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lunes, 13 de julio de 2015

La nieve que bordea su ventana



Con la paleta de colores en la mano izquierda, Maricela mordía el pincel que sostenía entre los labios. Junto a ella, un lienzo en blanco esperaba ser bañado de verdes pálidos, amarillos intensos, anaranjados, rojos y marrones quemados. Se entretenía observando cómo los árboles perdían las hojas.Unas luchaban contra el viento que las azotaba con fuerza, mientras las débiles se desprendían, elevaban y se perdían entre las calles.
Vivía en la ciudad, y frente a su edificio estaba la entrada a un parque que marcaba con intensidad las cuatro estaciones del año. Como pintora disfrutaba el invierno cuando el parque se cubría de blanco, la primavera florida lo llenaba de colores y el verano caluroso invitaba a los turistas y residentes a recostarse en la grama a tomar el sol. Ahora el otoño, poco a poco, desvestía los árboles y le permitía una visión clara hasta el lago que dividía el parque en dos.
No podía concentrarse en la pintura que intentaba comenzar. Tomó el celular que estaba sobre la cama y bajó para contagiarse con el cambio de estación. Caminó por las veredas: las hojas, como gotas de lluvia, le caían sobre la cabeza y los hombros. Desde pequeña le gustaba pasear y corretear detrás de las hojas que movía el viento. Las capturaba para pegarlas en los árboles que pintaba en sus cuadernos.
Se sentó en un banco frente a un sauce llorón que dejaba caer las ramas al agua. Se entretenía con ver los cisnes y los patos que se paseaban en el lago. En ese parque había crecido y allí esperaba envejecer.
Era hija única. Después de un matrimonio de dieciocho años tormentosos, infidelidades y maltratos, regresó al apartamento en donde vivían los padres. Maricela era extremadamente reservada; no fue hasta que decidió divorciarse que se enteraron de las humillaciones que vivió por tanto tiempo.
Había pasado año y medio del divorcio; con la ayuda de una psiquiatra intentaba salir de la depresión. Como terapia tenía prohibido pensar en el pasado, nada podía cambiarlo. Debía ocuparse de sí misma y planificar un nuevo futuro. Al menos le quedaba algo para subirse la autoestima, pues era delgada, de mediana estatura y piel blanca y lozana; su amplia sonrisa y grandes ojos grises la hacían lucir juvenil.
Llegó el invierno y con él las oportunidades que tanto esperaba. Maricela se dedicó a explotar el talento que por años tuvo dormido. Logró que las galerías de la zona turística se interesaran por los cuadros que pintaba. El parque era el icono de la ciudad y en él encontró un buen mercado.
La primavera le ofrecía nuevos tonos para la paleta de trabajo. En los jardines los tulipanes y narcisos comenzaban a brotar, los árboles se llenaban de hojas nuevas y los aromáticos racimos de flores de todos los colores aparecían en cada esquina. El lago se llenó de hierbas y hojas flotantes, de patos y cisnes que se paseaban con nuevas crías. Un nuevo ciclo comenzaba. Esta vez Maricela no estaba sola con el trípode, la silla y el maletín de pinturas que siempre la acompañaban: había artistas por todos lados: pintores, músicos, escritores y hasta estatuas vivientes que hacían espectáculos para los turistas.
Algunos de los que le pasaban por el lado se detenían a observarla trabajar. Los más curiosos se sentaban en las bancas cercanas para ver cómo el cuadro progresaba. Esa mañana la música de un saxofón se detuvo; Maricela se percató de que algo en el entorno faltaba. Anteriormente no había notado el saxofón, pero estaba segura de que ese sonido era un complemento más entre todos los ruidos que se fundían a su alrededor. Buscó con la mirada al intérprete. A treinta pies de distancia, el joven rubio del saxofón, que estaba sentado debajo del sauce, le sostuvo la mirada. Tenía el pelo ondulado sobre los hombros y una hermosa sonrisa. ¿Por qué nunca se había fijado en él? Bajaba al parque de jueves a domingo todas las mañanas, excepto los días lluviosos. Aunque siempre se concentraba en el trabajo, recordaba haberlo escuchado.
