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Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 30 de junio de 2015

UN AMOR TRÁGICO


 
En tiempo de paz profunda
cuando los días se alargan
y se oyen cantos y arpegios de flauta
por las aldeas borrachas
dicen que se acerca la Carroza Félix
con el emperador
y todos vuelven el rostro
ante el esplendor de su llegada.
Durante el reinado Hui-Tsung, de la dinastía Sung, cerca de la capital del este., a la orilla del Lago de la Limpidez del Oro acababa de abrirse un nuevo pabellón para catadores de vino llamado El Seto Vivo. Fan, el posadero, y su hermano Ehr-lang eran los dueños. Ninguno de los dos estaba casado, el negocio prosperó.
Era la semana en que la primavera se funde en el verano y en que los hombres salen en grupos al campo para gozar del frescor y la belleza de la naturaleza.
Estaba un día Ehr-lang paseando por la orilla del lago, go­zando de la suave brisa, cuando, frente a la casa de té, vio a una muchacha arrebatadora de unos dieciocho años en cuyo rostro, tan arrobador como la Estrella de la Noche, florecían todos los capullos de la estación. Se detuvo clavado en el suelo por la admiración y sacudido ya por el amor. No pudo apartar la mirada del rosado resplandor de aquel rostro, capullo de melocotón sobre un fondo de jade inmaculado, ni de aquel cuerpo esbelto, ni de los raros lotos de oro de aquellos delicados piececillos. Un hibisco en flor de un bello escarlata enmarcaba este fénix, teniendo por fondo el paisaje conmovedor del gran lago.
Mas, ¡ay!, que nuestras emociones no dependen de nuestra voluntad. La joven sintió que la contemplaban y levantó la mirada; inmediatamente su alma se sintió turbada, y su corazón de niña se alegró secretamente. Pensó:
"Si pudiera casarme con este guapo joven, conocería muchos momentos de dicha. Pero, si bien ahora está aquí, ¿dónde estará mañana?, ¿cómo puedo decirle dónde encontrarme otra vez?"
Justo en aquel momento, acertó a pasar un vendedor de refrescos con sus pequeños jarros colgando del hombro. Ella lo llamó:
—¿Tienes un poco de agua de miel?
El vendedor puso un vaso de bronce en el suelo para servirla; pero ella, con fingida torpeza, hizo caer el vaso y dijo:
—No importa. Ven a mi casa y te pagaré igual. Te daré mi nombre y dirección.
Ehr-lang aguzó el oído cuando ella prosiguió:
—Soy hija del señor Chu, que vive junto a la Puerta de Ts'ao. A mí me llaman Victoriosa-Inmortal. Y te ruego que no me cobres demasiado, porque no soy casada ni desposada.
El joven enamorado, trémulo de alegría, se dijo para sí;
—Estas palabras han sido dichas para mí, estoy seguro.
Entretanto, el mercader protestaba y la joven añadió:
—En este momento mi padre no está en casa. Pero es hombre terrible y, si pretendes robarnos, seguro que habrá de llevarte ante los tribunales.
Entonces, Ehr-lang sintió también ansia de darse a conocer a su vez, y, no ocurriéndosele otra forma, hizo lo mismo que había hecho la joven: pidió un tazón de agua fresca y fingió torpeza para volcar todo el jarro. Entonces dijo:
—¡Ay! He aquí otra desdicha. Pero, no importa. Ven a mi casa y serás bien recompensado. Soy Ebr-lang hermano de Fan. Tengo diecinueve años y todavía nadie ha podido engañarme en mi negocio, se manejar el arco y no me he desposado todavía.
—¿No estás algo loco? —le preguntó el mercader, mirándolo con asombro—. ¿Para qué me cuentas todo eso? ¿Quie­res que haga de mediador para tu casamiento? Soy hombre honrado y nunca he engañado a nadie.
Al oír las palabras de su admirador, la joven se alegró en el fondo de su corazón. Le indicó a su madre, que estaba sentada junto a ella, que tenían que marcharse; y, poniéndose en pie, le dijo al mercader:
—Si vienes tras de nosotras te pagaremos de una vez.
Pero, en realidad, sus ojos le hablaban al joven, que echó a andar poco a poco en pos de ellas admirando la gracia de su porte. Y de esta manera Rieron caminando todos hasta que las mujeres entraron en su casa. Pero la joven volvió a salir casi de inmediato para hacer a un lado la gran cortina de la puerta, y mirarlo cuando pasaba. El joven estuvo yendo de un lado a otro, cual si hubiese perdido el seso, y no regresó a casa hasta la noche.
