dudas la advierte el general Montana, jefe de ese ejército y de la propia ciudad. Sería un error gravísimo, indigno de las dotes estratégicas del general Montana, salir a librar batalla en un terreno abierto: no podría tener otra suerte, en ese caso, que sucumbir. Montana apuesta, eso es evidente, a la única posibilidad que le permite abrigar alguna esperanza, por incierta que sea, y que es sostener su posición defensiva dentro de la ciudad.
Con palabras precisas y con imágenes diáfanas, el comandante Centurión describe para mí (en verdad, lo sé, se trata de un monólogo, pero tengo el inmenso privilegio de asistir a él) las características de la ciudad de Santa Bárbara y del terreno en el que se encuentra. Al día siguiente, apenas clarea el cielo, avanzamos hacia la ciudad, y al llegar yo tengo la curiosa impresión de ya conocer todo el sitio, aunque nunca antes me había hallado en él.
La ciudad de Santa Bárbara se encuentra en la parte alta de una especie de meseta: la propia ladera de esa elevación es una primera muralla protectora. A eso hay que agregar la otra muralla, la que con piedras y con madera se encargaron de erigir los hombres, y que multiplica las dificultades que se nos presentan para penetrar en la ciudad nuestras tropas. Santa Bárbara cuenta aun con otro vallado, aprovechado también este de la naturaleza del lugar, y que es el cauce del río Negro (el modo en que las aguas tuercen su curso en ese tramo provoca una especie de envoltura en la que se alberga la ciudad).
Tomando en consideración todas estas circunstancias, el comandante Centurión nos revela su resolución crucial: no intentar en lo inmediato un ataque a la ciudad de Santa Bárbara. Atacarla -dice el comandante, con toda elocuencia- implicaría abrir el fuego sobre un terreno en declive, claramente perjudicial para nosotros, y también exponernos a que el río nos impida avanzar por ese flanco (o bien, en una segunda instancia, y en el caso de ser necesario un repliegue, que nos impida igualmente retroceder en esa dirección).
También es cierto, y todos lo sabemos, que hemos venido hasta aquí en una larga y tediosa travesía, con un ejército más numeroso y mejor pertrechado que el de nuestros enemigos, con el propósito de tomar la ciudad amurallada de Santa Bárbara y no para acabar por resignarnos a no atacarla. Lo que explica el comandante Centurión, con inteligencia irrefutable, es que incluso penetrando en el estrecho y desconocido recinto de la ciudad, estaríamos perdiendo todas nuestras ventajas (las del número y las del armamento). El camino a la victoria -establece- es otro: el sitio. Una ciudad ubicada en una elevación acaba por caer bajo la presión asfixiante de un cerco sin fisuras. El río Negro, que complica nuestro avance, juega a nuestro favor si, en vez de atacar, esperamos: ahora son los enemigos los que, por culpa del río, no podrán salir.
Así dispuestas las cosas, nuestras tropas van armando un arco sólido y continuo en torno de la ciudad. El comandante Centurión va y viene, y yo con él, indicando las conveniencias y evitando los errores del cerco que preparamos. Hacia el mediodía, el arco se ha vuelto círculo, y como círculo se ha cerrado. La ciudad de Santa Bárbara ya está sitiada. Nosotros no podemos penetrar en ella, es cierto, a menos que lo intentáramos pagando un precio altísimo. Es igual de cierto, sin embargo, que ahora ellos no pueden salir. No ha habido batalla hasta llegar a las murallas de la ciudad, y así fue que, a lo largo de nuestra travesía, nada sucedió; pero tampoco habrá batalla ahora, que estamos en las lindes de Santa Bárbara, y tampoco ahora nada sucederá.
Sólo nos queda esperar. Un sitio es, básicamente, una cuestión de paciencia. Nosotros tenemos suficientes alimentos para sostenernos varios días, por poco sabrosos que esos alimentos nos resulten, y contamos, además, con la posibilidad de reabastecemos. Nosotros podemos ir, río abajo, en procura de agua. Nosotros estamos quietos, detenidos, pero no encerrados. La ciudad de Santa Bárbara, en cambio, irá consumiendo irremisiblemente sus reservas de alimentos, y nadie podría acercarse al río sin exponerse al alcance de nuestra artillería. Ellos tienen, por otra parte, viejos, mujeres, niños, tienen enfermos, y nosotros no, por lo que nuestra resistencia no conoce debilidades.
