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miércoles, 7 de octubre de 2015

Chopin en invierno

STUART DYBEK







El invierno en que Dzia-Dzia vino a vivir con nosotros en el edificio de la señora Kubiac en la calle Dieciocho fue el invierno en que la hija de la señora Kubiac, Marcy, volvió a casa embarazada de su universidad en Nueva York. Marcy había conseguido una beca para estudiar música. Era la primera persona de la familia de la señora Kubiac que iba al instituto, no digamos ya a la universidad.

Desde su vuelta a casa yo solamente la había visto una vez. Estaba jugando en el rellano delante de nuestra puerta y cuando ella subió las escaleras los dos nos saludamos con la cabeza. No parecía embarazada. Estaba delgada y llevaba un abrigo negro con el cuello de piel plateada levantado y el pelo largo y rubio metido por dentro del cuello. Tenía la cara pálida y los mismos ojos azules asustados que la señora Kubiac.

Pasó a mi lado sin apenas verme y continuó hasta el rellano siguiente. Luego hizo una pausa, se inclinó sobre la barandilla y me preguntó:

—¿Eres el mismo niño que yo oía llorar por las noches?

Su voz era amable pero burlona.

—No lo sé —dije.

—Si te llamas Michael y la ventana de tu dormitorio está justo debajo de la mía, entonces eres tú —me dijo—. Cuando eras pequeño a veces te oía llorar por las noches a pleno pulmón. Me temo que yo oía lo que tu madre no podía oír. El ruido subía.

—¿De verdad no te dejaba dormir?

—No te preocupes por eso. Tengo el sueño muy ligero. Me despierta la nieve al caer. Siempre pensaba que ojalá pudiera ayudarte en aquellos momentos en que estábamos los dos despiertos en plena noche con todo el mundo roncando.

—No me acuerdo de haber llorado —dije.

—La mayoría de la gente no se acuerda cuando vuelven a ser felices. Parece que ahora eres bastante feliz. Sigue así, chaval. —Sonrió. Tenía una sonrisa encantadora. Sus ojos parecían sorprenderse de ello—. ¡Chao! —Se despidió con los dedos.

—Chao —dije, imitando su gesto. Nada más irse empecé a echarla de menos.

Nuestra patrona, la señora Kubiac, bajaba por las tardes a tomar el té y lloraba cuando le hablaba a mi madre de Marcy. Nos contó que Marcy no quería decirle quién era el padre de su hijo. No se lo quería decir al cura. No quería ir a la iglesia. No quería ir a ninguna parte. Incluso el médico tenía que ir a casa; y el único médico que Marcy permitía que la viera era el doctor Shtulek, el que había sido su pediatra.

—Yo le digo: «Marcy, cariño, tienes que hacer algo» —decía la señora Kubiac—. «¿Qué pasa con todos los sacrificios, los ensayos, las lecciones, los profesores, los premios? Mira a la gente rica: no dejan que nada interfiera en lo que quieren.»

La señora Kubiac le contaba a mi madre aquellas cosas en un tono estrictamente confidencial, con una voz que empezaba siendo un susurro reservado pero iba subiendo de volumen a medida que recitaba su letanía de problemas. Cuanto más fuerte hablaba más entrecortado se volvía su inglés, como si la preocupación y la angustia forzaran su capacidad idiomática más allá de sus límites. Por fin sus sentimientos la abrumaban: empezaba a llorar y a hablar en bohemio, lengua que yo no podía entender.

Yo me sentaba fuera de la vista debajo de la mesa del comedor y hacía galopar mis vaqueros de plástico por un bosque de patas de sillas mientras oía a la señora Kubiac hablar de Marcy. Quería saberlo todo sobre ella y cuanto más oía más preciada se volvía la sonrisa que me había dirigido en las escaleras. Era como un vínculo secreto entre nosotros. En cuanto me convencí de ello, escuchar a la señora Kubiac empezó a parecerme un acto de espionaje. Yo era el amigo de Marcy y conspiraba con ella. Ella me había hablado como si yo no formara parte del mundo que ella rechazaba. Fueran cuales fueran las razones por las que se guiaba, fueran cuales fueran sus secretos, yo estaba de su lado. En mis fantasías diurnas yo le demostraba una y otra vez mi lealtad.

Por las noches la oíamos tocar el piano: un murmullo amortiguado de escalas que me resultaban vagamente familiares. Tal vez me acordaba de cuando Marcy ensayaba años atrás, antes de irse a Nueva York. Las notas resonaban a través del techo de la cocina mientras yo secaba los platos de la cena y Dzia-Dzia permanecía sentado con los pies en agua. Todas las noches Dzia-Dzia metía los pies en un cubo lleno de agua humeante en donde dejaba caer una tableta que burbujeaba y teñía el agua de inmediato de un color rosa brillante. Entre el agua humeante y aquel tinte rosáceo, sus pies y sus piernas hasta las rodillas, donde terminaban sus pantalones remangados, parecían permanentemente escaldados.

A Dzia-Dzia parecía que los pies se le estaban convirtiendo en pezuñas. Tenía los talones y las plantas llenos de callos escamosos y tan hinchados que habían perdido la forma. En los dedos nudosos le crecían unas uñas retorcidas y amarillas como dientes de caballo. A Dzia-Dzia se le habían congelado los pies de joven cuando había recorrido a pie la mayor parte del camino de Cracovia a Gdansk, en lo más crudo del invierno, para escapar del alistamiento en el ejército prusiano. Más tarde se le habían vuelto a congelar cuando trabajaba en las minas de oro de Alaska. La mayor parte de lo que yo sabía acerca del pasado de Dzia-Dzia estaba relacionado con la historia de sus pies.

A veces mis tíos hablaban de él. Parecía que había tenido una vida itinerante: vendiendo perros a los igorrotes en las Filipinas después de la guerra entre españoles y americanos; en las minas de carbón de Johnstown, Pensilvania; llevando barcazas en los Grandes Lagos; conduciendo el ferrocarril al Oeste. Nadie en la familia quería tener mucho que ver con él. Los había abandonado tantas veces, decía mi tío Roman, que había sido peor que crecer sin padre.