A partir de aquel día, Victoriosa-Inmortal quedó tan extrañamente afectada que era totalmente incapaz de tragar un solo grano de arroz, ni tan siquiera de tocar un pastel. Por último, una mañana estuvo demasiado débil para poder levantarse. Su madre corrió junto a su cama.
—Pobre hijita mía —le preguntó—, ¿qué te pasa?
—Me duele todo el cuerpo. Siento jaqueca y tengo un poco de tos.
Inmediatamente su madre pensó en llamar a un médico; pero, ausentes el dueño de la casa y su sirviente, no había ningún hombre que pudiera salir a hacer el encargo. Pero, una vieja sirvienta llamada Amable-Bienvenida, sí estaba presente y dijo:
—La anciana Wang vive, como tú sabes, aquí cerca. Ha ayudado a venir al mundo a más de cien niños. Sabe coser y sabe hacer de mediadora, pero también sabe tomar el pulso y diagnosticar una enfermedad. Todo el mundo la llama cuando pasa algo.
—Es verdad. Ve y tráela en seguida.
Algunos momentos más tarde llegaba la sanadora y la madre empezó a darle una larga explicación. Pero la mujer la interrumpió:
—Ya lo sabré todo en cuanto haya examinado a la paciente.
La joven enferma sacó una mano flaca y la mujer le tomó el pulso durante largo rato. Por último dijo:
—Te duele la cabeza y también todo el cuerpo. Estás en continua agonía y el mundo te es odioso.
—Este es exactamente el caso —contestó la joven desde la cama—. Y también tengo un poco de tos.
—Pero ¿qué es lo que causa esta enfermedad?
Como la joven no contestara, la sabia y vieja visitante se volvió hacia la madre y la sirvienta y les hizo señas de que se fueran. Las dos mujeres no se atrevieron a negarse y sa­lieron del cuarto.
—Ahora, vamos a curarte. La enfermedad la tienes en el corazón y en ninguna otra parte.
—¿En el corazón? —dijo la joven enferma.
—Tú has visto a algún joven guapo y te ha gustado. Tu sufrimiento viene de esto, ¿no es así?
—No hay nada de esto —negó la otra.
—Vamos, vamos. Dime la verdad y muy pronto encon­traré los medios necesarios para salvarte la vida.
Viendo en ello una posibilidad de lograr su deseo, la pequeña Victoriosa-Inmortal decidió contarle todo. Cuando hubo acabado, la muy anciana mujer dijo:
—No te acongojes. Conozco a una de sus amistades que me ha hablado de él. Es inteligente y recto. Iré a ver a su hermano para hacer los arreglos propios para tu matrimonio, si es que, decididamente, quieres casarte con él.
—Sabes muy bien que sí quiero —contestó la joven en­ferma con una sonrisa—. Pero, ¿consentirá mi madre?
—No te inquietes. Tengo mis recursos.
Y en seguida estuvo fuera del cuarto diciéndole a la madre:
—Ya sé lo que le pasa a tu hija. Si quieres que te lo haga ver claramente, haz que nos traigan dos tazas de vino.
Amable-Bienvenida se apresuró a disponerlo todo en la mesa. La sanadora tomó un sorbo de vino ardiente y, volviéndose a la madre, repitió palabra por palabra lo que la joven le había confesado, añadiendo:
—Y ahora no puedes hacer más que casarla con Ehr-lang, ya que, de otro modo, su muerte es segura.
—Mi esposo estará ausente todavía por largo tiempo. No puedo decidir nada sin él.
—Tú no hagas más que los arreglos. No necesitas celebrar la boda hasta después que haya regresado tu Señor. Hay que acceder a su deseo; no hay otra manera de salvarla.
—Si el joven es tan de desear como eso... —musitó la madre insegura—. ¿Pero, cómo vamos a llevar la cosa a buen fin?
—Yo iré a hablar con su hermano mayor. Te tendré informada.
Sin más dilación, la venerable mediadora, se dirigió directamente el Pabellón del Seto Vivo, donde encontró a Fan detrás del mostrador, y lo saludó:
—¡Diez mil felicidades!
—Llegas en momento oportuno —le contestó él haciéndole una reverencia—. Justamente iba a enviarte a alguien para rogarte que lo hicieras. Desde hace algunos días, te lo aseguro, mi hermano no ha podido tragar un solo bocado. Dice que le duele todo el cuerpo y ahora se ha quedado en cama. Por favor, ¿quieres tomarle el pulso?