Empiezan a pasar los días: son todos iguales. Ni siquiera llueve, o se nubla, como para que podamos ponernos a hablar de la lluvia o del cielo. Nos aburrimos enormemente. No tenemos nada que hacer, nada en absoluto, que no sea vigilar las murallas de la ciudad de Santa Bárbara para que nadie trate de escapar. Nos imaginamos el progreso del hambre y de la sed en el interior de la ciudad, pero, en realidad, nada sabemos. No se oyen gritos o gemidos, ni se advierte que echen cadáveres hacia afuera, para evitar pestes. Miramos todo el tiempo esas murallas, que ni siquiera son imponentes, esperando que algo pase. No pasa nada: la ciudad de Santa Bárbara permanece igual a sí misma.
El comandante Centurión anda particularmente silencioso, y eso empeora las cosas, sobre todo para mí, que soy quien tiene por lo general el honor de escucharlo hablar. Durante los primeros dos o tres días diserta sobre los sitios. Se ocupa, por una parte, de las principales referencias históricas en lo que hace a esta forma de victoria militar. Pero también se ocupa del sitio en sus aspectos, si se quiere, psicológicos; habla de la asfixia, del agobio del sitiado, y también de la paciente espera, de la constancia del sitiador. Esto, los primeros dos o tres días. Después ya no hay nada que decir, así como desde antes ya no hay nada que hacer. Nos quedamos todos callados durante días enteros, esperando. No tenemos absolutamente ningún problema, ni de enfermedades, ni de provisiones, ni de nada. Si tuviésemos algún problema, al menos podríamos ocuparnos de eso, hablar de eso; pero no: no nos pasa nada.
Esta tropa, digna como es de que la comande quien la comanda, no declina en su actitud vigilante. Si alguien lograse salir de la ciudad de Santa Bárbara y regresar a ella con reabastecimientos, su capacidad de resistencia se prolongaría indefinidamente. Podría ocurrir algo incluso peor: que alguien saliese y marchara a pedir el auxilio de alguna fuerza aliada del general Montana. Sin embargo, nadie sale, nadie podría atravesar nuestro cerco. Mantenemos una vigilancia atenta, insisto, pero también admito que con el lento paso de los días monótonos nos va ganando cierto sopor. Esto explica que, al promediar el décimo día de nuestro sitio, veamos de inmediato a ese chico menudo que aparece agitando una bandera blanca, pero no advirtamos el lugar preciso por donde salió.
Lo que agita no es exactamente una bandera, sino más bien una especie de camisa blanca. No es la ciudad la que se rinde: es ese chico que sale y se acerca lentamente hacia nosotros, y no quiere que alguno de los nuestros se precipite a dispararle. Nadie le tira, nadie le apunta siquiera. Es casi un niño y está obviamente desarmado. No tiene modo de escapar ni mucho menos de hacernos daño. Ahora se encuentra a unos cincuenta metros de nuestra posición. Poniendo sus dos manos a los costados de la boca, nos avisa a gritos que quiere hablar con el oficial que esté al frente de la tropa. Apenas se le oye.
El comandante Centurión sabe que no corre peligro alguno y decide recibirlo. Lo hace pasar a su tienda de campaña y, extrañamente, le ofrece café (algo más extraño ocurre de inmediato: el chico no acepta). Yo soy el único testigo del interrogatorio que sigue a continuación. El comandante le pregunta al chico cuál es su nombre y quién es la persona que lo envía. El chico responde que su nombre es Julián y que nadie lo ha enviado, que él ha venido por su cuenta, por su propia decisión, y que aun más: él cree que nadie lo ha visto salir ni aproximarse a nosotros. El comandante insiste con la pregunta, al parecer recela, pero el chico vuelve a decir que ha venido por su propia decisión. Entonces el comandante le aclara que, a pesar de su aspecto frágil y de su corta edad, no piensa dejarlo ir. No soy un desertor, le contesta el chico, y por primera vez alza la vista hacia los ojos del comandante. Le dice: no he venido para eso, y pienso volver en seguida a la ciudad.