Mi abuela lo llamaba Pan Djabel, ‘señor Diablo’, aunque lo decía como si le divirtiera. Él la llamaba gorel, ‘rústica’, y aseguraba venir de una familia adinerada y culta a quienes los prusianos habían arrebatado sus tierras.

—¡Terratenientes, claro! —le dijo una vez el tío Roman a mi madre—. Además de comportarse como un bastardo, según mamá, resulta que lo era en sentido literal.

—¡Romey, calla! ¿De qué sirve amargarse? —dijo mi madre.

—¿Quién se amarga, Ev? Es que ni siquiera fue capaz de presentarse para el entierro. Eso nunca se lo perdonaré.

Dzia-Dzia no había ido al funeral de la abuela. Volvía a estar desaparecido y nadie había podido encontrarlo. Dzia-Dzia se limitaba a desaparecer durante años enteros sin decir nada a nadie. Luego aparecía de la nada, se quedaba unos días, maltrecho y oliendo a alcohol, con sus dos trajes puestos uno encima del otro, y volvía a desaparecer.

—¿Quieres encontrarlo? Pregunta a los maleantes de los barrios bajos —decía el tío Roman.

Mis tíos explicaban que dormía en vagones de carga, sótanos y edificios abandonados. Cuando miraba por la ventanilla de un autobús y veía grupos de ancianos de pie alrededor de cubos de basura ardiendo detrás de vallas publicitarias, me preguntaba si Dzia-Dzia estaría entre ellos.

Ahora que estaba viejo y había fracasado se sentaba en nuestra cocina, con los pies doloridos y entumecidos como si hubiera bajado descalzo por la calle Dieciocho nevada.

Eran mis tíos y tías quienes decían que Dzia-Dzia había «fracasado» . Aquella palabra siempre me ponía nervioso. Yo también fracasaba: en ortografía, en inglés, en historia, en geografía y en casi todo salvo en aritmética, y aquello solamente porque usaba números en vez de letras. Principalmente fracasaba en escritura. Las monjas se quejaban de que mi caligrafía era totalmente ilegible, que tenía la ortografía de un refugiado y que si no mejoraba tal vez tendrían que hacerme repetir curso.

Mi madre mantenía mis fracasos en secreto. Era de Dzia-Dzia de quien hablaban en las visitas de los domingos en voz demasiado baja para el oído de un anciano. Dzia-Dzia los miraba con ferocidad pero no negaba lo que estaban diciendo de él. No había hablado desde su reaparición y nadie sabía si aquel enmudecimiento se debía a su senilidad, a simple terquedad o si se había vuelto sordo. Además de los pies, ahora se le habían congelado también los oídos. De las orejas le salían mechones de canas a juego con las cejas puntiagudas. Yo me preguntaba si no oiría mejor si se los cortaba.

Aunque Dzia-Dzia y yo pasábamos las noches solos en la cocina, no me hablaba más a mí que a la familia los domingos. Mi madre se quedaba en el salón, inmersa en sus cursos de contabilidad por correspondencia. El piano retumbaba a través del techo. Yo lo sentía más que lo oía, sobre todo las notas graves. A veces sonaba algún acorde que hacía rechinar la cubertería en el cajón y zumbar los vasos.

Marcy me había parecido muy delgada cuando me la crucé en la escalera, delicada e incapaz de aquel despliegue de energía. Sin embargo, su piano era enorme y tenía un aspecto poderoso. Recordaba haber ido una vez al piso de arriba a visitar a la señora Kubiac. El piano estaba en desuso —con la cubierta bajada y las teclas tapadas—, dominando el apartamento. Bajo la luz vespertina relucía mucho, como si la madera oscura fuera una especie de cristal. Los pedales eran de bronce pulimentado y a mí me recordaban a los pedales que accionaban los maquinistas para poner en marcha los tranvías.

—¿Verdad que es bonito, Michael? —me preguntó mi madre.

Yo asentí varias veces con la esperanza de que la señora Kubiac me dejara tocarlo, pero no fue así.

—¿Cómo lo han metido aquí? —pregunté. Me parecía imposible que pudiera caber por una puerta.

—No fue fácil —dijo la señora Kubiac, sorprendida—. Le provocó una hernia al señor Kubiac. Lo trajeron en barco desde Europa. Un anciano alemán, un gran músico, se lo hizo traer para dar conciertos, pero luego enfermó y lo abandonó. Se volvió a Alemania. Dios sabe qué le sucedió, creo que era judío. Lo subastaron para pagar la factura de su hotel. Así es la vida, ¿no? De otra forma no habríamos podido pagarlo. No somos ricos.

—De todos modos debió de ser muy caro —dijo mi madre.

—Solamente me costó un matrimonio —dijo la señora Kubiac, y sonrió, pero era una sonrisa forzada—. Así es la vida también, ¿no? —preguntó—. Tal vez a una mujer le va mejor sin marido, ¿no? —Entonces, durante un instante fugaz, la vi mirar a mi madre y luego apartar la vista. Era una mirada que yo había aprendido a reconocer en la gente que se sorprendía a sí misma diciendo algo que podía recordarnos a mi madre o a mí que a mi padre lo habían matado en la guerra.

La cubertería rechinaba y los vasos zumbaban. Sentía en los dientes y los huesos las notas graves que retumbaban en el techo y las paredes como truenos lejanos. No se parecía a escuchar música y sin embargo cada vez más a menudo me daba cuenta de que Dzia-Dzia cerraba los ojos, crispaba la cara en una mueca de concentración y balanceaba ligeramente el cuerpo. Yo me preguntaba qué estaría oyendo. Una vez mi madre me había contado que Dzia-Dzia tocaba el violín cuando ella era niña, pero que la única música por la que le había visto mostrar algún interés era la Hora de la Polka de Frankie Yankovitch, que ponía a todo volumen y escuchaba con la oreja casi pegada a la radio. Fuera lo que fuera que Marcy tocaba, no se parecía a Frankie Yankovitch.