No dejó de mirarla; Maricela no tuvo otro remedio que sonreírle. Él la saludó con un movimiento de cabeza y comenzó a interpretar Feelings de Loulou Gasté. Se incorporó y Maricela pudo comprobar que era alto y de espalda ancha. Llevaba mahones apretados que mostraban muslos torneados. Era obvio que esta vez tocaba solo para ella; por cortesía dejó de pintar y se sentó a escucharlo. La tenía nerviosa, no dejaba de mirarla. Se puso el pincel entre los labios y lo mordió. Al terminar se levantó para aplaudirlo y él, al otro lado, se inclinó agradecido.
Antes de terminar la semana ya trabajaban juntos. Los turistas que venían a depositar una propina en el estuche del saxofón se interesaban por los cuadros que Maricela tenía alrededor. De jueves a domingo trabajaban hasta que el hambre apretaba; luego ponían una manta sobre la grama para almorzar y compartían hasta bien entrada la tarde. Ella le contó de su fallido matrimonio, sin mencionar nunca cuánto tiempo estuvo casada. Él apenas tenía veintiocho años, estudió en el conservatorio de música y desde entonces se ganaba la vida tocando en un centro nocturno. Había convivido con varias mujeres, pero con ninguna se casó ni tuvo hijos.
A las dos semanas comenzó a enamorarla; un galanteo tímido, tierno y gracioso. Todas las mañanas le traía flores recogidas del mismo parque. Las acomodaba en el suelo, alrededor del área de trabajo; a Maricela le parecía aquello cosas de niño. Pensaba en los diecisiete años de edad que los separaban. Nunca le dijo que vivía al cruzar la calle. Le contó que compartía un estudio con una amiga, pero jamás le permitió que la acompañara a la casa.
Gabriel se enamoró sin preguntar detalles; era evidente, para él, que se trataba de una joven rebelde que vivía a su manera. Por otra parte, él era de esa raza de locos que se lanzan a pasiones violentas. La noche que la invitó al apartamento a cenar, a Maricela le sorprendió que un muchacho de veintiocho años tuviera todo organizado y limpio. La cena no estuvo buena, pero siempre recordaría la manera en que le hizo el amor.
—Ya me perteneces —murmuró Gabriel—. Quiero que nos entreguemos sin sacramentos ni contratos —decía mientras le acariciaba los senos—. ¿Qué edad tienes? —preguntó al rozar con la lengua el vientre plano.
—¿Qué edad aparento? —respondió segura de que no adivinaría.
—No sé… a las mujeres es muy difícil adivinarles la edad.
—Veintiocho, como tú —dijo antes de lanzársele encima para cerrarle la boca con un beso.
No iba a desaprovechar el éxtasis que le provocaban las caricias de Gabriel. Recordó que su psiquiatra le decía que aún era bella y joven; ahora era el momento de darse otra oportunidad.
Maricela fue a la casa de sus padres y anunció que se mudaba con una amiga. Mientras echaba en una maleta parte de sus pertenencias, se preguntó hasta cuándo podía durar el noviazgo de una mujer de cuarenta y cinco años con un joven de veintiocho. Dejó de asistir a las citas con la psiquiatra por temor a que se opusiera a esa relación. Disfrutaba la felicidad, se sentía aceptada y amada tal como era. Recordó las constantes críticas y los desprecios que vivió durante dieciocho años: ahora la vida la recompensaba.
La rutina diaria siguió igual: iban juntos al parque. En las noches, cuando él regresaba de trabajar, ella lo esperaba con tacones altos y un delantal sobre su cuerpo desnudo. Sabía que eso lo provocaba; se comportaban como dos críos enamorados. Ella se dormía en los brazos de él mientras le decía al oído: “¡Te adoro!”
Una noche, arrodillándose ante ella en un arranque de amor, le juró:
—¡Te adoraré hasta la muerte! Óyelo bien. Si mueres antes que yo —añadió con voz firme, que la estremeció— me convertiré en tu esclavo. Iré siempre a tu tumba a llevarte flores hasta que regrese a tus brazos.
