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jueves, 30 de julio de 2015

Un episodio distante




Los crepúsculos de septiembre habían alcanzado su máxima intensidad de rojo la semana en que el profesor decidió visitar Aïn Taduirt, situado en la parte cálida del país. Descendió en autocar por la noche desde la meseta, con dos pequeños neceseres llenos de mapas, bronceadores y medicinas. Diez años antes había pasado en la ciudad tres días, el tiempo suficiente para establecer una amistad bastante sólida con el dueño del café, que le había escrito varias veces durante el primer año tras su visita, aunque nunca más después. «Hassan Ramani», decía el profesor una y otra vez, mientras el autocar daba tumbos atravesando al bajar capas cada vez más cálidas de aire. Unas veces frente al cielo llameante de poniente y otras mirando a las afiladas montañas, el vehículo seguía la polvorienta pista descendiendo entre los desfiladeros, entrando en una atmósfera que empezaba a oler a otras cosas aparte de al inagotable ozono de las alturas: azahar, pimienta, excrementos recocidos por el sol, aceite de oliva ardiente, fruta podrida. Cerró los ojos alegremente y vivió durante un instante en un mundo puramente olfativo. El pasado distante retornó: qué parte de él, no podía saberlo.

El conductor, cuyo asiento compartía el profesor, le habló sin apartar la vista de la carretera.

—Vous êtes géologue?

—¿Geólogo? Ah, no. Soy lingüista.

—No hay lenguas aquí. Sólo hay dialectos.

—Exacto. Estoy haciendo un estudio sobre las variedades del mogrebí.

El conductor se mostró despectivo.

—Siga bajando hacia el sur —dijo—. Encontrará lenguas de las que nunca ha oído hablar antes.

Cuando atravesaban la puerta de la ciudad, la habitual nube de chiquillos surgió de la polvareda y corrió gritando junto al autocar. El profesor se quitó las gafas de sol y las guardó en el bolsillo; tan pronto como el vehículo se detuvo, saltó de él abriéndose paso entre los indignados niños que tiraban en vano de su equipaje y se dirigió a paso rápido al Grand Hotel Saharien. De sus ocho habitaciones había dos disponibles: una orientada al mercado y la otra, más pequeña y barata, que daba a un patio minúsculo lleno de desperdicios y de barriles en el cual se movían dos gacelas. Tomó la habitación más pequeña y vertiendo un jarro entero de agua en la jofaina de estaño, empezó a lavarse el polvo arenoso de la cara y de las orejas. El resplandor crepuscular había desaparecido casi del cielo, y de los objetos estaba desapareciendo el tono rosa casi ante sus propios ojos. Encendió la lámpara de carburo y no pudo evitar un gesto de desagrado a causa del olor.

Después de cenar, el profesor fue paseando despacio hasta el café de Hassan Ramani, cuya trastienda colgaba peligrosamente sobre el río. La entrada era muy baja y tuvo que agacharse un poco para entrar. Había un hombre cuidando del fuego. Un cliente daba pequeños sorbos a su té. El qauayi pretendió que se sentara a otra mesa de la habitación interior, pero el profesor siguió avanzando alegremente hasta la trastienda, sentándose allí. La luna brillaba a través de la celosía de cañas y no había ningún sonido fuera salvo el intermitente ladrido lejano de un perro. Cambió de mesa para poder ver el río. Estaba seco, pero había charcas aquí y allá que reflejaban el luminoso cielo nocturno. Entró el qauayi y le limpió la mesa.

—¿Pertenece todavía este café a Hassan Ramani? —le preguntó en el mogrebí que había tardado cuatro años en aprender.

El hombre respondió en mal francés:

—Falleció.

—¿Falleció…? —repitió el profesor sin percibir lo absurdo de la palabra—. ¿De veras? ¿Cuándo?

—No lo sé —repuso el qauayi—. ¿Un té?

—Sí. Pero no comprendo…

El hombre había salido ya de la habitación y estaba atizando el fuego. El profesor se quedó sentado, inmóvil, sintiéndose solo y tratando de convencerse a sí mismo de que era ridículo hacerlo. Al poco regresó el qauayi con el té. Le pagó, dejándole una espléndida propina a cambio de la cual recibió una grave reverencia.

—Dígame —dijo mientras el otro empezaba a alejarse—. ¿Se pueden conseguir todavía esas cajitas hechas de ubre de camella?

El hombre pareció molesto.