Una noche, después de semanas de silencio entre nosotros solamente interrumpido por gruñidos, Dzia-Dzia dijo:

—Eso es boogie-woogie.

—¿Cómo, Dzia-Dzia? —pregunté, asustado.

—Es la música que tocan los negros.

—¿La que viene de arriba? Es Marcy.

—Está enamorada de un hombre de color.

—¿Qué le estás diciendo, papá? —le preguntó mi madre. Acababa de entrar en la cocina justo mientras Dzia-Dzia estaba hablando.

—Le hablaba del boogie-woogie. —Dzia-Dzia sacudía las piernas en el cubo de forma que el agua rosácea se derramaba sobre el linóleo.

—No quiero que se hable de esa forma en esta casa.

—¿De qué forma, Evusha?

—No quiero que oiga esos prejuicios en esta casa —dijo mi madre—. Ya los oirá bastante en la calle.

—Solamente le he dicho boogie-woogie.

—Será mejor que vayas a bañarte los pies en el salón junto a la estufa —dijo mi madre—. Podemos poner periódicos en el suelo.

Dzia-Dzia se quedó sentado y frunció la cara como si no oyera.

—Ya me has oído, papá. Te he dicho que te bañes los pies en el salón —repitió mi madre, casi gritando.

—¿Cómo, Evusha?

—Gritaré todo lo fuerte que haga falta, papá.

—Boogie-woogie, boogie-woogie, boogie-woogie —murmuró el anciano mientras salía del cubo, con los pies descalzos chapoteando en el linóleo.

—Y límpiate la cabeza de paso —murmuró mi madre a su espalda, demasiado bajo para que él la oyera.

Mamá siempre insistía en que se hablara con educación en casa. Alguien que no dijera «por favor» o «gracias» le resultaba tan ofensivo como alguien que dijera palabrotas.

Se dice «acabado», no «acabao», corregía siempre mi madre. O bien decía: «Si quieres decir “¡Eh!”, te vas a un establo». Consideraba que «y tal» era una manifestación de pereza, como no recoger los calcetines sucios del suelo.

Incluso cuando se emborrachaban un poco en las fiestas familiares que se celebraban los domingos en nuestro piso, mis tíos intentaban no decir palabrotas, y eso que todos habían estado en el ejército y en los marines. Tampoco se les permitía llamar «boches» a los alemanes ni «japos» a los japoneses. En lo concerniente a mi madre, de todos los malos usos del idioma, los comentarios racistas eran los más ignorantes y por tanto los más ofensivos.

De todas formas, mis tíos no hablaban mucho de la guerra, aunque siempre que se reunían se creaba en la sala cierta impresión de que por debajo de la charla distendida y las bromas compartían un estado de ánimo soterrado y triste. Mamá había reemplazado la foto de mi padre con uniforme por una foto anterior que lo mostraba sentado en el estribo del coche que habían tenido antes de la guerra. Estaba sonriendo y acariciando al terrier escocés del vecino. Aquélla y la foto de su boda eran las únicas fotos que mamá no tenía guardadas. Ella sabía que yo no me acordaba de mi padre y casi nunca me hablaba de él. Pero algunas veces me leía en voz alta pasajes de sus cartas. Había un fragmento en particular que me leía por lo menos una vez al año. Lo había escrito durante un bombardeo, poco antes de que lo mataran.

Cuando esto continúa sin tregua uno aprende a odiar de verdad. Uno empieza a odiarlos como pueblo y a querer castigarlos a todos: civiles, mujeres, niños, ancianos. Da lo mismo, son todos iguales, ninguno es inocente. Y momentáneamente el odio y la rabia te impiden volverte loco de miedo. Pero si te permites odiar y creer en el odio, entonces no importa qué suceda, has perdido. Eve, me encanta nuestra vida juntos y quiero volver a casa contigo y con Michael, y en la medida de lo posible, quiero ser el mismo hombre que se fue.

Yo quería oír más pero no me atrevía a pedirlo. Tal vez porque todos los demás estaban intentando olvidar. Tal vez porque tenía miedo. Cuando las lágrimas brotaban en los ojos de mamá yo me sorprendía a mí mismo queriendo mirar a otra parte como había hecho la señora Kubiac.

Además de sus criterios habituales acerca del lenguaje que permitía en la casa, había otra cosa que hizo que mi madre perdiera los nervios y echara a Dzia-Dzia de su sitio en la cocina. Se había vuelto muy sensible, sobre todo en lo concerniente a Dzia-Dzia, debido a lo que le había pasado a la madre de Shirley Popel.

La madre de Shirley había muerto hacía poco. Mi madre y Shirley eran amigas íntimas desde la escuela primaria y después del funeral Shirley había venido a casa y nos había contado toda la historia.

Su madre se había roto la cadera al caerse del bordillo mientras barría la acera de enfrente de su casa. Era una mujer que sonreía constantemente con una boca sin dientes y que, a decir de todo el mundo, tenía mucho aspecto de campesina. Después de cuarenta años en Estados Unidos apenas hablaba inglés y ni siquiera en el hospital se avino a quitarse su babushka.

Todo el mundo la llamaba Babushka, o la forma corta Babush, que quiere decir ‘abuela’, incluso las monjas del hospital. Además de la cadera rota, Babush cogió neumonía. Una noche el médico llamó a Shirley para decirle que Babush había empeorado de repente. Shirley fue al hospital de inmediato y llevó con ella a su hijo de trece años, Rudy. Rudy era el favorito de Babushka y Shirley confiaba en que verlo le insuflaría a la abuela el deseo de vivir. Era un sábado por la noche y Rudy iba vestido para tocar en su primer baile. Quería ser músico y llevaba una ropa que se había comprado con el dinero ahorrado repartiendo periódicos. Se la había comprado en el Smoky Joe’s de Maxwell Street: mocasines de ante azul, calcetines de color azul eléctrico, traje amarillo limón de solapa vuelta con hombreras y pantalones de pinzas y camisa de satén de color esmeralda. A Shirley le parecía que estaba majo.