A los cuarenta y siete años quedó embarazada. No tomó la noticia con agrado pues no había planificado traer al mundo a un niño. Aunque era feliz, temía perder el encanto de la relación si le confesaba a Gabriel que le llevaba diecisiete años. Antes de que se le notara la barriga visitó a los padres para anunciarles que haría un viaje de seis meses. Hasta ahora llevaba muy bien la doble vida: los visitaba con regularidad sin que Gabriel se enterase de la existencia de ellos. Estaba segura de que nunca se los encontraría. A su papá le había dado un derrame que lo dejó en silla de ruedas; la madre, por no separarse de él, tampoco salía de la casa. Contrató una dama de compañía para que los atendiera y los llevara a las citas médicas. Pensó que ellos no tenían que enterarse de la llegada del bebé; no había razón para que entraran en el nuevo mundo que había creado. Tampoco los dejó entrar cuando anteriormente estuvo casada. Por eso los tomó por sorpresa cuando ella les anunció que se divorciaba por infidelidad y maltrato.
A los siete meses de embarazo cumplió cuarenta y ocho años con treinta libras de más. Mientras se acercaba a un nuevo mes todo se le complicaba. Pensó en abortarlo, pero Gabriel estaba ilusionado con la idea de ser padre. El médico le aseguró que por la  edad era un embarazo de alto riesgo; además, desarrolló hipertensión y diabetes y pasó los últimos meses con la azúcar descontrolada. Tenía que someterse al estudio de la extracción del líquido amniótico para buscar células de la piel del bebé y saber si padecía el síndrome de Down. Declinó hacerse la prueba. En las mañanas no quería salir de la cama. Pasaba días sin arreglarse, había perdido el entusiasmo que antes tenía. Notó que sus piernas comenzaron a llenarse de venas varicosas, unas más gruesas que otras. Tenía los tobillos hinchados llenos de venitas lilas y azules parecidas a una tela de araña. Estaba horrorizada. La barriga y los senos, que antes eran firmes y rosados, se le llenaron de estrías. No dejaba que Gabriel le hiciera el amor. Se sentía horrible por las dimensiones que su cuerpo había tomado.
El viernes que rompió fuente Gabriel trabajaba fuera de la ciudad en una actividad privada; no regresaba hasta el lunes. Trató de controlarse, pero sintió un escalofrío que la aterró. El temor de no lograrlo sola la aterraba. Llamó al 911 y se cambió la ropa interior. Temblando, tiró lo esencial en una maleta; luego se sentó en la sala a esperar a que llegaran. Las contracciones se intensificaban; no se atrevía a gritar para no perder la calma. Le dejó una nota a Gabriel diciéndole que su amiga tenía una emergencia y pasaría la noche en con ella. No le puso fecha a la carta. La noche podría ser cualquiera, según el día que él llegara. Prefería mantenerlo alejado de los papeleos del hospital. Si tenía un parto natural, como se esperaba, estaría de vuelta con el bebé antes de que él regresara.
Después del fin de semana fuera, Gabriel volvió a la casa; pensaba que Maricela lo recibiría. Al ver la nota pegada en la nevera le molestó el hermetismo de su mujer; no sabía nada de la misteriosa amiga. Le preocupaba el avanzado estado, temió que no pudieran manejar la situación si el momento de parir llegaba. Tenía que poner de una vez las cosas clara; Maricela entraba y salía siempre sin decirle a dónde iba.
El martes por la mañana el timbre del celular despertó a Gabriel. Era del hospital para informarle que Maricela había tenido una hermosa niña. Al llegar a la habitación la encontró lactando al bebé. Antes de acercarse se detuvo sin emitir palabra. Lloraba de emoción. Esas dos mujeres eran lo único que tenía en la vida. Se acercó, le dio un beso en los labios a Maricela y otro en la frente a la niña. Se sentó en el borde de la cama a observarlas; no pudo detener sus lágrimas.