—Lo veré. Pero es mejor que este a solas con él.
—Entonces no voy contigo.
De esta manera la anciana entró en el cuarto del enfermo, y éste le dijo débilmente:
—Madre Wang, hace mucho tiempo que no te había visto. ¡Ay! ¡Llegas demasiado tarde! ¡Mi vida ha acabado!
—¿En qué te sientes más gravemente enfermo? —le preguntó ella sentándose junto a la cama y asiéndole la muñeca.
Al cabo de un momento prosiguió:
—¿He de decirte el nombre de tu enfermedad? Se llama Victoriosa-Inmortal es la hijita de Chou y su casa está junto a la Puerta de Ts'ao.
El enfermo dio un respingo y se sentó.
—¿Cómo lo sabes?
—Su familia me ha encargado que venga a arreglar vues­tro matrimonio.
La súbita dicha reanimó a! joven.
Se levantó y, junto con su sabía visitante, bajó al lado de su hermano.
—Ya estoy curado —le anunció—todo marcha muy bien.
Entretanto, la anciana decía:
— La familia de Chou me ha enviado especialmente a hablar contigo acerca del casamiento.
Todo estuvo dispuesto muy pronto, se cruzaron los primeros regalos y los consolados corazones de los dos jóvenes rebosaron alegría. Pero, antes de proceder a la ceremonia, tenían que aguardar el regreso del señor Chou.
Chou, no regresó sino hasta ocho meses después. No es necesario decir que, cuando lo hizo, todos sus amigos y conocidos fueron a apurar unas tazas de vino con él para "limpiar el polvo del camino". Por último, su esposa le contó lo ocurrido, afirmándole que todo estaba ya decidido. Pero los ojos del dueño de la casa se abrieron inmensamente, dejando ver el blanco, y mugió:
—¡Oh, imbécil asquerosa!; ¿quién te dio derecho para desposar a nuestra hija, de familia decente, para casarla con él? ¿Quieres que seamos el hazmerreír de la gente?
Mientras estaba maldiciendo a su esposa, llegó el sirviente junto a ellos, gritando:
—¡Venid en seguida y salvad a la pequeña! Estaba detrás de la puerta y ha oído vuestros gritos. Ha caído al suelo, y ya no respira.
Tropezando, por las prisas, la madre salió corriendo. Vio a su hija tendida en el suelo y, estaba ya por levantarla, cuan­do su marido se lo impidió, diciéndole:
—¡Déjala! ¡Nos estaba deshonrando! ¡Si ha de morir, déjala que muera!
Al ver que contenían a su dueña, Amable-Bienvenida se inclinó junto a la joven. Pero Chou, con un golpe que hizo que el aire silbara entre sus dedos, la lanzó contra la pared. Lleno de rabia, asió a su esposa y la zarandeó rudamente, y ella aullaba como perro. Los vecinos la oyeron y acudieron presurosos, te­miendo que allí ocurría algún desastre. Muy pronto la estancia estuvo llena de mujeres, hablando todas a un mismo tiempo. Pero el dueño de la casa les dijo rudamente que callaran:
—No permito que nadie venga a espiar en mis asuntos particulares.
Las vecinas se retiraron disgustadas, y la madre se lanzó sobre el cuerpo de su hija, cuyas extremidades estaban ya frías. Sollozó:
—Si hubiese acudido a ti no hubieras muerto. ¡Oh, ase­sino! La has dejado morir con todo propósito. No querías darle las cuatro o cinco mil onzas que su abuelo le legó.
El padre se fue jadeante como verraco enfurecido. La madre no dejó de lamentar su pérdida: ¡su hija había sido un alma tan buena y tan lista! Por último, llegó el momento de cerrar el ataúd, y Chou le dijo airado a su esposa:
—¿Dices que la dejé morir para no perder así cuatro mil onzas? Te ordeno que junto a ella, en su tumba, pongas todas sus joyas. Eso son más de cinco mil onzas, me parece.
Trajeron al wu-tso, el Inspector de Cadáveres, y también a su ayudante, para que constataran la muerte y ayudaran a poner a la joven en su féretro. El guardián de la tumba de la familia, y su hermano, los dos Chang, también se encontraban presentes para ayudar a la fúnebre tarea.