Cuando llegaron al hospital encontraron a Babush conectada a unos tubos y respirando oxígeno.

—Mamá —dijo Shirley—. Ha venido Rudy.

—Rudish —dijo Babush—. Vas vestido como un negro. —De repente se le pusieron los ojos en blanco. Se dejó caer hacia atrás, tragó saliva y se murió.

—Y aquéllas fueron las últimas palabras que nos dijo, Ev. —Lloraba Shirley—. Las palabras que nos acompañarán el resto de nuestras vidas, pero sobre todo al pobrecito Rudy: «Vas vestido como un negro».

Durante las semanas que siguieron a la visita de Shirley, no importaba quién llamara, mamá le explicaba aquella historia por teléfono.

—Ésa no va a ser la clase de últimas palabras que se van a oír en esta familia si puedo evitarlo —prometió más de una vez, como si aquélla fuera una posibilidad real—. Por supuesto —añadía a veces—, Shirley siempre ha dejado que Rudy hiciera lo que le daba la gana. No me parece precisamente majo que un chico vaya a visitar a su abuela al hospital vestido como un maleante.

Fueran cuales fueran las últimas palabras de Dzia-Dzia, se las guardó para sí mismo. Su silencio, sin embargo, se había roto. Tal vez en su mente aquello fuera una derrota que lo llevaba de ser un fracasado a ser un fracasado total. Regresó a la cocina como un fantasma rondando su antigua silla. Un fantasma que se aparecía siempre que yo estaba solo practicando caligrafía.

Nadie más pareció percibir el cambio, pero quedó claro por el hecho de que dejó de bañarse los pies. Mantuvo la farsa de quedarse sentado allí con los pies en el cubo. El cubo lo acompañaba de la misma forma en que los fantasmas arrastran cadenas. Pero ya no seguía el ritual de hervir el agua: hervirla hasta que la tetera chillaba pidiendo compasión, verter tanta agua que el linóleo se encharcaba y una nube de humo lo envolvía, y por fin dejar caer la tableta que soltaba aquellos furiosos borbotones rosáceos y desprendía un olor vagamente metálico como el de un termómetro roto.

Sin su cubo humeante, las ventanas empañadas se despejaron. El edificio de la señora Kubiac se levantaba un piso por encima del resto de la manzana. Desde nuestra ventana en el cuarto piso yo podía mirar los tejados a nuestro mismo nivel y ver cómo la nieve se acumulaba en ellos antes de llegar a la calle.

Me senté en un extremo de la cocina copiando las palabras que iban a salir en el test de ortografía del día siguiente. Dzia-Dzia se sentó en el otro, murmurando sin parar, como si finalmente fuera libre para esclarecer todo el embrollo del pasado que nunca había mencionado: guerras, revoluciones, huelgas, viajes a lugares extraños, todo mezclado, y para hablar de música, sobre todo de Chopin.

—Chopin —susurró con voz ronca, señalando al techo con la misma reverencia con que las monjas señalan el paraíso. Luego cerró los ojos y los orificios nasales se le abrieron como si estuviera inhalando la fragancia del sonido.

A mí me sonaba igual, el mismo retumbar y los mismos golpes amortiguados que llevábamos oyendo desde que Marcy había vuelto a casa. Notaba la intensidad de los crescendos que hacían rechinar la cubertería, pero nunca se me ocurrió preguntarme qué estaría tocando. Lo que importaba era que la oía tocar todas las noches, sentía su interpretación en el piso de arriba casi como si estuviera en nuestro apartamento. Así de cerca parecía.

—Todas las noches Chopin. Es lo único en que piensa, ¿no?

Yo me encogí de hombros.

—¿No lo sabes? —susurró Dzia-Dzia como si yo estuviera mintiendo y él me estuviera siguiendo la corriente.

—¿Cómo lo voy a saber?

—Y supongo que tampoco conoces el Grande Valse Brillante cuando lo oyes, ¿verdad? ¿Cómo ibas a saber que Chopin tenía veintiún años cuando lo compuso? Más o menos la misma edad que la chica de arriba. Lo compuso en Viena, antes de ir a París. ¿No os enseñan eso en la escuela? ¿Qué estudias?

—Ortografía.

—¿Cómo se escribe dummkopf?

La música del piano penetraba en oleadas en la cocina templada y yo me concentraba en las palabras de mi ejercicio de ortografía, y después en escritura. Yo hacía recuperación de caligrafía. Practicar caligrafía por las noches era como hacer fisioterapia. Mientras me concentraba en el trazado correcto de las letras mi mano izquierda manchaba de grafito las hojas sueltas de papel.

Ahora que hablaba, Dzia-Dzia ya no parecía contentarse con sentarse y escuchar en silencio. Interrumpía todo el tiempo.

—Eh, zurdo, para de escribir con la nariz. Escucha cómo toca.

—No muevas la mesa, Dzia-Dzia.

—¿Conoces ésta? ¿No? Es el Valse Brillante.

—Creía que era la otra.

—¿Qué otra? ¿La que era en mi bemol? Ésa era el Grande Valse Brillante. Ésta es en la bemol. Hay otra en la bemol, el Opus cuarenta y dos. Se llama Grande Valse. ¿Lo entiendes?

Siguió parloteando acerca del mi bemol y el la bemol y de los sostenidos y los opus y yo volví a mis emes mayúsculas. Mis deberes consistían en escribir quinientas emes. Volvía a fracasar en caligrafía y mi mano izquierda, como de costumbre, se llevaba las culpas que no merecía. El problema con la eme mayúscula no era mi mano. Era que nunca habían logrado convencerme de que las letras pudieran tener todas la misma anchura. Cuando yo escribía, la eme mayúscula automáticamente me salía el doble de ancha que la ene y la hache, y éstas el doble que la jota.

—Éste era el vals favorito de Paderewski. Ella lo toca como un ángel.

Yo asentí, mirando mis deberes con desesperación. Había cometido el error de conectar las emes mayúsculas formando largos ramales. Ahora las letras me silbaban en la cabeza, ahogando la música, y me pregunté si no habría estado silbando en voz alta.

