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martes, 5 de mayo de 2015

Los proscritos de Poker Flat









Cuando el señor John Oakhurst, jugador, pisó la calle principal de Poker Flat la mañana del 23 de noviembre de 1850, notó un cambio en la atmósfera moral del lugar desde la noche anterior. Dos o tres hombres que conversaban seriamente se interrumpieron cuando él se acercó e intercambiaron miradas significativas. Flotaba una calma sabática en el ambiente que, en un establecimiento nada acostumbrado a las influencias sabáticas, parecía un mal presagio.

El rostro bello y sereno del señor Oakhurst no dio muestras de preocuparse por tales indicios. Que fuera consciente de alguna señal premonitoria ya era otra cuestión. «Parece que van tras alguien», reflexionó; «probablemente tras de mí.» Devolvió al bolsillo el pañuelo con el que había estado limpiándose el polvo rojo de Poker Flat de las botas y tranquilamente vació su mente de cualquier otra conjetura.

En efecto, Poker Flat iba «tras alguien». Últimamente Poker Flat había perdido varios miles de dólares, dos caballos valiosos y un ciudadano prominente.

La ciudad estaba experimentando un espasmo de reacción virtuosa, tan anárquico e incontrolable como cualquiera de las acciones que lo habían provocado. Un comité secreto había decidido limpiar el lugar de indeseables. Así se hizo a efectos permanentes por lo que se refiere a dos hombres que colgaban de las ramas de un sicomoro en el barranco y de forma temporal con el destierro de otros personajes desagradables. Lamento decir que algunos de tales personajes eran damas. No obstante, hay que señalar en homenaje a su sexo, que la falta de decoro de las damas era profesional y sólo de acuerdo con tales comportamientos incorrectos fácilmente demostrables, Poker Flat se atrevió a juzgarlas.

El señor Oakhurst estaba en lo cierto al suponer que se le incluía en esta categoría. Algunos miembros del comité habían defendido que se le colgara a modo de posible ejemplo y método seguro para reembolsarse las sumas que les había ganado. «Va en contra de la justicia», dijo Jim Wheeler, «permitir que este joven de Roaring Camp, un completo extraño, se vaya con nuestro dinero.» Pero un rudimentario sentimiento de equidad albergado en los pechos de quienes habían tenido la suerte de ganar al señor Oakhurst rechazó este prejuicio local más intolerante.

El señor Oakhurst recibió la sentencia con serenidad filosófica, no menos imperturbable porque conociera las dudas de sus jueces. Tenía demasiado de jugador como para no aceptar el destino. Con él, la vida era en el mejor de los casos un juego incierto, y supo reconocer el porcentaje habitual a favor de la banca.

Un grupo de hombres armados acompañaron a la perversidad deportada de Poker Flat hasta las afueras de la población. Además del señor Oakhurst, de quien se sabía que era un hombre desesperado y frío y a quien pretendía intimidarse con la escolta armada, la partida de expatriados se componía de una joven familiarmente conocida como «la Duquesa», otra que se había ganado el título de «Madre Shipton» y «Tío Billy», presunto ladrón de minas y borracho confirmado. La cabalgata no provocó comentarios de los espectadores, ni tampoco la escolta se pronunció. Sólo cuando llegaron al barranco que señalaba el límite exterior de Poker Flat, el cabecilla de la comitiva habló de forma breve y concisa. Los exiliados tenían prohibido regresar bajo pena de muerte.

Mientras la escolta desaparecía, los proscritos desahogaron los sentimientos reprimidos en forma de lágrimas histéricas la Duquesa, de alguna palabra malsonante Madre Shipton y de una descarga parta de improperios Tío Billy. Únicamente el filosófico Oakhurst permaneció en silencio. El señor Oakhurst escuchó tranquilamente el deseo de Madre Shipton de arrancarle el corazón a alguien, las repetidas afirmaciones de la Duquesa de que moriría en el camino y las alarmantes maldiciones que parecían emanar de Tío Billy mientras avanzaba. Con el afable buen humor característico de su clase, Oakhurst insistió en cambiar su caballo, «Cinco pavos», por la triste mula que montaba la Duquesa. Pero ni siquiera este acto sirvió para unir más al grupo. La joven se arregló las plumas algo desastradas con coquetería cansada y desvaída, Madre Shipton miró al dueño de «Cinco pavos» con malicia y Tío Billy se refirió a todo el grupo con un anatema global.

