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martes, 14 de abril de 2015

Cautivo y desarmado


Antonio Muñoz Molina 29/08/1992

Pepín Godino y sus secuaces Bocarrape y Bimbollo informan a Lorencito de su
maquiavélico plan. Piensan cargarle con la muerte de Matías Antequera, obligándole a
firmar una confesión en la que reconoce haberse conchabado con el tonadillero para
robar la imagen. Después, los tres facinerosos fingirán el suicidio del infortunado
reportero arrojándole desde lo alto del Viaducto.
El folletín de Un esparadrapo le sellaba la boca; un cíngulo de hábito le
mantenía las manos atadas a la espalda y le martirizaba las muñecas; un
capuchón de penitente le cubría la cabeza, dificultándole la respiración por la
nariz; otra cuerda más áspera le ataba los tobillos; y todo él era como un rudo
embalaje tirado en la parte trasera de una ruinosa furgoneta que vibraba con un
estrépito ensordecedor de chapas y junturas y con una pestilencia de gasolina
que lo mareaba más aún, pero al menos borraba un luctuoso aroma de colonia
de nardos. La cabeza encapuchada de Lorencito rebotaba contra una superficie
de metal estriado, y a cada acelerón, frenazo o curva violenta, todo su cuerpo
rodaba chocando no sólo contra las paredes, sino con otro fardo que componía
junto a él mismo lo que Bocarrape había llamado irrespetuosamente "el porte",
y en cuyo interior estaba, tan empaquetado como Lorencito Quesada, el cadáver
insepulto de Matías Antequera.Había firmado el papel que le presentó Pepín
Godino como firmaría un condenado a muerte la notificación de su sentencia,
despidiéndose de la vida por tercera o cuarta vez en menos de 24 horas, y
notando que en la preparación para morir, como en tantas otras cosas, se va
mejorando con la práctica. Sintió en la nuca un dolor muy agudo, que tomó por
un balazo mortal, y un reblandecimiento de sus miembros que tiraba hacia
abajo de él como si el suelo lo chupara, pero cuál no sería mi sorpresa, dijo
luego, al despertarse no en la ultratumba, ni convertido en ánima del purgatorio
o cuerpo astral, sino en el mismo sótano donde lo abatieron y tan de carne y
hueso como entonces, no sabía cuándo, con un dolor espantoso en la nuca, con
un moflete tumefacto y helado sobre el suelo de cemento y oyendo muy cerca las
voces terrenales de Bocarrape y el Bimbollo, que conversaban con su
característico gracejo andaluz.
-Yo, pa mí que éste lo has dejao interfecto.
-Mira tú, pues una cosa que ya tenemos hecha.
-¿Y el rigor muerti ése, como dice Jota Jota? Si está tieso cuando lo tiremos esta
noche del Viaducto se lo conocen en la autopsia y no cuela lo del suicidio.
-Pues yo le oigo el vagio.
-Átalo tú, que a mí me da escrúpulo.
Lorencito no se movía y procuraba respirar en sfiencio: que lo supusieran
desmayado le concedía, tal vez, una modesta ventaja, pero mientras le ataban
las manos y los pies y lo amordazaban, haciendo chistes macabros sobre su
próximo suicidio y hablando de sus cosas con un desahogo de transportistas
chapuceros, le era muy dificil contener la tentación y el instinto de la resistencia.
El Bimbollo tiraba rudamente de él por la escalera metálica, y Bocarrape lo
sostenía por los pies maniatados, como en ese trono del descendimiento que es
de los más reputados de nuestra Semana Santa y que en la imaginación fúnebre
de Lorencito se confundía ahora con el del santo entierro. Jadeando y
maldiciendo lo arrastraron hacia lo que debía de ser un almacén o un garaje,
donde lo dejaron caer como a un saco de barro. Si no es porque el esparadrapo
le sefiaba la boca, Lorencito habría proferido un grito de dolor.
-¿Y el santo? -dijo Bocarrape-. ¿Habrán ido ya a entregarlo?
-Yo, pa mí que lo guardan en el Rastro hasta que el tío gordo suelte la manteca.
-Como que está el mundo pa fiarse de naide.
-Y que lo digas, Bocarrape. Y Bimbollo rompió a cantar por fandangos: "Cada
uno va a lo suyo, / ya no existe humanidad. / Nos tratamos con orgullo / sin
pensar en la amistad".
-Pues el parque móvil a ver si lo renuevan -dijo Bocarrape: las puertas de la
furgoneta sonaban a latones viejos, y un poco después Lorencito tuvo ocasión de
comprobar, a costa de sus quebrantados huesos, que el estado de la suspensión
y de los frenos era tan achacoso como el de la carrocería. Todo temblaba y crujía
en torno suyo. Rodaba de un lado a otro como un fardo mal estibado en la
bodega de un buque al que sacude una tormenta. (Esta comparación marítima
se le ocurrió algún tiempo después, y le gustó tanto que la anotó en seguida en
su cuaderno, al objeto de usarla, Dios mediante, en la narración de su aventura).
Tuvo algo de alivio cuando la furgoneta abandonó las calles desiguales y
estrechas del casco viejo de Madrid, y aumentó poco a poco la velocidad por lo
que parecía una avenida muy larga, bien asfaltada, rugiente de motores y
cláxones. Oía el petardeo del tubo de escape y se ahogaba oliendo gasolina mal