—¿Quién es Paderewski? —le pregunté, pensando que podía ser uno de los viejos amigos de Dzia-Dzia, tal vez de Alaska.

—¿Sabes quiénes son George Washington, Joe DiMaggio y Walt Disney?

—Claro.

—Me lo imaginaba. Paderewski era como ellos pero tocaba a Chopin. ¿Lo entiendes? Fíjate, zurdo, en el fondo sabes mucho más de lo que crees.

En lugar de ir al salón a leer tebeos o a jugar con mis vaqueros mientras mi madre permanecía enfrascada en sus cursos por correspondencia, empecé a pasar más tiempo en la mesa de la cocina y a quedarme haciendo deberes como excusa. Mi ortografía empezó a mejorar y por fin se encaminó a la perfección. La inclinación de mi caligrafía giró hacia la derecha. Empecé a oír melodías en lo que hasta entonces me habían parecido escalas lejanas.

Todas las noches Dzia-Dzia me hablaba de Chopin. Me describía los preludios, las baladas o las mazurcas, de forma que aunque no los hubiera oído me los podía imaginar, sobre todo los favoritos de Dzia-Dzia, los nocturnos, temblando como estanques oscuros.

—Está intentando sacar los valses —me explicó Dzia-Dzia, hablando como de costumbre en su voz baja y ronca como si estuviera llevando a cabo una explicación confidencial—. Es joven pero ya conoce el secreto de Chopin: un vals puede decir más sobre el alma que un himno.

Cuando llegaba la hora de irme a la cama, la mesa ya temblaba tanto que era imposible seguir practicando caligrafía. Delante de mí, Dzia-Dzia, con el pelo, las cejas y los mechones de las orejas encrespados y blancos, se balanceaba en su silla con los ojos fuertemente cerrados y una mueca de éxtasis en la cara mientras aporreaba la mesa con los dedos. Golpeaba la mesa en toda su anchura, inclinando el cuerpo y agitándolo mientras sus dedos recorrían el teclado imaginario. La mano izquierda aporreaba los acordes que hacían rechinar la cubertería y la derecha volaba a toda prisa a través del hule raído. Sus pies golpeaban el cubo vacío. Si yo lo miraba y luego cerraba los ojos, me parecía que estaban sonando dos pianos.

Una noche, Dzia-Dzia y Marcy tocaron de tal forma que pensé que en cualquier momento la mesa se iba a romper y el techo se iba a hundir. La bombilla empezó a parpadear en la lámpara del techo y luego se apagó. El piso entero quedó a oscuras.

—¿Se ha ido la luz ahí también? —gritó mamá desde el salón—. No os preocupéis, debe de ser un fusible.

Las ventanas de la cocina brillaban con el resplandor de la nieve. Miré afuera. Todos los edificios de la calle Dieciocho estaban a oscuras y las farolas se habían apagado. Asperjando alas de nieve, una máquina quitanieve con las luces amarillas girando desapareció por la calle Dieciocho como un último chisporroteo de electricidad. No había tráfico. La manzana parecía desierta, como si la ciudad entera hubiera sido abandonada. La nieve llenaba el vacío. Sus copos enormes flotaban suavemente entre los edificios a oscuras, cubriendo las salidas de incendios, mientras en los tejados la ventisca se elevaba hacia las nubes.

Marcy y Dzia-Dzia no dejaron de tocar.

—Michael, ven aquí con la estufa, o si te quedas ahí, enciende los fogones —dijo mi madre.

Encendí los fogones de la cocina. Se inflamaron en la oscuridad como coronas azules de llamas y proyectaron la sombra vacilante de Dzia-Dzia sobre las paredes. Dzia-Dzia inclinó la cabeza y elevó los brazos mientras aporreaba las notas. Las paredes y los cristales de las ventanas temblaban bajo las ráfagas del viento y la música. Me imaginé una lluvia de polvo de yeso cubriendo la cocina y una retícula de grietas extendiéndose por los platos.

—¿Michael? —me llamó mi madre.

—Estoy sacando punta al lápiz. —Me puse de pie con el afilador y lo accioné con tanta fuerza como pude. Luego me senté otra vez y seguí escribiendo. La mesa se balanceaba debajo de mi lápiz pero las letras se formaban perfectamente. Escribí palabras nuevas, palabras que nunca había oído antes pero cuyos significados me quedaban claros a medida que las escribía, como si estuvieran en otro idioma en el que las palabras se entendieran por su sonido, igual que la música. Después de que volviera la luz no conseguí recordar qué significaban y las deseché.

Dzia-Dzia se recostó nuevamente en su silla. Estaba ruborizado y se secó la frente con una servilleta de papel.

—Te ha gustado ésa, ¿no? —dijo—. A ver, ¿cuál era? —preguntó. Siempre me preguntaba lo mismo y poco a poco yo había empezado a reconocer las melodías.

—La polonesa —aventuré—. En la bemol mayor.

—Aaaah. —Negó la cabeza en gesto de decepción—. Crees que todo lo que tenga un poco de espíritu es La polonesa.

—¡El Estudio Revolucionario!

—Era un vals —dijo Dzia-Dzia.

—¿Cómo podía ser un vals?

—Un vals póstumo. ¿Sabes qué quiere decir póstumo?

—¿Qué?

—Quiere decir música de una persona que ya ha muerto. La clase de vals que acaba regresando del otro mundo. Chopin lo escribió para una joven a la que amaba. Mantuvo en secreto sus sentimientos pero nunca la olvidó. Tarde o temprano los sentimientos salen a la luz. Los muertos son tan sentimentales como todo el mundo. ¿Sabes lo que pasó cuando Chopin murió?

—No.