El camino a Sandy Bar —asentamiento que al no haber experimentado todavía las influencias regeneradoras de Poker Flat parecía invitar a los emigrantes a que lo visitaran— discurría por una cordillera de pendiente pronunciada. El enclave se encontraba a un día de duro viaje. En aquella época avanzada de la estación, el grupo pronto pasó de las regiones húmedas y templadas a los pies de las estribaciones montañosas al aire frío, seco y vigorizante de las sierras. El sendero era estrecho y difícil. A mediodía, la Duquesa desmontó y anunció su intención de no seguir adelante; la partida se detuvo.

Se encontraban en un enclave particularmente impresionante y agreste. Un anfiteatro arbolado, rodeado por tres lados de precipicios escarpados, de granito desnudo, en suave pendiente hacia la cima de otro precipicio con vistas al valle. Indudablemente era el lugar más adecuado para acampar, en caso de que hubiera sido aconsejable acampar. Pero el señor Oakhurst sabía que apenas habían cubierto la mitad del camino hacia Sandy Bar y no tenían ni equipo ni provisiones para permitirse un retraso. Señaló esta situación a sus compañeros de forma cortante, con un comentario filosófico acerca de la locura de «enseñar la mano antes de acabada la partida». Pero tenían bebida, que en semejante emergencia les haría las veces de alimento, combustible, descanso y presciencia. De modo que pese a las protestas del señor Oakhurst, no tardaron demasiado en acabar más o menos bajo los influjos del alcohol. Tío Billy pasó rápidamente del estado belicoso al estupor, la Duquesa se puso sensiblera y Madre Shipton se echó a roncar. Solamente el señor Oakhurst permaneció de pie, apoyado contra una roca, contemplándolos tranquilamente.

El señor Oakhurst no bebía. La bebida interfería con una profesión que exigía frialdad, impasibilidad y aplomo y, en sus propias palabras, «no podía permitírselo». Mientras observaba a sus compañeros de exilio recostados, por primera vez le pesaron la soledad derivada de su vida de paria, sus hábitos y sus numerosos vicios. Se dedicó entonces a sacudir el polvo de sus ropas negras, lavarse la cara y las manos y otra serie de actividades características de su estudiada pulcritud y, por un momento, se olvidó de toda preocupación. Quizá nunca se le pasara por la cabeza la idea de abandonar a sus compañeros, más débiles y dignos de lástima que él. Sin embargo, no podía evitar desear esa excitación que, de forma harto singular, favorecía la ecuanimidad serena por la que se le conocía. Miró las lúgubres paredes que se erigían en vertical trescientos metros por encima del círculo de pinos que le rodeaba, el cielo encapotado de mal agüero y el valle a sus pies, hundiéndose ya entre las sombras, y de repente oyó que le llamaban por su nombre.

Un jinete subía lentamente por el sendero. En el rostro franco y lozano del recién llegado el señor Oakhurst reconoció a Tom Simson, también conocido como «el Inocente», de Sandy Bar. Se habían conocido unos meses antes durante una «partidita» en la que, con perfecta ecuanimidad, el señor Oakhurst le había ganado toda su fortuna —unos cuarenta dólares— a aquel joven cándido. Acabada la partida, el señor Oakhurst condujo al joven especulador detrás de la puerta y se dirigió a él de este modo: «Tommy, eres un buen muchacho, pero como jugador no vales un centavo. No vuelvas a intentarlo». A continuación le devolvió su dinero, le empujó amablemente fuera de la sala y de este modo convirtió a Tom Simson en esclavo devoto de su persona.

El recuerdo de este episodio quedó patente en el saludo juvenil y entusiasta del muchacho. Había puesto rumbo a Poker Flat, explicó el chico, en busca de fortuna. «¿Solo?» No, no exactamente solo; de hecho (risita), había escapado con Piney Woods. ¿Se acordaba el señor Oakhurst de Piney? ¿La que solía servir las mesas del hotel Temperance? Ya llevaban tiempo prometidos, pero el viejo Jake Woods había puesto objeciones y habían tenido que fugarse; se dirigían a Poker Flat a casarse. Y estaban agotados y qué suerte que hubieran encontrado un lugar para acampar y compañía. Todo esto lo explicó rápidamente el Inocente mientras Piney, una linda y robusta damisela de quince años, emergía de detrás del pino donde había estado ruborizándose a escondidas y cabalgaba hasta situarse junto a su amado.