Maricela pasó los próximos dos meses sin deseos de salir de la casa. Un extraño cansancio le impidió volver al parque a pintar. Pasaba las noches de un lado para otro en la sala, sin poder dormir; cuando se sentía agotada volvía a la habitación a meterse en la cama. En cuanto ponía la cabeza en la almohada los pensamientos de muerte y desolación rondaban por su cabeza y la atormentaban. Lloraba sin saber por qué. Dejó de lactar a Esmeralda. Gabriel se ocupó de la niña y de darle seguimiento a las ventas de los cuadros en las galerías.
Cuando Gabriel le celebró los treinta y cinco años a Maricela, ya no podía ocultar los cincuenta y tres que habían dejado desagradables residuos en su cuerpo. El embarazo y la depresión que vino después del parto la envejecieron. En las mañanas, antes de cepillarse los dientes, pasaba tiempo mirando cada centímetro de la cara. Con ambas manos se subía la frente para que los parpados y las cejas se levantaran. Evitaba mirarse desnuda en el espejo porque los brazos y muslos ajados la abatían. Dejó de insinuársele a Gabriel; si él la buscaba hacía el amor bajo la tenue luz de una vela que encendía lejos de la cama.
El calor del verano la despertó. Se sorprendió al ver su pierna derecha hinchada; la sentía caliente, señal de que algo malo pasaba. Sin comentarle a Gabriel, programó una cita con el ginecólogo. Ese día le pidió que se quedara a cargo de la niña en lo que salía a comprar pinturas. Ignoró las reprimendas de él cuando le ordenó que lo mantuviera siempre al tanto y no lo excluyera de lo que padecía o de las cosas que hacía.
Escuchó la sentencia del ginecólogo: que estaba en pleno cambio de vida. Sabía lo que eso significaba: la lucha por mantenerse joven estaba perdida. Cuando el médico le examinó la pierna, le comentó que no quería anticiparle un diagnóstico alarmante, pero que no le gustaba lo que veía. La refirió a un especialista con urgencia. En lo que la fecha de la cita llegaba Maricela ocultaba las piernas bajo los pantalones y dormía con piyamas largas. No podía confesarle la verdad a Gabriel. Sabía que él la amaba, pero temía que cambiara al enterarse de todo lo que le ocultaba. Llevar una doble vida ahora le resultaba una carga. Temía perderlo. Era demasiado guapo y joven para estar con una mujer mucho mayor que, para colmo, estaba enferma.
Sintió un latigazo en la espalda cuando semanas después le diagnosticaron elefantitis en ambas piernas. El nombre la impresionó porque no estaba segura de lo que se trataba. Le explicaron que la enfermedad se caracterizaba por inflamación y obstrucción de los vasos linfáticos, e hipertrofia de la piel y el tejido subcutáneo. El médico buscó en la computadora la condición. Cuando viró el monitor hacia Maricela se compadeció porque ella lloraba sin despegar los ojos de la pantalla que mostraba a una mujer con las piernas deformadas. Se paró y le puso la mano en el hombro para consolarla. La sentencia de que se le desfigurarían las piernas le cegó el entendimiento. No escuchó cuando el doctor le habló del tratamiento al que debía someterse. Salió de la oficina con un zumbido que le molestaba los oídos. Mareada, se detuvo detrás de unos zafacones a vomitar.
No recordó cómo llegó a la casa de los padres. Cuando logró calmarse, los puso al tanto de los padecimientos que la aquejaban. No mencionó la verdad de su vida pasada. Había decidido no ser una carga para Gabriel ni mucho menos una vergüenza para la hija. Para ellos acababa de morir. Por vanidad o por amor se sacrificaba. Abrió la puerta del cuarto y se desplomó en la cama a llorar. Había muerto sin despedirse del hombre que amaba.
Gabriel la esperó angustiado; dejó la puerta abierta para verla llegar. Le dio de comer a Esmeralda y la acostó a dormir más temprano que de costumbre. ¿Qué excusas podía darle a una niña de cinco años que le preguntaba dónde estaba su madre? Quería salir a vagar por la ciudad hasta encontrarla, pero ¿con quién dejaba a la niña? A quién podía llamar; ahora se daba cuenta de que habían vivido todos esos años solos en el mundo que ellos crearon.