—A veces los reguibat traen cosas de ésas. Aquí no las compramos. —Y luego, con insolencia, añadió en árabe—: ¿Para qué una caja de ubre de camella?

—Porque me gustan —replicó el profesor. Y, sintiéndose un poco exaltado, añadió—: Me gustan tanto que quiero hacer una colección; le pagaré diez francos por cada una que me consiga.

—Jamstache —repuso el qauayi abriendo la mano izquierda rápidamente tres veces seguidas.

—Ni hablar. Diez.

—No es posible. Pero espere a más tarde y venga conmigo. Puede darme lo que quiera. Y conseguirá cajas de ubre de camella si es que hay alguna.

Se fue a la parte delantera, dejando al profesor que bebiera su té escuchando el creciente coro de perros que ladraba y aullaba a medida que la luna se elevaba en el cielo. Un grupo de parroquianos entró en el café y estuvo sentado charlando durante una hora aproximadamente. Cuando se hubieron marchado, el qauayi apagó el fuego y se detuvo junto a la puerta poniéndose el albornoz.

—Venga —dijo.

En la calle había muy poco movimiento. Los puestos estaban todos cerrados y la única luz procedía de la luna. De vez en cuando pasaba un transeúnte y saludaba con un breve gruñido al qauayi.

—Todo el mundo le conoce —dijo el profesor, para romper el silencio entre ellos.

—Sí.

—Ojalá todo el mundo me conociera —dijo el profesor, antes de darse cuenta de lo infantil que debía de sonar aquel comentario.

—Nadie le conoce —dijo su acompañante con voz ronca.

Habían llegado al otro lado de la ciudad, subiendo al promontorio que dominaba el desierto, y a través de una gran grieta en el muro el profesor vio la interminable blancura rota en primer término por zonas oscuras de los oasis. Pasaron por la abertura y caminaron por una carretera sinuosa entre rocas descendiendo hacia el bosquecillo más próximo de palmeras. El profesor pensó: «Podría cortarme el cuello. Pero tiene un café…, seguro que le descubrirían».

—¿Está lejos? —preguntó sin darle importancia.

—¿Está cansado? —preguntó a su vez el qauayi.

—Es que me esperan en el hotel Saharien —mintió.

—No puede usted estar allí y aquí —dijo el qauayi.

El profesor rió. Se preguntó si aquello le parecería al otro un síntoma de inquietud.

—¿Lleva mucho tiempo en sus manos el café de Ramani?

—Trabajo allí para un amigo.

La respuesta entristeció al profesor más de lo que él hubiera imaginado.

—Ah. ¿Trabajará mañana?

—Es imposible decirlo.

El profesor tropezó en una piedra y se cayó haciéndose un rasguño en una mano.

—Tenga cuidado —dijo el qauayi.

De pronto flotó en el aire el olor dulce y negro de la carne podrida.

—¡Ag! —exclamó el profesor, sintiendo que se ahogaba—. ¿Qué es eso?

El qauayi se había tapado la cara con su albornoz y no respondió. Al poco dejaron atrás la pestilencia. Se encontraban en un llano. Más adelante el sendero estaba flanqueado por un elevado muro de adobe. No había brisa alguna y las palmeras estaban completamente inmóviles, pero tras las tapias se oía el ruido de agua corriente. El olor de excrementos humanos era casi constante mientras caminaban entre los muros.

El profesor esperó hasta que pareció lógico que preguntara con cierto grado de irritación:

—Pero ¿adónde vamos?

—Pronto —repuso el guía deteniéndose para recoger unas piedras en la cuneta—. Coja unas piedras —le recomendó—. Aquí hay perros malos.

—¿Dónde? —preguntó el profesor, pero se agachó y cogió tres grandes y de afiladas aristas.

Prosiguieron en el mayor silencio. Dejaron atrás los muros y se abrió ante ellos el desierto luminoso. Por allí cerca había un morabito en ruinas, con su diminuta cúpula apenas en pie y la fachada destruida por completo. Detrás se veían grupos de palmeras enanas, inútiles. Un perro cojo se les acercó corriendo enloquecido, a tres patas. Hasta que no estuvo casi junto a ellos el profesor no escuchó su gruñido grave y constante. El qauayi le lanzó una gran piedra, dándole directamente en el hocico. Se escuchó un extraño crujido de mandíbulas y el perro siguió corriendo de lado hacia otra parte, tropezando ciegamente contra las piedras y revolviéndose en todas direcciones como un insecto herido.