quemada bajo el capuchón de penitente. Pateaba en el aire con los pies atados,
caía boca abajo, lograba ponerse de rodillas y un frenazo o un acelerón lo
aplastaban de nuevo contra la chapa vibrante, cuando no contra el cuerpo rígido
de Matías Antequera.
Apocado como es, y extremadamente torpe para las dificultades manuales, ya ni
siquiera intentaba desprenderse de sus ligaduras, suponiéndolas tan imposibles
de deshacer como el famoso nudo gordiano de la mitología. De modo que fue
obra de la casualidad, o de la providencia, y no mérito ni destreza suya (él,
paladinamente, así lo reconoce) que en uno de aquellos virulentos vaivenes, que
lo dejó en posición de decúbito prono, se le soltara casi del todo la mano
derecha, circunstancia salvadora en la que, sin embargo, tardó en reparar, ya
que tenía el cuerpo entero abotargado y tundido y las manos tan insensibles
como el corcho. Los dedos apenas le respondían, pero no le costó mucho
librarse del cíngulo porque se escurría fácilmente sobre la piel blanda y sudada.
Respiró codiciosamente al quitarse la capucha, estuvo a punto de desmayarse
otra vez cuando se arrancó de un tirón el esparadrapo, pero lo más laborioso de
todo fue desatarse los pies, dado que no contaba con el auxilio de las ufias, pues
tiene, y tambien lo reconoce, la fea costumbre de mordérselas, y sus chatos
dedos, de almohadilladas falanges, carecen de la habilidad y de la fuerza
precisas para desatar cualquier nudo que no sea el de los pequeños paquetes de
tocino de cielo que compra puntualmente cada domingo, a la salida de misa, en
la acreditada pastelería Don Lope.
Logró soltarse, sin embargo, maravillándose de las facultades que el riesgo de
perder la vida despierta en un hombre. Y estaba empezando a pensar que
incluso con las manos libres su situación no era menos desesperada, cuando la
furgoneta dio un brutal acelerón, seguido por un escándalo de cláxones, y antes
de que se diera cuenta fue despedido contra las portezuelas posteriores por las
inapelables leyes de la inercia, y su cuerpo nada liviano, actuando como un
ariete, golpeó y rompió con la fuerza de un bólido las ya maltratadas cerraduras.
Durante menos de un segundo Lorencito Quesada sintió que volaba como
empujado por un vendaval; después rodó sobre una áspera gravilla que le
desollaba la cara y las palmas de las manos, mientras pasaban vertiginosamente
a su lado relámpagos de metal, silbidos de viento y bocinazos y motores de
coches.
Había caído en el arcén de una autopista, y tan sólo por unos centímetros se
había librado de que lo arrollaran las ruedas tremendas de un camión. Cuando
abrió los ojos, a gatas sobre la gravilla que le laceraba las palmas de las manos,
ya no pudo ver la furgoneta de sus raptores. Al pasar junto a él a una velocidad
de catástrofe, los camioneros soltaban pitidos tan poderosos como sirenas de
barcos que le retumbaban en el estómago, y el viento que los seguía casi lo
tiraba de espaldas hacia la cuneta. Apenas podía sostenerse en pie, y tenía el
cuerpo entero tan magullado que el menor movimiento, hasta el de la
respiración, le costaba suspiros quejumbrosos. Un náufrago que vuelve en sí en
una playa desierta y batida por las olas no habría estado más perdido que él: se
vio en medio de un paraje de vertederos y desmontes que parecía prolongarse
indefinidamente a ambos lados de la autopista, sin una casa ni un árbol, un
páramo estéril y como aplastado bajo la extensión luminosa del cielo. Junto a él
había un puente inmenso de hormigón sobre el que discurría otra autopista, y
de cuya baranda colgaba un letrero azul con indicaciones y flechas que a
Lorencito le resultaron incomprensibles: M 40 Sur.
En Madrid lo desconsolaba sentirse tan lejos de Mágina: en aquel arcén, junto a
los pilares del puente y la marea del tráfico, rodeado por terraplenes y zanjas de
tierra ocre en los que aún se veían las huellas colosales de las excavadoras, se
sintió no ya lejos de su añorada Mágina, sino a una distancia insalvable de
cualquier otro lugar habitado del mundo. Sin la menor idea de hacia dónde iba
echó a andar, apartándose de la autopista, por una ladera de tierra suelta y
polvorienta en la que se le hundían los pies. En su cima pelada había un gran
cartel publicitario con una sola frase: "Bienvenidos a Madrid, capital europea de
la cultura". El viento silbaba entre las armazones metálicas que lo sostenían,
como en los pueblos fantasmas que aparecen con tanta frecuencia en las
películas hispanoitalianas del Oeste. Desde lo alto del cerro vio muy lejos el
perfil azulado de los edificios de Madrid, borroso por las columnas de humo
pestilente que venían de un muladar tan vasto como una cordillera. Demasiado
tarde advirtió Lorencito que aquél no era un desierto inhabitado: a sus pies se
extendía una miserable población de chabolas, y sin que él se hubiera dado
cuenta, unas figuras tan lentas y pálidas como muertos en vida lo estaban
rodeando.