Llegó el momento del entierro y el cortejo salió de la ciudad. El ataúd fue colocado en una tumba de ladrillo, y se vertieron sobre él las primeras paletadas de tierra. Luego todos volvieron a casa. Tres pies de tierra insensible cubrían el cadáver de aquella joven, que tanto amor rebosara.
Ahora bien, el Inspector de Cadáveres tenía por asistente a un tipo indigno llamado Feng. Este joven miserable, al regresar del cementerio por la noche, le dijo a su madre:
—¡Excelente trabajo el de hoy! ¡Mañana seremos ricos!
—¿Qué golpe de suerte has tenido en tus negocios?
—Hoy hemos enterrado a la hija de Chou, y todas sus alhajas las han puesto en el féretro con ella. En lugar de de­jarlas, para que no enriquezcan la tierra, ¿no sería mejor que nos las quedáramos?
—¡Piénsalo bien antes, no hagas algo tan horrible! —le rogó su madre—. Esto no es asunto que merezca únicamente unos azotes. Tu padre hace veinte años quiso hacer lo mismo. Abrió un ataúd, y el cadáver comenzó a sonreírle. Eso mató a tu padre en cuatro o cinco días. Hijo mío, no hagas eso. No es asunto fácil.
—Madre —le contestó él sencillamente—, he tomado ya mi decisión. No pierdas el tiempo conmigo ya que es inútil.
Se inclinó junto a su cama y de debajo de ésta sacó una pesada herramienta de acero.
—¡Oh, madre! No es igual el destino de cada persona. He consultado con los adivinos, y me han dicho que este año seré rico.
Tomó también un hacha, una bolsa de cuero y una linterna sorda que aprestó para que funcionara. Por último, se envolvió en una gran capa de juncos, ya que estaban en el onceno mes y la nieve había empezado a caer. Hizo una especie de rastrillo con bambúes entretejidos y lo sujetó bajo su manto, de manera que se arrastrara por el suelo y fuera borrando sus huellas.
Sonaba la hora de la segunda vela cuando salió de su casa y todo en la ciudad era todavía alegría y algazara. Pero, más allá de las murallas, reinaban el silencio y la soledad del frío que iba en aumento. La capa de nieve era ya gruesa. ¿Quién se hubiere aventurado en aquella soledad?
De vez en cuando volvía la cabeza; pero nadie lo siguió. Por último, llegó al muro del cementerio de la familia y trepó a él. De repente, un perro corrió por entre las altas hierbas, salto hacia él y ladró. El ladrón había preparado un trozo de carne envenenada y lo arrojó al perro. La bestia que iba mal alimentada, lo olió y se lo tragó. Todavía ladró un poco, pero el veneno era poderoso y muy pronto se retorcía en el suelo.
En la cabaña del guardián, Chang el joven le dijo a su hermano:
—El perro ha empezado a ladrar y luego ha callado. ¿No te parece extraño? Quizá sea un ladrón. Tendrías que salir a ver.
El hermano mayor se levantó de la tibia cama y, gruñendo, empuñó un arma. Luego abrió la puerta y salió Pero quedó envuelto en un torbellino de fría nieve, y llame al perro:
—¿Dónde estás ladrando, oh, animal de los dioses?
Luego volvió a entrar y se metió debajo de los cobertores
—No hay nada. Además, hace mucho frío.
De la distante ciudad llegó el sonido de los bongós tambores anunciando la tercera vela. Reuniendo todo su valor, Feng avanzó por entre la nieve que ahogaba el ruido de sus pasos. Rápidamente removió con la pala la tierra fresca de la tumba y luego encendió su linterna. Su amarillenta luz no iluminaba más que un solo punto. Introduciendo dos largas palanquetas en las rendijas, aflojó un ladrillo y luego otro. Por último, el ataúd quedó al descubierto. Metió la punta de su zapapico bajo la tapa e hizo presión, quitándola y dejándola después a un lado. El cadáver quedó a la vista.
—Hermanita —murmuró—. No voy más que a tomar prestado un poco de tu inútil riqueza. No lo tomes a mal.
Apartó el velo de aquel rostro encantador. La cabeza estaba cubierta de ornamentos de oro y perlas. Lo tomó todo. Le tentaron los finos atavíos de seda del cadáver. Se los arrancó.
Pero, de repente, el cadáver se sacudió y apartó al ladrón con violencia. Éste lanzó un grito de terror imbécil y retro­cedió temblando. El cadáver se había sentado y, bajo aque­lla escasa luz, miró la tumba abierta, las desparramadas he­rramientas y su propio cuerpo desvestido. El desventurado muchacho, obedeciendo a un hábito instintivo, mintió:
—Hermanita, he venido a salvarte.