El comandante sí está tomando café, y en este momento se lleva el cuenco de metal a la boca y se demora en un sorbo larguísimo. Está ganando tiempo. El chico, por lo pronto, ha vuelto a bajar la mirada. Entonces el comandante le pregunta, más bien de mala manera, que para qué carajo ha venido. El chico responde, casi sin voz, que viene para pedirle que no ataque todavía a la ciudad. No va a hacer falta, le dice, derramar la sangre de nadie. El comandante no le dice lo que él ya piensa, lo que él ya sabe: que no va a atacar; el comandante es zorro y le pregunta: ¿y eso por qué? El chico entonces se decide y revela por fin lo que tiene para decirnos. El general Montana, dice, está agonizando. No le queda mucho para vivir. La ciudad está resuelta a rendirse, pero quiere salvar el honor de su general y por lo tanto no va a presentar la rendición mientras él esté con vida.
El comandante Centurión escucha estas palabras y vuelve a preguntarle al chico si viene de parte de alguien. El chico le dice otra vez que no. Después de eso, el comandante le aclara que no asume absolutamente ningún compromiso en firme, pero que de todas maneras va a tener en cuenta las noticias que le ha dado. El chico ahora se mira los pies. El comandante ordena que le devuelvan sus cosas: el palo de madera rugosa y la camisa blanca. El chico regresa a la ciudad de Santa Bárbara, arrastrando la camisa por el polvo.
Esa noche volvemos a tener un tema de conversación. El comandante valora el gesto de lealtad hacia el jefe Montana: la rendición es un hecho, pero los suyos quieren evitarle esa humillación final. No pretendo ser agudo, porque no lo soy ni tampoco podría serlo, pero creo que el comandante Centurión está pensando también en su propio lugar al frente de estas tropas. Después hablamos de la muerte, y el comandante dice algunas cosas de gran profundidad.
Pasan dos, tres días. Nosotros seguimos esperando. Lo que ahora esperamos es el desenlace fatal de la agonía del general Montana, es decir, su muerte; para el caso, de todos modos, las horas pasan igual de lentas, igual de monótonas. Nos quedamos de vuelta sin nada que decir. En la noche aparece una mitad de luna en el cielo despejado, y algo hablamos sobre eso; pero no somos poetas, y por lo tanto las frases que se nos ocurren son apenas unas pocas.
Ese tercer día, que es el decimotercero del sitio, vuelve a aparecer el chico llamado Julián, otra vez con esa bandera o esa camisa blanca en alto. Un vigía asegura haberlo visto asomar desde adentro de un pozo, que tiene que ser necesariamente la salida de un túnel que cruza por debajo de la muralla. No hay motivos -dice el comandante Centurión- para que nadie se preocupe: no podría haber un túnel tan extenso que alcanzara a atravesar el cerco que hemos dispuesto nosotros. El sitio es inviolable.
El chico no trae noticias nuevas, pero el comandante lo escucha con toda atención (tanto es así, que un colaborador aparece en la tienda interrumpiendo el diálogo, y el comandante no lo deja terminar la frase: le ordena que se vaya y que regrese después). El general Montana, dice Julián, no se ha muerto todavía, pero el médico del ejército ha dicho que no cree que llegue a vivir ni una semana más. Está tirado en su cama: se dobla de dolor, pero no se queja. Transpira tanto que hay que cambiarle la ropa por lo menos dos veces al día. Su mujer se lo pasa mojando un pañuelo blanco y humedeciéndole la frente y los labios.
El comandante Centurión escucha y asiente. Después pregunta si hay alguien en el ejército de Santa Bárbara que se proponga seguir resistiendo, incluso después de la muerte del general Montana. Julián responde inmediatamente que no, pero aclara también, con igual énfasis, que nadie en la ciudad piensa tampoco entregarse mientras sea el general Montana el que está a cargo. El comandante pregunta entonces cuáles son las condiciones de subsistencia dentro de la ciudad. Al chico, si no me equivoco, le tiembla la voz cuando responde que ya están faltando tanto la comida como el agua. Agrega, en seguida, el mismo pedido de antes: que por favor no entre en la ciudad hasta tanto muera el general Montana y se produzca la rendición. Sea como sea, dice, eso costaría más vidas que las que pueden perderse por hambre o por sed. El comandante Centurión bien se guarda de revelar que él nunca pensó en invadir la ciudad mientras no se rindiera, para evitar un movimiento que lo pondría tácticamente en desventaja. Deja sin respuesta el pedido de Julián y le dice que se vaya. El chico obedece y se va.