—Hicieron repicar campanas por toda Europa. Era invierno. Los prusianos las oyeron. Saltaron sobre sus caballos. Por entonces tenían caballería, no tanques, solamente caballos. Cabalgaron hasta la casa donde Chopin yacía en una cama junto a un gran piano. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y yeso secándosele sobre las manos y la cara. Los prusianos subieron las escaleras al trote y entraron al asalto en la habitación, arremetiendo con los sables. Los caballos se encabritaron y levantaron las patas delanteras. Despedazaron el piano y acuchillaron la música. Vertieron el queroseno de las lámparas y le prendieron fuego. Luego empujaron el piano de Chopin hasta la ventana: era uno de esos ventanales grandes que se abren y fuera tienen un pequeño balcón. El piano no cabía, así que siguieron empujando hasta hacerlo pasar, llevándose por delante una parte de la pared. Cayó tres pisos hasta la calle y cuando golpeó el suelo hizo un ruido que estremeció a la ciudad. Luego se quedó allí humeando. Los prusianos pasaron al galope por encima y se marcharon. Después, unos amigos de Chopin volvieron a hurtadillas, le sacaron el corazón y lo enviaron en un joyero para que lo enterraran en Varsovia.

Dzia-Dzia se detuvo y escuchó. Marcy había empezado a tocar de nuevo, algo muy delicado. Si me hubiera preguntado entonces qué estaba tocando, yo habría dicho que un preludio, el que se titulaba La gota de lluvia.

Escuchaba los preludios los sábados por la noche, sumergido hasta las orejas en el agua del baño. La música venía del piso de arriba por las cañerías y resonaba con tanta nitidez debajo del agua como si llevara puestos unos auriculares.

Descubrí otros lugares que transmitían la interpretación de Marcy. A veces las polonesas reverberaban por un viejo sumidero de basuras cubierto por el papel de las paredes del comedor. Incluso en el salón, siempre que no hubiera nadie escuchando la radio o pasando las páginas del periódico, era posible oír un vago rastro de las mazurcas junto a la pared condenada en donde el conducto de la estufa desaparecía en lo que antaño había sido una chimenea. Y cuando salía a jugar al rellano, abrigado como si fuera a escalar los ventisqueros amontonados en la calle Dieciocho, oía el eco del piano por los corredores. Empecé a aventurarme cada vez más en las escaleras que llevaban al piso de arriba, hasta que llegó un momento en que prácticamente escuchaba delante de la puerta de la señora Kubiac, listo para salir corriendo si se abría de pronto, confiando en poder encontrar una excusa si me sorprendían allí y al mismo tiempo casi deseando que me pillaran.

No le mencioné a Dzia-Dzia que había subido las escaleras, ni tampoco ninguno de los sitios de escucha que había descubierto. Nunca parecía interesado en ningún sitio que no fuera la mesa de la cocina. Era como si estuviera pegado a la silla y hubiera echado raíces en el cubo.

—¿Ya te vas? ¿Adónde vas con tanta prisa? —me preguntaba al final de todas las veladas, no importaba lo tarde que fuera, cuando yo dejaba el lápiz y empezaba a guardar los libros en la cartera.

Yo lo dejaba allí sentado, con los pies en el cubo vacío, y los dedos, cubiertos de los mismos mechones blancos que le salían de las orejas, todavía dibujando arpegios sobre la mesa, aunque Marcy ya hubiera dejado de tocar. No le había contado que últimamente desde mi habitación, cuando ya todo el mundo se había ido a dormir, a veces la oía tocar con tanta claridad como si estuviera sentado a sus pies.

Marcy cada vez tocaba menos, sobre todo después de la cena, que había sido su hora habitual de tocar.

Dzia-Dzia seguía haciendo temblar la mesa por las noches, con los ojos cerrados y el pelo alborotado, aporreándola con los dedos, pero sus golpes sobre el hule ya eran el único sonido además de su respiración, rítmica y trabajosa, como si estuviera teniendo un sueño o subiendo unas escaleras.

Al principio no me di cuenta pero aquellos solos de Dzia-Dzia marcaron el inicio de su regreso al silencio.

—¿Qué está tocando la chica, zurdo? —preguntaba con más insistencia que nunca, como si todavía necesitara comprobar que yo lo sabía.

Lo habitual era que ahora yo sí lo supiera. Pero al cabo de un tiempo me di cuenta de que ya no me estaba poniendo a prueba. Lo preguntaba porque el sonido cada vez le llegaba más lejano. Parecía capaz de sentir el latido de la música pero ya no distinguía las melodías. Al preguntarme, tal vez confiaba en que si sabía lo que Marcy estaba tocando pudiera oírlo con más claridad.

Luego empezó a preguntarme qué era lo que estaba tocando cuando Marcy no tocaba.

Yo me inventaba las respuestas:

—La polonesa… En la bemol mayor.

—¡La polonesa! Siempre dices lo mismo. Presta más atención. ¿Estás seguro de que no es un vals?

—Tienes razón, Dzia-Dzia. Es el Grande Valse.

—¿El Grande Valse? ¿Y ése cuál es?

—En la bemol, Opus cuarenta y dos. El favorito de Paderewski, ¿te acuerdas? Chopin lo escribió cuando tenía veintiún años, en Viena.

—¿En Viena? —preguntó Dzia-Dzia, luego dio un puñetazo en la mesa—. ¡No me digas los números y las letras! ¡La bemol, fa sostenido, Opus cero, Opus mil! ¿A quién le importa? ¡Haces que parezca un bingo en lugar de Chopin!

Nunca estaba seguro de si no podía oír porque no se acordaba o si no se acordaba porque no podía oír. En apariencia todavía oía bien.

—Para de hacer ruido con ese lápiz todo el tiempo, zurdo, y así no tendré que preguntarte qué es lo que está tocando —se quejaba.

—Oirías mejor, Dzia-Dzia, si quitaras la tetera del fogón.

Estaba regresando a su ritual de hervir agua. La tetera pitaba como una sirena. Las ventanas se empañaban. Los tejados y el cielo desaparecían detrás de una capa de vapor. El vapor formaba halos en torno a las bombillas del techo. El olor vagamente metálico de las tabletas rosáceas y borboteantes se notaba cada vez que uno respiraba.