El señor Oakhurst rara vez se molestaba en ocuparse de los sentimientos, menos aún del decoro; pero tenía una vaga idea de que aquélla no era una situación afortunada. No obstante, mantuvo el aplomo necesario para propinarle un puntapié a Tío Billy, que se disponía a decir algo, y Tío Billy estaba lo bastante sobrio para reconocer en la patada del jugador a un superior que no toleraría tonterías. Luego el señor Oakhurst intentó disuadir a Tom Simson de demorarse aún más, pero fue en vano. Incluso señaló el hecho de que no tenían provisiones ni los medios necesarios para levantar un campamento. Desafortunadamente, el Inocente rebatió la objeción del jugador asegurándole al grupo que él disponía de una mula extra cargada con provisiones y que había descubierto un burdo intento de cabaña de troncos cerca del sendero.

—Piney puede quedarse con la señora Oakhurst —dijo el Inocente, señalando a la Duquesa—, y yo ya me las arreglaré solo.

Solamente el pie admonitorio del señor Oakhurst impidió que Tío Billy estallara en una estruendosa carcajada. Así las cosas, Tío Billy no tuvo más remedio que retirarse a lo alto del cañón hasta recuperar la compostura. Allí confió la broma a los altos pinos, con múltiples palmadas en la pierna, muecas varias y las irreverencias de costumbre. Pero cuando se reunió con el grupo, los encontró sentados junto a una hoguera —el aire se había vuelto extrañamente gélido y el cielo estaba nublado— conversando amistosamente. Piney charlaba al modo impulsivo de las muchachas con la Duquesa, que la escuchaba con un interés y una animación que no había demostrado en muchos días. El Inocente pontificaba, aparentemente con idéntico efecto, ante el señor Oakhurst y Madre Shipton, que estaba relajándose hasta el punto de resultar amigable.

—¿Esto qué es? ¿Un maldito picnic? —preguntó Tío Billy, con desprecio, mientras paseaba la vista por el grupo campestre, la luz oblicua de la fogata y los animales amarrados al fondo. De pronto, una idea vino a mezclarse con los efluvios alcohólicos que perturbaban su mente. Debía de tener naturaleza jocosa, puesto que Tío Billy sintió el impulso de darse otra palmada en la pierna y apretarse el puño contra la boca.

Mientras las sombras reptaban lentamente por la montaña, una brisa suave mecía las copas de los pinos y gemía entre sus largos y sombríos pasillos. La cabaña en ruinas, remedada y cubierta con ramas de pino, se reservó para las damas. Los enamorados se separaron con un simple beso, tan honesto y sincero que podría haberse escuchado por encima del lamento de los árboles. Probablemente la frágil Duquesa y la maliciosa Madre Shipton quedaron demasiado estupefactas para comentar esta nueva muestra de sencillez y se dirigieron a la choza sin decir palabra. Volvieron a alimentar el fuego, los hombres se tumbaron frente a la puerta y, a los pocos minutos, todos se durmieron.

Oakhurst tenía el sueño ligero. Hacia el amanecer se despertó entumecido y frío. Mientras avivaba la hoguera agonizante, el viento, que ahora soplaba con fuerza, lanzó contra su mejilla la causa de que la sangre la hubiera abandonado: ¡nieve!

El señor Oakhurst se levantó con la intención de despertar a los durmientes, no tenían tiempo que perder. Pero al volverse hacia donde se había acostado Tío Billy, no encontró a nadie. Una sospecha le vino a la cabeza y una maldición a los labios. Corrió hacia el lugar donde habían atado a las mulas: ya no estaban. Las huellas estaban desapareciendo rápidamente bajo la nieve.

La excitación del momento condujo al señor Oakhurst de vuelta junto a la fogata con su calma habitual. No despertó a los demás. El Inocente dormitaba apaciblemente, con una sonrisa en su rostro pecoso y jovial; la virginal Piney dormía junto a sus hermanas más débiles, tan dulcemente como si la custodiaran guardias celestiales, y el señor Oakhurst, echándose la manta sobre los hombros, se atusó los bigotes y se sentó a esperar el alba. La mañana llegó despacio entre remolinos de nieve que deslumbraban y confundían la visión. Lo que todavía podía verse del paisaje parecía cambiado como por arte de magia. Oakhurst miró hacia el valle y resumió el presente y el futuro en una palabra: ¡Atrapados!