Separándose del sendero caminaron por un terreno erizado de piedras afiladas, pasaron las pequeñas ruinas y se metieron entre los árboles hasta llegar a un lugar donde el terreno descendía abruptamente ante ellos.

—Parece una cantera —dijo el profesor, recurriendo al francés para la palabra «cantera», cuyo equivalente en árabe no recordaba en aquel momento.

El qauayi no respondió. Se quedó inmóvil y volvió la cabeza como escuchando. Y, efectivamente, desde abajo, pero mucho más abajo, llegaba el sonido grave de una flauta. El qauayi agitó la cabeza varias veces. Luego dijo:

—El sendero comienza aquí. Puede usted verlo bien durante todo el camino. La piedra es blanca y la luna muy brillante. Así que puede ver bien. Ahora yo me vuelvo a dormir. Es tarde. Puede darme lo que quiera.

Allí de pie al borde del abismo, que a cada momento parecía más profundo, con el rostro oscuro del qauayi enmarcado por su albornoz e iluminado por la luna, el profesor se preguntó a sí mismo exactamente lo que sentía. Indignación, curiosidad, miedo, tal vez, pero sobre todo alivio y la esperanza de que no se tratara de una treta, la esperanza de que el qauayi de verdad lo dejaría solo y se volvería sin él.

Se separó un poco del borde y buscó en su bolsillo un billete suelto, puesto que no quería enseñar la cartera. Por suerte tenía uno de cincuenta francos; lo sacó del bolsillo y se lo entregó al hombre. Sabía que el qauayi se daba por satisfecho, así que no prestó atención cuando le oyó decir:

—No es bastante. Tengo que caminar un largo camino hasta mi casa y hay perros…

—Gracias y buenas noches —dijo el profesor sentándose con las piernas cruzadas y encendiendo un cigarrillo; se sentía casi feliz.

—Déme al menos un cigarrillo —suplicó el hombre.

—Eso sí —dijo él con cierta brusquedad, ofreciéndole el paquete.

El qauayi se acuclilló muy cerca de él. No tenía una cara agradable de ver. «¿Qué sucede?», pensó el profesor aterrorizado de nuevo mientras le ofrecía su cigarrillo encendido.

El hombre tenía los ojos semicerrados. Era el gesto más evidente de estar tramando algo que el profesor había visto jamás. Cuando el segundo cigarrillo estuvo encendido, se aventuró a decir al árabe, que seguía en cuclillas:

—¿En qué piensa?

El otro dio una chupada a su cigarrillo lentamente y pareció estar a punto de hablar. Entonces su expresión se convirtió en otra de satisfacción, pero no dijo palabra. Se había levantado un viento fresco y el profesor sintió un escalofrío. El sonido de la flauta ascendía de las profundidades a intervalos, a menudo mezclado con el susurro de las palmeras al rozarse unas con otras en la cercana espesura. «Estas gentes no son primitivas», se encontró diciendo mentalmente el profesor.

—Bueno —dijo el qauayi levantándose despacio—. Guarde su dinero. Cincuenta francos es bastante. Es un honor. —Entonces volvió al francés—: Ti n’as qu’à discendre, to’droit.

Escupió, se sonrió —¿o es que estaba ya histérico el profesor?— y se alejó deprisa, a grandes pasos.

El profesor tenía los nervios de punta. Encendió otro cigarrillo y se dio cuenta de que movía los labios automáticamente. Estaban diciendo: «¿Es esto una situación normal o estoy en un apuro? Esto es ridículo».

Permaneció sentado muy quieto durante varios minutos, esperando recuperar la sensación de realidad. Se tendió en el suelo duro y frío y miró la luna. Era casi como mirar directamente al sol. Si movía los ojos un poco podía conseguir una hilera de lunas más débiles en el cielo.

—Increíble —susurró.