Marcy ya no tocaba casi nunca. Lo poco que tocaba sonaba apagado y lejano como si lo filtrara aquella neblina. A veces, mirando por las ventanas empañadas, me imaginaba que la calle Dieciocho tenía aquel aspecto, con halos de vapor rodeando las farolas y los faros de los coches, nubes formándose alrededor de los tubos de escape y las bocas de alcantarilla, la respiración de los transeúntes elevándose en forma de penachos de vapor y la nieve revoloteando como humo blanco.

Todas las noches el agua silbaba en el pitorro de la tetera como si saliera de una válvula quemada, haciendo un ruido sordo mientras llenaba el cubo y desbordándose hasta caer sobre el linóleo combado. Dzia-Dzia permanecía sentado, con los tobillos huesudos sumergidos a medias y los pantalones remangados en las rodillas. Volvía a llevar dos trajes, uno encima del otro, señal segura de que estaba a punto de ponerse en marcha de nuevo y desaparecer sin decir adiós. Los dedos de su mano izquierda seguían tamborileando inconscientemente sobre la mesa mientras sus pies permanecían en el agua. El vapor ascendía por las arterias de sus piernas escaldadas, flotaba en su regazo, mojaba los botones de sus dos chalecos y reseguía su bigote y los mechones de pelo blanco hasta envolverlo por completo. Permanecía sentado dentro de una nube, con la mirada vidriosa y adormecida.

Empecé a acostarme temprano. Dejaba mis deberes sin acabar, le daba un beso de buenas noches a mi madre y me iba a mi cuarto.

Mi habitación era pequeña y apenas tenía sitio para algo más que la cama y el escritorio. Pero no tan pequeña como para que no hubiera cabido Dzia-Dzia. Tal vez, si le hubiera dicho que Marcy tocaba ahora casi todas las noches después de que todo el mundo se fuera a dormir, Dzia-Dzia no habría vuelto a llenar la cocina de vapor. Me sentí culpable pero ya era demasiado tarde, y cerré la puerta deprisa antes de que el vapor entrara en mi habitación y me empañara la ventana.

Era una ventana de una sola hoja. Yo podía tocarla desde el pie de la cama. Comunicaba con un conducto de ventilación triangular empotrado y daba al tejado del edificio de al lado. Años atrás un niño de mi edad llamado Freddy había vivido en aquel edificio, de forma que todavía lo llamábamos el tejado de Freddy.

La ventana de Marcy estaba encima de la mía. La música me llegaba con tanta nitidez como Marcy decía que le había llegado mi llanto. Cuando cerraba los ojos me imaginaba sentado en la alfombra oriental junto a su enorme piano. El conducto de ventilación amplificaba la música igual que antes había amplificado las discusiones entre el señor y la señora Kubiac, sobre todo los gritos durante las noches posteriores a la marcha del señor Kubiac, noches en que volvía borracho y trataba de instalarse allí nuevamente. Discutían sobre todo en bohemio, pero cuando el señor Kubiac empezaba a pegarle, la señora Kubiac chillaba en inglés:

—¡Ayuda! ¡Policía! ¡Que alguien me ayude! ¡Me está matando!

Al cabo de un rato la policía solía venir y se llevaba al señor Kubiac. Creo que a veces era mi madre quien los llamaba. Una noche el señor Kubiac intentó enfrentarse a la policía y le dieron una paliza terrible.

—¡Lo están matando delante de mis ojos! —empezó a gritar la señora Kubiac.

El señor Kubiac logró escaparse y, perseguido por la policía, corrió por los pasillos del edificio aporreando las puertas, suplicando a la gente que le abriera. También llamó a nuestra puerta. Nadie en todo el edificio le dejó entrar. Aquélla fue su última discusión.

Siempre hacía frío en la habitación. Yo me metía todavía vestido debajo de la piersyna rellena de plumas de oca para ponerme el pijama. Habría hecho más calor si hubiera entreabierto un poco la puerta, pero la mantenía cerrada por el vapor. La ventana empañada de mi habitación me recordaba demasiado al invierno en que había tenido neumonía. Era uno de mis primeros recuerdos: el silbido borboteante del vaporizador y el olor a benzoína mientras yo yacía hundido en las almohadas, viendo cómo el vapor se condensaba y se convertía en escarcha en el cristal de la ventana hasta que la luz del sol se desdibujaba. Recuerdo que una vez intenté rascar la capa de escarcha con la llave de un ratón de cuerda para ver cuánta nieve había caído y que mi madre me pilló. Se puso furiosa porque yo había salido del calor de las mantas y me preguntó si quería curarme o ponerme peor y morirme. Más tarde, cuando le pregunté al doctor Shtulek si me estaba muriendo, me puso el estetoscopio en la nariz y escuchó.

—Todavía no —me dijo, sonriendo.

El doctor Shtulek venía a menudo para ver cómo respiraba. Su estetoscopio estaba frío igual que el resto de instrumentos de su bolsa. Pero a mí me caía bien, sobre todo cuando desenchufó el vaporizador.

—Ya no necesitamos esto —explicó.

La noche parecía muy tranquila sin su jadeo continuo. Desde la calle Dieciocho llegaba el traqueteo de las cadenas para la nieve y el rascar de las palas. Tal vez aquélla fue la primera vez en que oí a Marcy practicar escalas. Para entonces ya me había acostumbrado a dormitar de día y a permanecer despierto de noche. Empecé a gatear por debajo de mi piersyna como si fuera un túnel hasta la ventana para rascar la capa de escarcha. Rascaba durante noches enteras, siempre con miedo de volver a caer enfermo por desobedecer. Por fin pude ver la nieve en el tejado de Freddy. Algo había cambiado mientras yo estaba enfermo: habían puesto un cortavientos encima de la chimenea que a veces desviaba el humo hacia nuestro piso. En la oscuridad parecía que en aquel tejado hubiera alguien con un sombrero antiguo. Yo me imaginaba que era un soldado alemán. Había oído que el casero de Freddy era alemán. El soldado estaba en posición de firmes pero su cabeza giraba lentamente hacia atrás y hacia delante con cada ráfaga de viento. La nieve caía de lado sobre el tejado y él resistía el embate de las ráfagas, fumando un puro. De la punta salían chispas. Cuando se giraba por completo y miraba en mi dirección con su cara sin rasgos, yo me volvía a esconder debajo de la piersyna, regresaba por el túnel hasta mi almohada y fingía que estaba dormido. Me parecía que una persona dormida despertaba más compasión que una despierta. Me quedaba inmóvil, temeroso de que el soldado estuviera marchando por el tejado para observarme a través de los agujeros que yo había rascado en la escarcha de la ventana. Fue una noche como aquélla cuando oí llorar a mi madre. Iba de habitación en habitación llorando como yo nunca había oído llorar a nadie. Debí de llamarla porque entró en mi habitación y me arropó con las mantas.