Un detallado inventario de las provisiones, que afortunadamente habían almacenado en el interior de la cabaña y por tanto habían escapado a los dedos criminales de Tío Billy, reveló que con cuidado y prudencia podrían resistir diez días más.

—Es decir —dijo el señor Oakhurst sotto voce al Inocente—, si es que estáis dispuestos a acogernos. De lo contrario, y quizá sería mejor, podéis esperar a que vuelva Tío Billy con más provisiones. —Por alguna razón desconocida, el señor Oakhurst no se atrevió a revelar la canallada de Tío Billy y de ahí que presentara la hipótesis de que él mismo había espantado sin querer a los animales mientras vagaba por el campamento. Avisó a la Duquesa y a Madre Shipton, quienes, claro está, conocían la verdad sobre la deserción de su socio—. Si se enteran de algo, descubrirán la verdad sobre todos nosotros —añadió con intención el jugador— y no se gana nada asustándolos.

Tom Simson no sólo puso a disposición del señor Oakhurst todas sus provisiones materiales, sino que pareció disfrutar ante la perspectiva del aislamiento forzoso.

—Tenemos un buen campamento para una semana, luego se fundirá la nieve y regresaremos todos juntos.

La alegría del joven y la serenidad del señor Oakhurst contagiaron a los otros. El Inocente improvisó un techo para la cabaña con ramas de pino y la Duquesa supervisó a Piney en la reorganización del interior con un gusto y un tacto que dejaron a aquella damisela provinciana con sus ojos azules abiertos de asombro.

—Veo que está usted acostumbrada a los lujos de Poker Flat —dijo Piney.

La Duquesa se giró rápidamente hacia otro lado para ocultar el rubor que traslucían sus mejillas por debajo de los colores de la profesión y Madre Shipton le pidió a Piney que dejara de «charlotear». Pero cuando el señor Oakhurst regresó de una agotadora búsqueda del sendero, oyó el eco de risas felices en las rocas. Se detuvo algo alarmado y en un primer momento sus pensamientos volaron hacia el whisky que había caché prudentemente.

—Y sin embargo no suena a whisky —dijo el jugador. Hasta que divisó la hoguera ardiendo a través de la tormenta cegadora y al grupo reunido alrededor no se convenció de que aquello era «sana alegría».

No sabría decir si el señor Oakhurst había caché sus naipes con el whisky, como algo vedado al libre acceso de la comunidad. Pero lo cierto es que, en palabras de Madre Shipton, el señor Oakhurst «no mentó las cartas ni una vez» en toda la velada. Así que pasaron el rato acompañados por un acordeón que Tom Simson sacó, no sin cierta ostentación, de su bolsa. Pese a alguna que otra dificultad relativa a la manipulación del instrumento, Piney Woods consiguió arrancarle algunas melodías reacias a las teclas, con acompañamiento del Inocente a un par de castañuelas de hueso. Pero la celebración grande de la noche llegó con un burdo himno de campamento que los enamorados, cogidos de las manos, cantaron con gran fervor y vocerío. Me temo que cierto tono desafiante y el ritmo marcial del coro, más que cualquier cualidad piadosa, provocaron que los otros se contagiaran rápidamente y acabaran por sumarse al estribillo:


Estoy orgulloso de vivir al servicio del Señor,

y decidido a morir en su ejército.



Los pinos se agitaban, la tormenta se arremolinaba y giraba sobre el miserable grupo y las llamas de su altar saltaban hacia el cielo, como en cumplimiento de un voto.

A medianoche la tormenta amainó, las nubes rugientes se separaron y las estrellas brillaron vivamente sobre el campamento dormido. Al repartirse las guardias con Tom Simson, el señor Oakhurst, cuyos hábitos profesionales le habían capacitado para vivir con la mínima cantidad de sueño, se las arregló para que la mayor parte de la tarea recayera en él. Se excusó aduciendo que a menudo había pasado «una semana sin dormir».

—¿Haciendo qué? —le preguntó Tom.