Luego se incorporó rápidamente y miró a su alrededor. Nada demostraba que el qauayi hubiera regresado de veras a la ciudad. Se puso en pie y se asomó al borde del precipicio. A la luz de la luna el fondo parecía hallarse a kilómetros de distancia. Y no había nada que sirviese como punto de referencia; ni un árbol, ni una casa, ni una persona… Trató de escuchar la flauta, pero oyó sólo el viento contra sus oídos. Un deseo violento y repentino de volver corriendo a la carretera se apoderó de él, y se volvió para mirar en la dirección que había tomado el qauayi. Al mismo tiempo se palpó suavemente la cartera en el bolsillo del pecho. Escupió por el borde del acantilado. Luego orinó y escuchó atentamente, como un niño. Esto le dio ánimos para empezar a descender por el sendero del abismo. Resultaba curioso, pero no sentía vértigo, aunque prudentemente se abstenía de mirar a la derecha, más allá del borde. Era una bajada constante y abrupta. Su monotonía le producía un estado mental no muy diferente del que le había causado el viaje en autobús. Estaba de nuevo murmurando «Hassan Ramani», una y otra vez, rítmicamente. Se detuvo, furioso consigo mismo por las asociaciones siniestras que el nombre le sugería ahora. Concluyó que estaba agotado por el viaje. «Y por el paseo», añadió.

Había bajado ya un buen trecho del gigantesco risco, pero la luna, que estaba justo encima, daba tanta luz como siempre. Sólo quedaba atrás el viento, allá arriba, soplando inconstante entre los árboles, por entre las polvorientas calles de Aïn Taduirt, entrando en el vestíbulo del Grand Hotel Saharien o deslizándose bajo la puerta de su pequeña habitación.

Se le ocurrió que debía preguntarse por qué estaba haciendo una cosa tan irracional, pero era lo bastante inteligente como para saber que, puesto que lo estaba haciendo, no era el momento de buscar explicaciones.

De pronto el terreno se tornó llano ante sus pies. Había llegado al fondo antes de lo que suponía. Siguió avanzando todavía con desconfianza, como si temiera otra sima traicionera. Sería muy difícil verla en aquel resplandor uniforme y tenue. Antes de que supiera lo que había sucedido, tenía encima al perro, una pesada masa de pelaje que trataba de empujarle hacia atrás, una afilada uña rozándole el pecho, una tensión de músculos contra él para clavarle los dientes en el cuello. El profesor pensó: «Me niego a morir de este modo». El perro cayó hacia atrás; parecía un perro esquimal. Cuando saltaba otra vez, el profesor gritó en voz muy alta. El perro se lanzó sobre él, se produjo una confusión de sensaciones y dolor en alguna parte. Se oía también un ruido de voces próximas, pero no lograba entender lo que decían. Un objeto frío y metálico era empuñado brutalmente contra su columna vertebral mientras el perro todavía tenía colgada de sus dientes una masa de ropa y tal vez carne. El profesor sabía que era el cañón de un arma y levantó las manos gritando en mogrebí:

—¡Llévense al perro!

Pero el arma lo empujó hacia delante y puesto que el perro, otra vez sobre sus patas, no volvió a saltar, dio un paso adelante. El arma seguía empujándolo, él seguía avanzando. Volvió a escuchar voces, pero la persona que había justo detrás de él no decía nada. La gente parecía correr de un lado a otro; por lo menos eso era lo que le decían sus oídos. Porque los ojos, según descubrió, seguían cerrados desde el ataque del perro. Los abrió. Un grupo de hombres avanzaba hacia él. Iban vestidos con las ropas negras de los reguibat. «Los reguibat son una nube contra la cara del sol.» «Cuando un reguibat aparece, el hombre de bien se da la vuelta.» En cuántas tiendas y mercados no había oído estas máximas pronunciadas en son de burla entre amigos. Pero nunca a un reguibat, por supuesto, pues esas gentes no frecuentan las ciudades. Envían a uno de los suyos disfrazado para organizar, con los elementos más turbios de la ciudad, la venta de los objetos conseguidos. «Una oportunidad», pensó rápidamente, «de comprobar la veracidad de esas afirmaciones.» No dudó por un momento que la aventura resultaría una especie de advertencia contra aquella tontería por su parte, advertencia que, al recordarla, iba a resultar entre siniestra y grotesca.

Detrás de los hombres que se aproximaban vinieron corriendo dos perros rezongantes que se lanzaron a sus pies. Le escandalizó notar que nadie prestaba atención a este quebrantamiento de la etiqueta. El cañón lo empujaba con más fuerza cuando él intentaba esquivar el ruidoso ataque de los animales.

—¡Los perros! ¡Llévenselos! —volvió a gritar.