—Todo irá bien —susurró—. Vuelve a dormir.

Se sentó en mi cama, cerca de los pies para poder mirar por la ventana, y lloró en voz baja hasta que le empezaron a temblar los hombros. Yo fingía que estaba dormido. Lloró de aquella manera durante muchas noches después de que a mi padre lo mataran. No era a mí a quien Marcy oía, sino a mi madre.

Solamente después de que Marcy empezara a tocar de madrugada me acordé de mi madre llorando. En mi habitación, con la puerta cerrada para que no entrara el vapor, me parecía que estaba tocando sólo para mí. Yo me despertaba escuchando y me daba cuenta gradualmente de que la música había estado sonando mientras yo dormía y que mis sueños se habían estado conformando a ella. Durante las últimas semanas de aquel invierno Marcy solamente tocó nocturnos. A veces parecían viajar por encima de los tejados, pero casi siempre tocaba tan bajo que únicamente el conducto de ventilación me permitía oírlos. Yo me sentaba acurrucado bajo las mantas junto a la ventana para escuchar y miraba las dunas blancas del tejado de Freddy. El soldado había desaparecido hacía mucho tiempo con su casco oxidado. El humo se elevaba sin cortavientos que lo desviara. Por el aire flotaban copos negros con los extremos incandescentes como nieve ardiendo. El hollín, la música y las ráfagas de nieve desprendida de los montones sacudían el cristal de la ventana. Incluso cuando los carámbanos empezaban a deshacerse y las calles a convertirse en ríos parduzcos de nieve fangosa, la ventisca continuaba en el conducto de ventilación.

Marcy desapareció en cuanto el tiempo empezó a mejorar. Dejó una nota que decía: «Mamá, no te preocupes».

—Y nada más —dijo la señora Kubiac, desplegando la nota para que la viera mi madre—. Ni siquiera «con cariño». Ni siquiera la ha firmado con su nombre. Todo el tiempo que le estuve diciendo «haz algo» se lo pasó tocando el piano, y ahora que hace algo, ya es demasiado tarde, a no ser que vaya al carnicero. Ev, ¿qué tengo que hacer?

Mi madre ayudó a la señora Kubiac a llamar a los hospitales. Todos los días llamaban a la morgue. Al cabo de una semana, la señora Kubiac llamó a la policía y cuando quedó claro que no podían encontrar a Marcy, igual que no habían sido capaces de encontrar a Dzia-Dzia, la señora Kubiac empezó a llamar a gente de Nueva York: profesoras, antiguas compañeras de habitación, caseros. Usaba nuestro teléfono. «Descontadlo del alquiler», nos decía. Por fin, la señora Kubiac se fue a Nueva York en persona a buscar a Marcy.

Cuando volvió de Nueva York parecía cambiada, como si la fatiga hubiera disipado su frenesí. Su pelo era de un tono distinto del gris que no dejaba ver que alguna vez había sido rubio. Tenía los hombros encorvados cuando bajaba las escaleras de camino a las novenas. Ya nunca bajaba a nuestro piso a tomar el té y charlar durante largos ratos. Pasaba gran parte de su tiempo en la iglesia, indistinguible entre las demás mujeres de su mismo país, habituales de la misa de réquiem matinal, todas con babushkas y vestidas de negro como una cofradía de viudas, entonando interminables letanías plañideras delante del altar lateral de la Virgen Negra de Czestochowa.

Cuando por fin llegó una carta de Marcy, explicando que todo aquel tiempo había estado viviendo en el South Side en un vecindario de negros cerca de la universidad, y que tenía un hijo al que había llamado Tatum Kubiac —«Tatum» por un famoso pianista de jazz— ya pareció no importar gran cosa. La señora Kubiac los visitó una vez pero no volvió a hacerlo. La gente ya había aprendido a no mirarla cuando se mencionaban ciertos temas: hijas, nietos, música. Ella misma había aprendido a no mirarse a sí misma. Después de visitar a Marcy intentó vender el piano pero los de las mudanzas no supieron cómo bajarlo por la escalera ni tampoco pudieron imaginar cómo lo habían subido.

Hizo falta tiempo para que la música se apagara. Yo todavía oía fragmentos por el conducto de ventilación, detrás de las paredes y los techos, debajo del agua del baño. Los ecos viajaban por las cañerías y los sumideros, los tiros cegados de chimeneas y los pasillos a oscuras. El edificio de la señora Kubiac parecía lleno de pasadizos secretos. Y cuando la música desapareció por fin, sus canales permanecieron, sin transmitir nada más que silencio. No el silencio común de la ausencia, sino un silencio puro más allá de la ensoñación y del recuerdo, tan intenso como la música a la que reemplazaba, y que, igual que la música, tenía el poder de cambiar a cualquiera que lo escuchaba. Acallaba el ajetreo apiñado del viejo edificio. Siempre había estado ahí detrás de los chirridos, las corrientes de aire y los portazos, detrás de la estática de la radio, del ruido de la cisterna del retrete, los pasos y el crepitar de la sartén, detrás del ruido de los aspiradores, las teteras y los bebés, y de las voces con sus retales de conversaciones, discusiones y risas que salían flotando de los pisos donde la gente se encerraba con todas sus intimidades. Incluso cuando ya no echaba de menos a Marcy, seguía oyendo el silencio que había dejado detrás.

Traducción de Javier Calvo