—¡Jugando al póquer! —replicó Oakhurst sentenciosamente—. Cuando un hombre tiene una racha de buena suerte del todo inesperada, no se cansa. La suerte se rinde antes. La suerte —continuó el jugador pensativamente— es una cosa de lo más curiosa. Lo único que sabes seguro sobre ella es que cambiará. Lo que te sirve es saber cuándo va a cambiar. Hemos tenido una racha de mala suerte desde que salimos de Poker Flat y ahora vosotros también la tenéis. Si sabes guardarte las bazas buenas hasta el final, estás salvado. Porque —añadió el jugador, con jovial intrascendencia—:


Estoy orgulloso de vivir al servicio del Señor,

y decidido a morir en su ejército.



Llegó el tercer día y el sol, atisbando por entre el valle de cortinas blancas, vio dividir a los proscritos su reserva menguante de provisiones para la comida de la mañana. Una de las peculiaridades del clima de esa montaña era que los rayos solares difundían un agradable calorcillo por el paisaje invernal como si se compadecieran, lamentando el pasado. Pero también revelaron capas y capas de nieve apiladas hacia lo alto alrededor de la cabaña: un mar de blancura sin esperanza, senderos ni mapas conocidos que se extendía a los pies de las playas rocosas a las que seguían aferrándose los náufragos. A través del aire maravillosamente diáfano se veían elevarse a kilómetros de distancia los humos del bucólico pueblo de Poker Flat. Madre Shipton los vio y desde un remoto pináculo de su refugio rocoso lanzó en su dirección la maldición final. Fue su último ataque injurioso y quizá por ello tuviera algo de sublime. A ella le hizo bien, según informó en privado a la Duquesa. «Ve allí a despotricar y verás.» Luego se concentró en entretener a la «niña», como gustaban de llamar a Piney ella y la Duquesa. Piney no era ninguna cría, pero la pareja había optado por esa teoría reconfortante y original para explicar el hecho de que la muchacha no dijera palabrotas y guardara el decoro.

Cuando la noche trepó de nuevo por entre los desfiladeros, las notas aflautadas del acordeón subieron y bajaron a espasmos intermitentes y largos quejidos junto a la fogata parpadeante. Pero la música no logró llenar por completo el vacío doloroso dejado por el alimento insuficiente y Piney propuso una nueva diversión: contar cuentos. Como ni el señor Oakhurst ni sus compañeras parecían dispuestos a narrar sus experiencias personales, también este plan habría fallado de no ser por el Inocente. Unos meses antes había caído en sus manos un ejemplar perdido de la ingeniosa traducción de Pope de la Ilíada. Ahora propuso narrar los incidentes principales de dicho poema —puesto que dominaba plenamente el argumento y había olvidado por completo las palabras— en la lengua vernácula actual de Sandy Bar. Y así, los semidioses homéricos volvieron a caminar por la tierra durante el resto de la noche. El matón troyano y el astuto griego pelearon en los vientos y los grandes pinos del cañón parecieron inclinarse ante la ira del hijo de Peleo. El señor Oakhurst escuchaba con serena satisfacción. Interesado principalmente en el destino de «Ardides», como insistía en denominar el Inocente a «Aquiles, el de los pies ligeros».

Así, con poca comida y mucho Homero y acordeón, los proscritos pasaron una semana. El sol volvió a abandonarlos y de nuevo desde los cielos plomizos los copos de nieve espolvorearon la tierra. Día a día el círculo de nieve se estrechaba a su alrededor, hasta que al final veían desde su prisión unos muros de blancura deslumbrante que se elevaban seis metros por encima de sus cabezas. Cada vez resultaba más difícil alimentar la hoguera, aun con los árboles derribados junto a ellos que ahora estaban medio cubiertos por los montones de nieve. Sin embargo nadie se quejó. Los enamorados dieron la espalda al deprimente panorama y se miraron a los ojos, felices. El señor Oakhurst se acomodó fríamente ante la partida perdida. La Duquesa, más contenta que nunca, asumió los cuidados de Piney. Sólo Madre Shipton —en el pasado la más fuerte de todos— pareció enfermar y apagarse. A medianoche del décimo día llamó a Oakhurst a su lado.

—Me muero —le dijo en una voz quejumbrosa y débil—, pero no diga nada. No despierte a los chicos. Coja el fardo que tengo debajo de la cabeza y ábralo.