El cañón lo empujó con mayor fuerza y el profesor cayó al suelo, casi a los pies de la multitud de hombres que tenía enfrente. Los perros le tironeaban de las manos y de los brazos. Una bota los hizo apartarse a puntapiés lanzando gañidos y, después, con mayor energía, le asestó una patada al profesor en la cadera. Luego vino un concierto de puntapiés de diferentes lados que lo hicieron revolcarse violentamente durante un rato por la tierra. Durante todo este tiempo sentía manos que se le metían en los bolsillos y sacaban todo cuanto había en ellos. Trató de decir: «Tenéis ya todo mi dinero; ¡dejad de darme patadas!». Pero los músculos faciales golpeados se negaban a obedecer; se encontró haciendo gestos para hablar y eso fue todo. Alguien le propinó un terrible golpe en la cabeza y pensó: «Ahora al menos perderé el conocimiento, gracias a Dios». Pero siguió consciente de las voces guturales que no podía comprender y de que le ataban con fuerza los tobillos y el pecho. Luego se produjo un negro silencio que se abría como una herida de vez en cuando dejando entrar el sonido suave y grave de la flauta que repetía la misma sucesión de notas una y otra vez. De pronto sintió un dolor atroz por todo el cuerpo: dolor y frío. «Así que, después de todo, he estado inconsciente», pensó. A pesar de ello, el presente parecía únicamente una continuación directa de lo que había sucedido antes.

Estaba clareando débilmente. Había camellos cerca de donde se hallaba tendido; podía oír su gorgoteo y su honda respiración. No se esforzó siquiera en abrir los ojos, por si resultaba imposible. Sin embargo, al oír que alguien se acercaba, descubrió que veía perfectamente.

El hombre lo miró desapasionadamente a la luz gris de la mañana. Con una mano le cerró las ventanas de la nariz al profesor. Cuando abrió la boca para respirar, el hombre le cogió la lengua y tiró de ella con todas sus fuerzas. El profesor boqueaba y trataba de recuperar el aliento; no comprendía lo que estaba sucediendo. No pudo distinguir el dolor del tirón brutal del que le causó el afilado cuchillo. Luego se produjo un interminable atragantarse y escupir que continuó automáticamente, como si él no tuviese apenas parte en ello. La palabra «operación» no cesaba de darle vueltas en la cabeza; calmaba un poco su terror mientras él se hundía de nuevo en las tinieblas.

La caravana partió a eso de media mañana. Al profesor, que no estaba inconsciente, sino en un estado de completo estupor, y seguía sintiendo náuseas y babeando sangre, lo metieron doblado en un saco y lo ataron al costado de un camello. El extremo inferior del enorme anfiteatro tenía una puerta natural en las rocas. Los camellos, rápidos mehara, iban poco cargados en este viaje. Pasaron por la puerta en fila india y remontaron despacio la suave loma que conducía arriba, al comienzo del desierto. Aquella noche, en una parada detrás de unos montes bajos, lo sacaron, todavía en un estado que no le permitía pensar, y sobre los andrajos polvorientos que quedaban de su ropa ataron una serie de curiosas cinchas hechas con una hilera de tapas de bote engarzadas unas a otras. Uno tras otro le fueron poniendo en torno al torso, a los brazos y piernas, incluso sobre la cara, estos brillantes cinturones, hasta que estuvo por completo envuelto en una armadura que lo cubría con sus escamas circulares de metal. Hubo muchas risas durante esta ceremonia de engalanamiento. Un hombre sacó una flauta y otro más joven hizo una imitación que no estaba mal de una Uled Naïl ejecutando la danza de la caña. El profesor ya no sabía lo que hacía; a decir verdad, vivía en mitad de los movimientos que hacían esas otras personas. Cuando hubieron terminado de vestirlo tal como deseaban, metieron algo de comida bajo las ajorcas de hojalata que le colgaban sobre la cara. Pese a que masticaba mecánicamente, la mayor parte acababa por caer al suelo. Lo volvieron a meter en el saco y lo dejaron allí.

Dos días más tarde llegaron a uno de sus campamentos. Allí había mujeres y niños en las tiendas y los hombres tuvieron que alejar a los perros dejados allí para protegerlos. Cuando vaciaron el saco donde estaba el profesor hubo gritos de miedo, y los hombres tardaron varias horas en convencer a todas las mujeres de que era inofensivo, aunque desde el primer momento no había quedado duda de que era una posesión valiosa. Al cabo de unos días se volvieron a poner en marcha llevándose todo consigo y viajando sólo de noche, mientras el terreno se volvía más cálido.