Esa noche, llueve. Una gran tormenta que dura casi hasta el amanecer. Hay unos rayos estremecedores que cortan el cielo y blanquean la noche. El agua que cae, esto lo sabemos, favorece a los sitiados, que sin dudas la recogen con cuanta cosa pueda resultarles útil. Pero al menos la tormenta hace que algo cambie en nuestra espera y nos da algún tema de conversación. El sitio, por otra parte, no va a modificarse por un poco más o un poco menos de agua: la ciudad de Santa Bárbara va a rendirse, sedienta o no, en cuanto muera su general.
Julián vuelve al día siguiente, mientras se cumplen exactamente dos semanas de asedio. Esta vez ya ni trae la bandera blanca. En cuanto aparece a la distancia, de este lado de la muralla, y empieza su caminata hacia nosotros, ya sabemos quién es y de qué se trata. El comandante, al recibirlo, vuelve a ofrecerle un poco de café, y esta vez el chico acepta.
El comandante pregunta si hay noticias y Julián responde que sí. El general ha empeorado gravemente en su estado de salud. Durante la tormenta de la noche, después de unas cuantas frases sin sentido que exclamó en el delirio de su agonía, el general Montana perdió la conciencia. El médico pasó con él la noche entera, para que la mujer descansara un poco. Dice que su estado es irreversible.
El comandante Centurión pronuncia unas pocas palabras, que no son en verdad una pregunta: pero vive todavía -dice-. El chico toma la frase por una interrogación y contesta que sí, que lo que se dice vivir, vive, pero que ya está como dormido para siempre, aunque el corazón todavía funcione, y que el médico asegura que ya no va a despertar mÁs. Qué se dice en la ciudad, pregunta, ahora sí, el comandante Centurión. Julián explica que hay unos cuantos que presionan para que la ciudad se rinda de una vez por todas: el general Montana, al fin de cuentas, ya no ve ni oye más nada, y de nada va a enterarse. Otros insisten en aguardar su muerte: no importa que él se entere o no se entere; lo que importa es lo que es.
La mujer del general Montana, que aun siendo tan joven es ya casi una viuda, no pierde, pese a todo, sus esperanzas, y al parecer van a tenerle piedad y a respetarle la ilusión, por vana que sea. El comandante pregunta por la edad de esa mujer. Diecinueve años, responde Julián, y aunque nadie le pide que aclare nada, él agrega por su cuenta: es una mujer hermosa.
El sitio, por lo tanto, se prolonga. Pasan otros dos días, sin que tengamos más noticias de Julián. Durante el primero de estos dos días, advierto que el comandante está esperando que el chico aparezca. Cuando el sol va cayendo y se vuelve evidente que ya no vendrá, el comandante se pone de mal humor y maltrata injustamente, cosa inusual, a algunos subordinados (entre ellos, a mí). Para el segundo día, el comandante se muestra claramente ansioso. Se lo pasa mirando el reloj y maldiciendo. Camina de un lado a otro, como buscando qué hacer, cuando todos ya sabemos de sobra, desde hace días, que aquí no hay nada que hacer, no siendo esperar y esperar. A la noche me pregunta si al chico no le habrá ocurrido algo. Es lo único que dice en toda la noche, por más que la pasa en vela.
Al día siguiente, para alivio del comandante Centurión (pero también, y a través suyo, para alivio de la tropa), vuelve a venir Julián. Aparece a primera hora, cuando ni siquiera ha terminado de amanecer, y es el comandante el que sale a su encuentro. Conversan de pie, cerca del lugar en el que yo estoy limpiando mis botas. El comandante dice poco, casi nada, lo único que quiere es oír las novedades. El chico empieza diciendo que el general Montana todavía no se ha muerto, pero que está ya tan grave, tan grave, es ya tan delgado el hilo que lo une con la vida, que sólo el médico, valiéndose de su instrumental, puede percibir que el corazón aún le funciona. Pero no es eso, agrega el chico, lo más importante. Lo más importante es que el médico le ha sacado sangre de una vena del brazo al general Montana, y la estudió en sus tubitos de vidrio mezclándola con algunas sustancias especiales, y ahora ha dicho que si el general Montana, robusto como es, sano como era, está en plena agonía y, de un momento a otro, ineluctablemente, se va a morir, no es por designio de Dios ni por obra del destino, sino porque alguien, aprovechándose de su confianza, lo ha envenenado.