Se sentó en la sala a mirar el televisor apagado, quería evitar que una tragedia le viniera a la mente. A las tres de la mañana ya creía estar volviéndose loco, el corazón se le aceleraba cada vez que le parecía escuchar el sonido del ascensor. ¿Por qué no dejó una nota?, se preguntaba. Se acomodó en el borde de la ventana a mirar hacía la calle. Cuando amaneció la reportó desaparecida. La buscaron por hospitales dentro y fuera de la ciudad. Desesperado, no se atrevió a volver al parque por temor a encontrarse con una desgracia.
Confinada entre cuatro paredes durante un año, Maricela intentó acostumbrarse a ver pasar el mundo por la ventana. Lloraba todos los días. Nada del matrimonio anterior le había desgarrado el alma tanto como separarse de Gabriel y su hija. El tiempo que estuvo con él fue como revivir la adolescencia: todo había sido tierno y nuevo. Estaba segura de que él la amaba, pero ¿hasta cuándo? Le aterraba pensar que en algún momento Gabriel la mirara con compasión; o, peor aún: que la abandonara. Ahora vivía con la esperanza de verlos entrar por los portones del parque algún día.
Llegaba el otoño y Gabriel aún no tenía indicios de Maricela; cada día que pasaba perdía las esperanzas. Los primeros meses se consagró al duelo y las lágrimas. Un vecino del piso le dio el pésame porque no tenía familia con la cual compartir tanta tristeza. Consideró mudarse para no vivir rodeado de tantos recuerdos, pero inmediatamente descartó la idea para que Maricela los encontrara en el mismo apartamento en que los había dejado. Se convirtió en padre y madre para Esmeralda, y por temor a perderla la acompañaba hasta al salón de clases. Se sentaba en un banco frente a la escuela hasta la hora de salida. En las noches, cuando iba a trabajar, la llevaba consigo. Las conmovidas novias de los compañeros de la banda la cuidaban.
Maricela dejó de pintar; tampoco quiso someterse a un tratamiento para corregir la condición que la aquejaba. Se le pegó la piel a los huesos, las piernas comenzaron a tomar dimensiones inimaginables. Llevaba el pelo desordenado, revuelto y lleno de canas. Cuando pasaba frente al espejo volvía los ojos a otra parte. Se sentía liberada, ya no luchaba contra la edad. Soltó la carga que la agobiaba.
Después de cinco años de haberse autocondenado al encierro, le pareció ver frente a los portones del parque un fantasma. Se paseaba solo, de un lado para otro lentamente, con las manos en la espalda. Era Gabriel, que después de tantos años no se  atrevía a entrar. Maricela sintió deseos de bajar y correr a los brazos de él. Aunque se le detuviera al frente jamás la reconocería. Además, el peso de las piernas no le permitía caminar. Gabriel entró despacio. Se detenía de trecho en trecho para levantar los ojos, como si percibiera que alguien se le acercaba. Maricela notó que llevaba un ramo de flores en las manos.
Gabriel convirtió el lugar donde se conocieron en la tumba de Maricela. Como le había prometido, le llevaba ramos de flores y los depositaba en el lugar donde ella pintaba. Con los años Maricela pudo ver desde lejos cómo Esmeralda crecía; llegaba al parque todos los sábados a la misma hora del brazo del padre para llevarle flores a la tumba de la madre ausente. Unas canas salteadas hacían lucir a Gabriel entrado en años. Maricela sintió celos de su propia hija, a quien veía exhibir la juventud del brazo del hombre que amaba.
Por quince años se acostumbró a ver por la ventana cómo las copas de los árboles se tornaban de verdes claros a más oscuros, y cuando los amarillos cambiaban a anaranjados. Con frecuencia las hojas secas que arrastraba el viento se pegaban en el cristal. La mañana que murió miraba desde la cama, con indiferencia, la nieve que bordeaba su ventana.
FIN
Cuento publicado en la antología Cuentos puertorriqueños en el nuevo milenio (2013). La autora forma parte de la Junta Editora de la Revista Trapecio. Véase Mara Daisy Cruz.