Aunque todas sus heridas habían sanado y ya no sentía dolor, el profesor no volvió a pensar; comía, defecaba, bailaba cuando se lo pedían y daba brincos absurdos arriba y abajo que entusiasmaban a los niños, principalmente por el maravilloso estrépito de chatarra que producía. Y por lo general dormía durante los calores del día, entre los camellos.

Dirigiendo sus pasos hacia el sureste, la caravana eludía toda forma de civilización sedentaria. A las pocas semanas llegaron a una nueva meseta, completamente inhóspita y con escasa vegetación. Acamparon y permanecieron allí dejando en libertad a los mehara para pastar. Todos estaban contentos; el tiempo era más fresco y se encontraban sólo a unas horas de una ruta poco frecuentada. Fue allí donde concibieron la idea de llevar a Fogara al profesor y venderlo a los tuareg.

Transcurrió un año entero hasta que llevaron a cabo su proyecto. Para entonces el profesor estaba mucho mejor adiestrado. Sabía dar volteretas con las manos, hacer una serie de gruñidos terribles que, sin embargo, tenían cierto carácter humorístico; y, cuando los reguibat le quitaron la hojalata de la cara, descubrieron que podía hacer unas muecas admirables mientras bailaba. Le enseñaron también algún que otro gesto obsceno muy elemental que nunca dejaba de producir chillidos de delicia entre las mujeres. Ahora solamente lo sacaban después de comidas especialmente copiosas, cuando había música y regocijo. Se adaptó fácilmente a su sentido del ritual y desarrolló una especie de rudimentario «programa» que presentaba cuando le llamaban: danzaba, daba volteretas en el suelo, imitaba a ciertos animales y por último se abalanzaba sobre el grupo fingiendo estar encolerizado para ver la confusión e hilaridad resultantes.

Cuando se pusieron en camino tres hombres con él para ir a Fogara, llevaron cuatro mehara consigo y él montó el suyo a horcajadas con la mayor naturalidad. No se tomó precaución alguna para vigilarlo, salvo la de mantenerle entre ellos; pero siempre había un hombre detrás, cerrando el grupo. Llegaron a la vista de las murallas al amanecer y esperaron entre las rocas durante todo el día. Al anochecer el más joven se puso en marcha y regresó a las tres horas con un amigo que traía un grueso bastón. Trataron de que el profesor demostrara sus habilidades allí mismo, pero el hombre de Fogara tenía prisa por volver a la ciudad, así que subieron a sus mehara y se pusieron en marcha.

En la ciudad fueron directamente a la casa del aldeano y en su patio tomaron café entre los camellos. El profesor volvió a hacer su demostración; esta vez el espectáculo duró más y ellos se frotaron las manos. Llegaron a un acuerdo, se pagó una cantidad de dinero y los reguibat se retiraron dejando al profesor en la casa del hombre del bastón, que no tardó en encerrarlo en un minúsculo recinto que daba al patio.

El día siguiente fue un día importante en la vida del profesor, pues fue entonces cuando aquel dolor volvió a agitarse de nuevo en su interior. Acudió a la casa un grupo de invitados, entre los cuales había un venerable caballero, mejor vestido que los demás, al cual se pasaban el tiempo alabando, besándole con fervor las manos y los bordes de sus vestiduras. Esta persona se consideraba en la obligación de hablar en árabe clásico de vez en cuando, para impresionar a los demás, que no habían aprendido una palabra del Corán. Así que la conversación transcurría más o menos así:

—Tal vez en In Salah. Los franceses son imbéciles. La venganza de los cielos se aproxima. No la precipitemos. Alaba al más alto y maldice a los ídolos. Con pintura en la cara. Por si la policía quiere mirar de cerca.

Los demás escuchaban y asentían con la cabeza lenta y solemnemente. Y el profesor, en su cuchitril, cerca de ellos, escuchaba también. Es decir, era consciente del sonido del árabe que hablaba el anciano. Las palabras penetraban por primera vez en muchos meses. Ruidos, y luego: «La venganza de los cielos se aproxima». Y luego: «Es un honor. Cincuenta francos es suficiente. Quédate con tu dinero. Bien». Y el qauayi en cuclillas junto a él al borde del precipicio. Y luego «maldice a los ídolos» y más confusión de palabras. Se dio la vuelta resollando en la arena y lo olvidó. Pero el dolor se había despertado. Se desarrollaba en una especie de delirio, porque había comenzado a recuperar de nuevo la conciencia. Cuando el hombre abrió la puerta y le empujó con el bastón, lanzó un alarido de rabia y todos se echaron a reír.