El comandante Centurión hace que Julián le repita todo su relato, todo tiene que decirlo el chico otra vez; yo no tengo la impresión de que el comandante esté tratando de ganar tiempo en este caso: de veras está perplejo, azorado. Después pregunta por los sospechosos del crimen, y el chico no sabe; pregunta por los posibles enemigos del general, dentro del ejército o fuera de él, y el chico no sabe, no sabe él ni sabe nadie, nadie habría imaginado semejante horror. Entonces el comandante se interesa por lo que ocurre en la ciudad, qué se dice en las calles, en las casas, de quién se sospecha, cuál es el estado de ánimo de la gente. El chico nunca fue locuaz, pero ahora me parece que se ha puesto más parco. En las calles, dice, perros ya ni quedan. Algunos se han decidido a sacrificar un caballo, para comer de ahí. Del crimen, del crimen -lo urge el comandante-, del crimen qué se dice. Muchas cosas, dice Julián, y ninguna se sabe si es falsa o es cierta. Algunos dicen que el general Montana ya está muerto, y que el médico miente cuando asegura que todavía se percibe un leve latido. Otros dicen que miente cuando asegura que lo ha envenenado un traidor. Algunos dicen que nadie podría haber envenenado al general Montana, porque todas sus comidas, antes de ingerirlas, primero se las hacía probar a un subordinado, a un criado, a un soldado raso, a su mujer. En ese caso, dicen algunos, tiene que tratarse de un suicidio. En ese caso, dicen otros, tiene que tratarse de la mujer, que es la única que pudo haberle cambiado el plato después de que algún ayudante ya lo hubiese probado.
El chico dice todo esto, pero lo dice desganado, con frases sueltas, deshilvanadamente. El comandante le pregunta si la ciudad amurallada de Santa Bárbara mantiene su decisión de rendirse apenas deje este mundo el general Montana. El chico contesta que sí, que él cree que sí, aunque no falta alguno que, con el orgullo herido por la noticia del envenenamiento del general, dice que prefiere, antes que rendirse, morir de hambre o de sed, pero resistiendo. El comandante pregunta si son muchos los que dicen eso, y el chico no sabe. Luego dice algo que yo no hubiese esperado. Le dice a Julián que no vuelva a pasarse tantos días sin venir, porque aquí es importante estar al tanto del rumbo que toman los acontecimientos en el interior de la ciudad. Y le promete, con el valor inobjetable que tiene su palabra, que cuando Santa Bárbara se rinda no solamente va a perdonarle la vida a él y a su familia, sino que va a incorporarlo a nuestro ejército con el grado de sargento. El chico no dice nada: ni sí ni no. El comandante le pide encarecidamente que, de ser posible, vuelva a traernos noticias hoy mismo, hacia el final del día, o si no, caso contrario, mañana a primera hora. Pero no más que eso -dice el comandante.
Pasamos otra noche desdichada, porque el chico no viene y el comandante Centurión, fastidiado por la incertidumbre y por la espera en vano, agudiza la consabida aspereza de su carácter, sólo que ahora sin el recto sentido de moderación y de equidad que nadie dudaría en reconocerle. Ya no es exactamente la rendición de la ciudad amurallada de Santa Bárbara lo que aguardamos; ya no es, ni siquiera, la noticia de la muerte del general Montana. Lo que ahora esperamos (y el comandante Centurión, en particular, con inusitada impaciencia) es el regreso de Julián, el chico que logra ir y venir entre la ciudad y nosotros, para oír su relato de los últimos acontecimientos.
La irritación predispone al comandante a dar órdenes todo el tiempo, tanto las necesarias como las innecesarias, y a castigar con desmesura no ya el incumplimiento de alguna indicación, sino la simple demora (mayor es la sanción cuanto más fútil es la orden: se diría que el comandante Centurión, de reconocida ecuanimidad, se entrega ahora, sin embargo, al goce despótico del poder arbitrario).
Todavía no aclara el cielo cuando, para nuestra ventura, acude Julián. El vigía que lo avista anuncia su llegada como si se tratase, en verdad, de la rendición definitiva de la ciudad sitiada. El comandante Centurión le ofrece al chico el trato correspondiente a un embajador (pero al embajador de una fuerza aliada, y no enemiga). Ávido de noticias, urge a Julián para que lo ponga al tanto de lo que ha ido sucediendo durante las últimas horas en el interior de la ciudad.