El señor Oakhurst así lo hizo. El fardo contenía las raciones de Madre Shipton de toda la semana, intactas.

—Déselo a la niña —dijo ella señalando a Piney, que dormía.

—Se ha dejado usted morir de hambre —dijo el jugador.

—Eso parece —contestó penosamente la mujer mientras agonizaba y, volviéndose de cara a la pared, murió en silencio.

Ese día se dejaron de lado el acordeón y los huesos y olvidaron a Homero. Una vez confiado a la nieve el cuerpo de Madre Shipton, el señor Oakhurst llevó aparte al Inocente y le mostró un par de zapatos para la nieve que había confeccionado con la vieja albarda.

—Todavía hay una oportunidad entre cien de salvarla —dijo el jugador, señalando a Piney—, pero está allí fuera —añadió, apuntando hacia Poker Flat—. Si logras llegar en dos días, la habrás salvado.

—¿Y usted? —preguntó Tom Simson.

—Me quedaré aquí —repuso secamente.

Los enamorados se despidieron con un largo abrazo.

—¿Usted no se va? —preguntó la Duquesa cuando vio al señor Oakhurst esperando para acompañar al chico.

—Sólo hasta el cañón —replicó. Se volvió de repente y besó a la Duquesa, consiguiendo que se le ruborizara el pálido rostro y que los miembros se le pusieran rígidos de la sorpresa.

Llegó la noche, pero no el señor Oakhurst. La noche trajo de nuevo la tormenta y los torbellinos de nieve. Entonces la Duquesa, al avivar el fuego, descubrió que alguien había apilado en secreto leña para varios días más junto a la cabaña. Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero se las ocultó a Piney.

Las mujeres durmieron un poco. Por la mañana, al mirarse a la cara, leyeron el destino que les esperaba. Ninguna dijo nada, pero Piney, aceptando la posición de la más fuerte, se acercó a la otra y abrazó a la Duquesa por la cintura. Así se quedaron el resto del día. Esa noche la tormenta alcanzó su máxima furia y, partiendo por la mitad los pinos protectores, invadió la mismísima cabaña.

Hacia el amanecer descubrieron que no podían alimentar el luego y la hoguera fue extinguiéndose poco a poco. Mientras el rescoldo ennegrecía lentamente, la Duquesa se apretó contra Piney y rompió el silencio de muchas horas.

—Piney, ¿sabes rezar?

—No, querida —dijo Piney, simplemente.

La Duquesa, sin saber exactamente por qué, se sintió aliviada y apoyó la cabeza en el hombro de Piney sin añadir nada más. Y así reclinadas, la más joven y pura sosteniendo la cabeza de la hermana mancillada sobre su pecho virginal, ambas se durmieron.

El viento amainó como si temiera despertarlas. Ligeras ventiscas de nieve, sacudida de las largas ramas de los pinos, volaron como pájaros de alas blancas y se fueron posando sobre las mujeres dormidas. La luna contempló entre las nubes agrietadas lo que había sido el campamento. Pero todo rastro humano, toda huella de tribulaciones terrenales, quedaba oculto por el manto inmaculado que caía misericordiosamente desde lo alto.

Durmieron todo ese día y el siguiente, ninguna se despertó cuando las voces y los pasos rompieron el silencio del campamento. Y cuando dedos compasivos barrieron la nieve de sus rostros lívidos, difícilmente podría adivinarse, por la paz idéntica que en ambos reinaba, cuál era la que había pecado. Incluso la ley de Poker Flat lo reconoció y se alejó, dejándolas allí abrazadas.

Pero a la entrada del barranco, en uno de los pinos más grandes, encontraron el dos de tréboles clavado a la corteza con un cuchillo de caza. Tenía la siguiente inscripción, escrita a lápiz y con pulso firme:


BAJO ESTE ÁRBOL

YACE EL CUERPO DE

JOHN OAKHURST

QUE DIO CON UNA RACHA DE MALA SUERTE

EL 23 DE NOVIEMBRE DE 1850

Y

ENTREGÓ SUS FICHAS

EL 7 DE DICIEMBRE DE 1850





Y helado y sin pulso, con un revólver Derringer al lado y una bala en el corazón, aunque tan sereno como en vida, yacía bajo la nieve aquel que una vez fuera el más fuerte y no obstante el más débil de los proscritos de Poker Flat.

Traducción de Cruz Rodríguez