Naturalmente, cuando la pequeña Victoriosa-Inmortal oyera las estúpidas y violentas palabras de Chou, la desesperación le hizo perder toda señal de vida. Por este motivo la habían puesto en el féretro todavía viva. Reanimada ahora por el frío, su primer pensamiento fue recordar la cólera de su padre. Su único refugio era, pues, la casa de su desposado, y dijo:
—Si me llevas hasta el Pabellón del Seto Vivo, puedes ganarte una buena recompensa.
—Eso es fácil —contestó Feng, buscando en vano cómo poder escapar.
¿Tendría que matarla? Difícilmente tendría valor de hacerlo después de semejante impresión. Decidió devolverle unas cuantas prendas de ropa. Guardó las alhajas y las herramientas en la bolsa de cuero, junto con la apagada linterna, y rápidamente, volvió a cubrir la tumba con tierra. Luego, como la joven estaba demasiado débil para andar, la cargó sobre sus espaldas y se marchó de allí. Pero, en lugar de ir a casa de Fan, regresó a su ciudad. Su madre le abrió la puerta y exclamó aterrorizada:
—¿También robaste el cadáver?
—No hables tan fuerte —le contestó él, dejando su carga.
Se dirigió a su cama en ella acostó a Victoriosa-Inmortal. Sacó un cuchillo y se lo mostró a la joven.
—Pequeña —le dijo—-, tengo un asunto que arreglar contigo. Si llegamos a un entendimiento, te llevaré a la casa de Fan. Si no, ya estás viendo este cuchillo, y con él te cortaré en dos.
—¿Qué quieres de mí —preguntó ella.
—Vas a quedarte aquí sin hacer ruido y sin intentar escapar hasta que yo te lleve junto a Fan. Y en cuanto a lo de­más, ya lo hablaremos otro rato.
—Así lo haré. De veras que lo haré.
Luego, el sórdido joven llevó a su madre al cuarto inme­diato para calmarla un poco.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó ella—. ¿Crees tú que estaremos a salvo una vez la lleves a casa de Fan?
—No voy a llevarla a casa de Fan.
—¿Qué vas a hacer, pues?
El soltó una risa ladina, llena de mala intención.
***
Las cosas siguieron de esta manera hasta el decimoquinto día de la primera luna, la noche de la Fiesta de las Linternas. Feng salió a ver las .luminarias también a aprovechar la ocasión para aquellas raterías que el gentío siempre permite. La noche transcurrió y él todavía no había regresado, cuando se armó un gran griterío entre los vecinos. La madre de Feng abrió la puerta para ver qué pasaba. Un incendio había estallado allí cerca. Llena de terror, la anciana corrió a sacar sus muebles al patío. Aprovechando la confusión, la muchacha se escurrió por la puerta; pero, una vez en la calle, no sabía hacia qué lado dirigirse. Por último, encontró el camino a Ja Puerta de Ts'ao, e iba corriendo en esa dirección., cuando volvió a perderse otra vez. Sin embargo, al fin, preguntando dónde podría estar el Pabellón del Seto Vivo, alguien le enseñó un camino que la llevaría allí cerca.
El dependiente estaba ante la puerta, y ella le preguntó muy cortésmente:
—¡Diez mil felicidades! ¿No es ésta la casa de Fan Ehr-lang?
—Ciertamente lo es, pequeña señora.
—¿No podrías llevarme hasta él?
—Seguro —le contestó el otro.
Le enseñó el camino, llamando a la puerta de sus amos; pero cuando Ehr-lang reconoció, a la pálida luz de Jas lin­ternas de papel, el blanco rostro de su desposada, gritó desfalleciente:
—¡Fantasma! ¡Fantasma!
Confiada en su amor, la joven avanzó hacia él repitiendo lamentablemente:
—¡Hermano mayor! ¡Hermano mayor! ¡Estoy viva!
Pero él siguió retrocediendo aterrorizado y gritando:
—¡Socorro! ¡Socorro!
¿Cómo podía dejar de creerse en presencia de un fantasma cuando él en persona había presenciado el entierro, aquella misma noche se había encontrado con la esposa de Chou con blancos ropajes de luto?