El chico empieza por aclarar que el general Montana, cuya agonía es ya desesperante, se mantiene, empero, con vida. La teoría del envenenamiento, impulsada por el médico, va ganando adeptos en la ciudad, pero quienes coinciden en esa hipótesis no por ello coinciden en cuáles son los pasos que ahora habría que seguir. En este sentido, Santa Bárbara se encuentra dividida en bandos que se enfrentan entre si. El médico, mientras tanto, acaba de agregar al estado de cosas un nuevo factor de perturbación. Según él, el general Montana, algunos días atrás, en uno de los febriles delirios nocturnos que preanuncian la muerte, había acusado a su mujer, esa muchacha joven y hermosa que desde hacía ya un tiempo vivía con él, de ser una traidora. Un hombre lúcido, en pleno uso de sus facultades, habría podido explicar mejor el sentido de esta traición; el general Montana, en la turbación gimiente de la agonía final, apenas si pudo murmurar su denuncia.
No me corresponde a mí, como así tampoco a ningún otro subalterno, hacer consideración alguna sobre el modo de proceder del comandante Centurión. Cualquiera puede, sin embargo, advertir que está fuera de sí. Desbordado por la impaciencia, le pregunta a Julián por la situación en la que se encuentra esa mujer, la que se dice que ha envenenado al general Montana: si ha podido ella defenderse de la acusación de ser una traidora, si su vida corre peligro. El chico dice que no se sabe, que es poco lo que se sabe. La situación va a resolverse de un momento a otro, pero aún no puede vislumbrarse de qué forma. Se dicen diferentes cosas. Algunos creen que es cierto que la mujer es quien ha intentado, y ha logrado, envenenar al general Montana, y que, de ser por ella, la ciudad de Santa Bárbara caería de inmediato en manos de sus enemigos. Hay otros que, sin defender abiertamente a la mujer, se permiten dudar de la veracidad de las palabras del médico. Descreen de la teoría del envenenamiento y descreen de la supuesta acusación lanzada por el general agonizante, acusación que, por otra parte, sólo el médico presenció y registró. Existe aun otra variante, por la que algunos se inclinan: el médico no miente cuando asegura haber oído lo que dice que oyó, el general Montana, en efecto, ha señalado a su mujer como traidora; pero incluso en ese caso queda por resolver hasta qué punto se puede juzgar como veraz el discurso balbuceante de un moribundo que delira. Para indicar que algo es falso, para decir que es irreal, se emplea la palabra delirio; lo que dijo, si es que lo dijo, el general Montana, es literalmente un delirio, de manera que no resulta fácil establecer si hay que darlo por cierto o si, por el contrario, hay que olvidarlo como mera fabulación.
El comandante Centurión agradece el relato de Julián como si Julián le hubiese entregado el propio tesoro de la ciudad sitiada, y no sólo el reporte de las últimas novedades que allí se han producido, Vuelve a ofrecerle la concesión del grado de sargento para cuando, en breve, Santa Bárbara sucumba al sitio; pero tras la promesa vuelve asimismo a rogarle, a implorarle que regrese esa misma tarde a continuar con su narración. El chico no dice ni que sí ni que no, pero hace un gesto impreciso que puede entenderse como expresión de buena voluntad.
Tal vez fingió al hacer ese gesto, tal vez fue otro el gesto que hizo y el comandante, viendo lo que quería ver, lo interpretó equivocadamente. Tal vez el chico tuvo, y tiene, la mejor de las predisposiciones, pero no siempre basta con la buena voluntad. Lo cierto es que pasa todo el día, y el chico no regresa. Tampoco regresa al día siguiente. Nada se oye desde la ciudad de Santa Bárbara, nada sabemos. El comandante no consigue controlar su ansiedad, y las cosas empeoran porque pasa otro día, y luego otro, y luego otro, y el chico no acude a contarnos qué es lo que está pasando. ¿Lo habrán descubierto? ¿Habrá muerto el general Montana? ¿Habrán ajusticiado a su mujer?
Circulan en nuestras filas las más diversas conjeturas, pero ninguna de ellas, ni las verosímiles ni las inverosímiles, logran aplacar la feroz curiosidad del comandante Centurión. Podemos hacer toda clase de suposiciones, pero lo concreto es que no sabemos nada. La tensión de la espera se vuelve insostenible: ya nadie aguanta, y el comandante menos que nadie, estar aquí apostados, ignorándolo todo.
