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jueves, 1 de diciembre de 2016

EL PRIMER AMOR DE TARZÁN



Edgard Rice Burroughs

Tendida voluptuosamente a la sombra, en la floresta de la selva tropical, Teeka presentaba una preciosa imagen de juvenil belleza femenina. Al menos, así se lo parecía a Tarzán de los Monos, que la contemplaba desde la altura de la oscilante rama de un árbol próximo, donde permanecía sentado en cuclillas.
Cualquiera que le hubiese visto allí habría tomado a Tarzán por la reencarnación de algún semidiós antiguo. Su atlético cuerpo se mecía en actitud de relajado abandono sobre la rama de aquel gigante de la jungla, mientras los rayos del sol ecuatorial se filtraban a través de la verde y tupida fronda para salpicar de brillantes motas de luz la bronceada piel. Tenía inclinada la cabeza en absorta meditación, en tanto devoraba con los grises ojos, inteligentes y soñadores el objeto de su reverencia.
Nadie hubiera supuesto que, en su infancia, aquella criatura se amamantó en los pechos de una espantosa y peluda simia, ni que, desde que sus padres murieron en la cabaña construida en una pequeña cala, al borde de la selva, el muchacho no tuvo ni conoció más compañeros que los torvos machos y las gruñonas hembras de la tribu de Kerchak, el gran mono. Tarzán no recordaba haber tenido otros.
Y si alguien hubiese podido leer los pensamientos que bullían en el activo y saludable cerebro del joven hombre mono, los anhelos, deseos y pretensiones que le inspiraba la vista de Teeka, tampoco se habría sentido más inclinado a dar crédito al auténtico origen de Tarzán. Porque, sobre la única base de tales pensamientos, ni por lo más remoto se hubiera podido nunca espigar la verdad: que aquel mozo era hijo de una bellísima dama inglesa y que su padre fue un aristócrata británico de la más antigua alcurnia.
Para Tarzán de los Monos la verdad de su origen resultaba un misterio absoluto. Ignoraba que era John Clayton, lord Greystoke, con escaño en la Cámara de los Lores. No lo sabía pero, de saberlo, tampoco hubiera comprendido lo que representaba.
¡Sí, Teeka era una auténtica preciosidad!
Naturalmente, Kala había sido hermosa -la madre de uno siempre lo es-, pero la belleza de Teeka tenía algo especial, algo inefable que Tarzán empezaba a percibir de un modo ambiguo y nebuloso.
Durante años, Tarzán y Teeka habían sido compañeros de juegos. Y Teeka continuaba mostrándose juguetona y alegre mientras los machos de su edad se convertían con pasmosa rapidez en individuos ariscos y malhumorados. De plantearse Tarzán la cuestión, es probable que hubiese atribuido su creciente inclinación hacia la joven hembra al hecho de que, de todos los antiguos compañeros de barrabasadas, sólo Teeka y él seguían manteniendo vivo el deseo de divertirse, de jugar y hacer diabluras como antes.
Pero aquel día, mientras contemplaba a Teeka, se sorprendió al reparar en la belleza de sus facciones y de su figura: algo que hasta entonces no había hecho nunca, puesto que tales detalles nada tenían que ver con las aptitudes de Teeka para saltar ágilmente de un árbol a otro por las altas enramadas, en el curso de las persecuciones y juegos del escondite y demás que la fértil imaginación de Tarzán inventaba. El hombre mono se rascó la cabeza y deslizó los dedos por debajo de la espesa melena negra que enmarcaba su bien parecido rostro juvenil. Se rascó la cabeza y dejó escapar un suspiro. El descubrimiento de la belleza de Teeka se convirtió en súbito motivo de desesperación. Empezó a envidiar la espléndida capa de pelo que cubría el cuerpo de la hembra. A Tarzán, su propia piel tersa y bronceada le producía una aversión hija del disgusto y la repugnancia. Años antes alimentó la esperanza de que algún día su piel iba a recubrirse de pelo, como el que adornaba a sus hermanos, pero al final no tuvo más remedio que abandonar aquella grata ilusión.
Allí estaba la hermosa dentadura de Teeka, no tan grande como la de los machos, naturalmente, pero dotada de piezas fuertes y estupendas, comparadas con los débiles y blancos dientes de Tarzán. ¡Y las pobladas y ceñudas cejas, y la ancha y aplastada nariz, y los gruesos labios! Tarzán se había entrenado intentando poner la boca en forma de semicírculo, al tiempo que inflaba los carrillos y guiñaba los ojos repetida y rápidamente, pero tras una infinidad de esfuerzos inútiles llegó a la conclusión de que jamás conseguiría hacer aquello con la gracia irresistible que lograba Teeka.
Aquella tarde, mientras la observaba con ojos maravillados, un joven macho que rebuscaba con aire apático bajo la húmeda y enmarañada alfombra de vegetación medio putrefacta que cubría las raíces de un árbol próximo, a la caza de algún bicho comestible, se acercó a Teeka con torpes andares. Los demás miembros de la tribu de Kerchak deambulaban indiferentes por allí o descansaban tumbados en el suelo, sumidos en la modorra que les contaminaba el calor del mediodía de la selva ecuatorial. De vez en cuando, alguno de ellos había pasado por las proximidades de Teeka, pero Tarzán no le prestó atención. ¿Por qué, entonces, frunció el ceño y se le tensaron los músculos cuando vio que Taug se detenía delante de la joven hembra y luego se sentaba en cuclillas junto a ella?