Y como ella estuviera a punto de tocarle él, de espaldas a la pared no pudiera ya retroceder más, su terror se redobló. No sabiendo lo que hacía, asió un pesado taburete y con él golpeó en la cabeza a su adorada visitante. Esta cayó de espaldas y su cabeza chocó contra el suelo empedrado, con un ruido sordo.
Al oír el golpe, Pan corrió hacia allí. Vio a la mujer en el suelo y a su hermano asiendo todavía el taburete.
—¿Qué has hecho? —le gritó—. ¿Qué pasa? ¿Eres tú el que la ha matado?
—Es un fantasma —le contestó el otro.
—Si fuera un fantasma no sangraría. ¿Qué has hecho?
Ya habían llegado allí unas diez personas y habían visto lo que había pasado. El guardia de la calle entró con ellas y se apoderó de Ehr-lang que seguía diciendo:
—Es el fantasma de la hija de Chou. Yo lo he matado.
Al oír este nombre, uno de los vecinos corrió a avisar a Chou que, al principio, no quería creerle. Por último decidió ir hasta el pabellón, donde se vio obligado a reconocer a la joven y a pesar de que se obstinara, dijo:
—Ya hace mucho que la enterré.
De todos modos el guardia insistió en llevarse a Ehr-lang a la cárcel. Entonces Fan cerró las puertas y se quedó con Chou velando el cuerpo hasta la madrugada.
A temprana hora del día siguiente, el Gobernador intervino en la cuestión. Se abrió el ataúd. Se le encontró vacío y los guardianes dijeron que su perro había sido encontrado muerto en la nieve el día después del entierro. Y, no encontrando una explicación más satisfactoria, siguieron adelante con su investigación.
Ehr-lang, en su prisión, estaba abatido por su dolorido arrepentimiento. Algunas veces decía que ella no pudo haber sobrevivido a su entierro; otras veces estaba deshecho de terror al pensar que pudo estar viva cuando la golpeó. Recordaba la belleza y su gracia aquella primavera junto al lago, y de sus ojos brotaban amargas lágrimas. Mientras deliraba de esta manera, vio que se abría la puerta de su celda aparecía la joven. Lleno de emoción y miedo, exclamó:
—Tu golpe me hizo más pena que daño. Ahora he despertado y he venido junto a ti.
Fan se acercó al banco en que ella estaba sentada y le tomó la mano:
—¿Cómo pude haber sido tan tonto como para tener miedo de ti?
Así estuvieron hablando y, ya entregados a su profundo amor, pronto estuvieron uno en brazos del otro. La alegría del joven era tan intensa que despertó súbitamente. Todo había sido un sueño.
La noche siguiente ocurrió lo mismo, y también a la ter­cera, de manera que su pasión por la joven se hizo todavía más fuerte. Y, en la tercera noche, cuando ella iba ya a retirarse, dijo:
—Mi vida en la Tierra ha llegado a fin, pero mi amor era tan fuerte y tan grande y me llevaba tan hacía ti que el Mariscal-de-los-Cinco-Caminos, el Guardián-de-la-Frontera-de-las-Sombras, me permitió venir hasta ti estas tres noches. Ahora he de dejarte. Pero, si no eres olvidadizo, todavía habrá algo de mí ligado a tu alma.
Después desapareció, y el joven sollozó aún con mayor amargura.
Al final todo el asunto fue puesto en claro por casualidad. La madre de Feng habiendo sacado una chuchería de oro de la bolsa de su hijo fue a venderla al mismo joyero que la hiciera por encargo de Chou. Al ser denunciados ante el gobernador, madre e hijo fueron detenidos, y en su casa se encontraron todas las alhajas. El tormento les hizo soltar la lengua y todo el asunto fue puesto en claro. Ehr-lang, en realidad, había creído ver un fantasma y fue puesto en libertad, Feng fue sentenciado a muerte lenta y de su cuerpo fueron arrancando tiras, una por una, por mano del verdugo. Su madre sólo fue estrangulada.
Y en cuanto a Ehr-lang, su corazón permaneció fiel a la joven a la que tanto había amado. Y a cada festividad iba al templo del Mariscal-de-los-Cinco-Caminos a quemar incienso para que, de esta manera, el agradable humo pudiera ascender hasta el palacio del alma de la pequeña Victoriosa-Inmortal. Su fidelidad conmovió hasta el duro corazón de Chou y cuando, pocos años más tarde, murió Ehr-lang, su cuerpo fue enterrado en la misma tumba junto a aquella a quien sus brazos no habían conocido más que en sueños.
Hsing shih heng yen (1627)