Lo hicieron levantarse, pero no quería bailar. Permaneció de pie ante ellos, mirando el suelo y negándose obstinadamente a moverse. El propietario estaba furioso y tan irritado por las risas de los demás que se sintió obligado a despedirlos diciendo que esperaría un momento más propicio para mostrarles su adquisición, pues no se atrevía a manifestar su cólera ante los mayores. Sin embargo, cuando se marcharon asestó al profesor un violento bastonazo en el hombro, le gritó diversas obscenidades y salió a la calle cerrando con un portazo. Se fue directo a la calle de las Uled Naïl, porque estaba seguro de encontrar a los reguibat allí, gastando el dinero entre las mujeres. Y en una tienda encontró a uno de ellos, todavía en la cama, mientras una Uled Naïl lavaba los vasos de té. Entró en la tienda y, antes de que intentara incorporarse siquiera, casi había decapitado al hombre. Tiró luego la navaja en la cama y salió corriendo.

La Uled Naïl vio la sangre, lanzó un grito y salió de su tienda entrando en la contigua, de la cual surgió al poco con otras cuatro que corrieron juntas al café y contaron al qauayi quién había matado al reguibat. Transcurrida apenas una hora, la policía militar francesa lo detenía en la casa de un amigo y lo llevaba a la fuerza al campamento. Aquella noche el profesor no recibió nada de comer y a la tarde siguiente, en el lento despertar de la conciencia provocado por el hambre creciente, estuvo andando sin rumbo fijo por el patio y las habitaciones que daban a él. No había nadie. En una habitación colgaba un calendario de la pared. El profesor lo miró nervioso, como un perro que se mira una mosca en el hocico. En el papel blanco había cosas negras que producían sonidos en su cabeza. Los escuchó: «Grande Épicerie du Sahel. Juin. Lundi, Mardi, Mercredi…».

Los minúsculos signos de tinta que forman una sinfonía pueden haber sido dibujados hace mucho tiempo, pero cuando se realizan en forma de sonido se vuelven inminentes y poderosos. De modo que en la cabeza del profesor empezó a sonar una especie de música de sentimientos que iba aumentando de volumen mientras miraba la pared de adobe y tuvo la sensación de estar interpretando algo que había sido escrito para él hacía mucho tiempo. Sintió deseos de llorar; sintió deseos de recorrer la casa rugiendo, volcando y destrozando los pocos objetos que podían romperse. Su emoción no trascendió este único deseo arrollador. Entonces, bramando con todas sus fuerzas, la emprendió con la casa y sus enseres. Luego se precipitó contra la puerta de la calle, que ofreció cierta resistencia, y acabó por saltar. Salió trepando por el agujero que dejaban los tablones que había astillado y, todavía rugiendo y agitando sus brazos en el aire para hacer el mayor estrépito de latas posible, empezó a galopar por la silenciosa calle hacia la puerta del pueblo. Algunas personas lo miraban con gran curiosidad. Al pasar ante el garaje, el último edificio antes de llegar al elevado arco de adobe que enmarcaba el desierto, fue avistado por un soldado francés. «Tiens», se dijo para sus adentros, «un fanático.»

Se estaba poniendo el sol otra vez. El profesor corrió bajo el arco de la puerta, volvió la cara hacia el cielo rojo y empezó a trotar a lo largo de la Piste d’In Salah, derecho hacia el sol que se ocultaba. A sus espaldas, desde el garaje, el soldado disparó al azar, esperando hacer blanco. El proyectil silbó peligrosamente junto a la cabeza del profesor y sus gritos se elevaron hasta convertirse en un lamento indignado mientras agitaba sus brazos de una manera aún más alocada y, presa del terror, daba grandes saltos en el aire cada pocos pasos.

El soldado estuvo mirando un momento, sonriendo, mientras la figura que corveteaba se empequeñecía en la creciente oscuridad de la noche y el cascabeleo de la hojalata pasaba a formar parte del gran silencio que reinaba allí fuera, más allá de la puerta. La pared del garaje sobre la que se apoyaba irradiaba el calor que le había prestado el sol, pero aun así en el aire empezaba a medrar un frío lunar.

Traducción de Guillermo Lorenzo