Pasan aún otros dos días sin noticias de Julián. Algunos empezamos a pensar que tal vez ya no regrese. Una tarde, un vigía obnubilado por la espera, enloquecido, cree verlo aparecer sujetando esa bandera blanca que, a decir verdad, hace tiempo que ya no usaba; pega el grito y señala un lugar en el que en realidad no hay nadie.
Llega una noche de tormenta de viento. Es un silbido permanente, una molestia constante de cosas empujadas hacia otro sitio. El comandante Centurión ya parece una sombra de lo que fue. A mitad de la noche, vuelve a distinguirme con su confianza y me llama para comunicarme que ha tomado una decisión. Lo escucho, mi comandante, le digo yo. El comandante me dice que mañana, al amanecer, vamos a atacar la ciudad amurallada de Santa Bárbara. Yo me valgo de la excusa del ruido perturbador que provoca el viento, y le digo al comandante que posiblemente no he podido oírlo bien. El comandante repite su misma frase: que mañana, al amanecer, vamos a atacar la ciudad amurallada de Santa Bárbara, y agrega que la medida ya está resuelta y es irrevocable.
Soy, en el mejor de los casos, y con mucha honra, el confidente predilecto del comandante Centurión, pero nunca su consejero. No soy quién para dar recomendaciones al comandante, ni el comandante las necesita tampoco. Sin embargo, dadas las circunstancias, me permito, con toda humildad, recordarle al comandante Centurión que en un intento de invasión de la ciudad perderíamos todas las ventajas estratégicas con las que ahora contamos, y estaríamos poniendo en peligro una victoria que, a través del sitio, tenemos asegurada.
No le pedí su opinión, Vidal -me dice el comandante. Yo me disculpo y le aclaro que no me propongo ser impertinente, pero que quisiera sugerirle que tome en consideración otro factor de peso: la agonía del general Montana ya no puede prolongarse más. Se morirá, sin dudas, alguno de estos días. No tenemos que esperar ya casi nada.
-Vidal: callese la boca.
Con el mayor de los respetos, mi comandante, le digo al comandante, y el comandante sabe que tengo hacia él el mayor de los respetos, quiero pedirle que tome en cuenta que la ciudad de Santa Bárbara está soportando ya un sitio de un mes, un mes entero, y que por más que el general Montana agonizara indefinidamente sin llegar por fin a morirse, lo mismo la ciudad ya no podría resistir por más tiempo. Aunque se coman todos los perros, aunque se coman todos los caballos, aunque empiecen a comerse entre sí, los unos a los otros, aunque llueva de vuelta y logren acumular más reservas de agua, lo mismo ya no podrían sostenerse: deben estar a punto de rendirse y no tenemos necesidad de arriesgar a la tropa.
-Le dije que se calle la boca, Vidal.
Me permito humildemente insistir en que, por lo que sabemos, los propios sitiados están a punto de matarse entre sí en una especie de guerra civil, y que nosotros bien podemos dejarlos que se maten sin tener que mover un dedo. Le recuerdo, aunque sé que las conoce, las desventajas del terreno: el ataque en una pendiente, el río que quedaría a nuestras espaldas, las murallas de la ciudad, que están intactas. El comandante todo lo desestima, terco, tajante, definitivo. Ni siquiera podemos estar seguros, le digo, de que el chico nos haya estado contando la verdad.
Sin alzar la voz, con más calma que la que ha mostrado a lo largo de todos estos últimos días, el comandante Centurión me informa que ha decidido aplicarme una sanción de tres días de arresto. Me dice que la causa es haber desobedecido una orden: la de callarme la boca. Me dice también que la aplicación del castigo queda en suspenso, hasta después de que hayamos tomado la ciudad amurallada de Santa Bárbara. Pero eso, dice, de todas formas, va a ocurrir mañana, mañana al amanecer. A propósito, Vidal, me dice, quiero estar a tono con la entrada triunfal en la ciudad. Le ordeno que me prepare el uniforme de gala.
La noche se me hace corta, ocupado en esa tarea: eliminar hasta la menor arruga de la chaqueta azul del comandante, lustrar sus botones dorados hasta dejarlos tan brillantes como un amanecer.