A Tarzán siempre le había caído bien Taug. Desde niños compartieron juegos y travesuras. Solían agazaparse codo con codo a la orilla del agua, dispuestos los rápidos, ágiles y fuertes dedos para salir disparados y agarrar al Pisah, el pez, cuando este cauteloso morador de las frías profundidades acuáticas se remontaba hasta la superficie atraído por los insectos que Tarzán lanzaba a la laguna.
Juntos habían hecho mil trastadas a Tublat y amargado la existencia a Numa, el león. ¿Por qué, pues, se le erizaban a Tarzán los pelos de la nuca simplemente porque a Taug se le ocurriera ir a sentarse al lado de Teeka?
Desde luego, Taug ya no era el mono juguetón de otros tiempos. Cuando se le contraían los músculos faciales para dejar al descubierto sus formidables colmillos nadie imaginaba que estuviese del mismo talante zaragatero y retozón de que hacía gala cuando Tarzán y él se revolcaban por la hierba en sus simulacros de lucha a brazo partido. El Taug actual era un simio de tamaño impresionante, humor taciturno y expresión torva, tétrica, amenazadora. Sin embargo, Tarzán y él nunca habían llegado a pelearse.
El hombre mono observó durante varios minutos las maniobras que efectuó Taug para arrimarse a Teeka. Vio la ruda caricia con que la enorme zarpa del macho golpeó más que rozó el lustroso hombro de la mona y, entonces, Tarzán se deslizó al suelo como un felino y se encaminó hacia la pareja.
Al acercarse, contrajo hacia arriba el labio superior en una mueca que dejó al aire los dientes y de las profundidades de su pecho brotó un sordo y cavernoso gruñido. Taug alzó la cabeza. Parpadearon sus sanguinolentos ojos. Teeka se incorporó a medias y miró a Tarzán. ¿Acaso adivinaba la causa de la inquietud del hombre mono? ¿Quién lo sabe? De cualquier modo, era femenina, así que alargó la mano y rascó a Taug en la parte posterior de una de sus pequeñas y aplastadas orejas.
Tarzán vio aquel gesto y en ese preciso instante comprendió que Teeka había dejado de ser la enredadora compañera de juegos de una hora antes. Acababa de convertirse en un ser maravilloso -la criatura más maravillosa del mundo-, por cuya posesión Tarzán estaba presto a luchar a muerte contra Taug o con cualquier otro macho que se atreviera a disputarle su derecho de propiedad.
Agazapado, tensos los músculos y con uno de sus enormes hombros vuelto hacia el joven macho, Tarzán de los Monos se fue acercando paulatina y cautelosamente. Ladeado parcialmente el rostro, sus ojos grises, sin embargo, no se apartaron un segundo de Taug y, mientras se le iba aproximando, la profundidad y volumen de sus gruñidos no cesó de aumentar.
Taug se irguió sobre sus cortas piernas, erizado el pelo. Enseñaba ya los dientes. También avanzó cautelosamente, rígidas las extremidades inferiores, mientras respondía con los suyos a los gruñidos del hombre mono.
-Teeka pertenece a Tarzán -declaró éste mediante los sonidos guturales propios de los antropoides.
-Teeka es de Taug -contradijo el mono macho.
Thaka, Numgo y Gunto, alertados por los gruñidos de los dos jóvenes galanes, levantaron la cabeza medio displicentes, medio interesados. También estaban medio dormidos, pero aquello tenía todos los visos de lucha inminente. Algo que iba a interrumpir la monótona uniformidad de la vida que llevaban en la selva.
Colgada del hombro llevaba Tarzán la enrollada cuerda de hierbas y su mano empuñaba el cuchillo de monte de su padre, muerto mucho tiempo atrás y al que no llegó a conocer. En el minúsculo cerebro de Taug anidaba un gran respeto hacia la brillante y afilada hoja de metal que con tanta destreza sabía utilizar el hombre mono. Con ella había matado a Tublat, su feroz padre adoptivo, así como a Bulgani, el gorila. Taug no ignoraba aquellas hazañas, de modo que extremó sus precauciones en tanto giraba alrededor de Tarzán, a la espera de la oportunidad para lanzarse al ataque con garantías. Su menor corpulencia y la inferioridad de su armamento natural hacían al hombre mono precavido, de modo que siguió análoga táctica.
Durante cierto tiempo pareció que el altercado seguiría los mismos derroteros de la mayor parte de tales desavenencias entre miembros de la tribu y que uno de los contendientes acabaría por perder todo interés en la cuestión y se retiraría para dedicarse a cualquier otra actividad. Y ese pudo haber sido el final del asunto si el casus beli hubiera sido otro, pero Teeka estaba en la gloria, halagadísima por la atención que había despertado y por la circunstancia de que aquellos dos machos jóvenes se dispusieran a enzarzarse en violento combate por ella. En toda su breve existencia era la primera vez que le sucedía tan memorable acontecimiento. Había visto a otros machos pelear por hembras de más edad y en el fondo de su pequeño y selvático corazón anheló que llegase el día en que la hierba de la jungla enrojeciese con la sangre que se derramara en un combate a muerte por ella.
De modo que se puso en cuclillas y procedió a insultar profusa e indiscriminadamente a ambos admiradores. Les lanzaba pullas reprochándoles su cobardía y los insultaba aplicándoles los apelativos más humillantes, como Histah, la serpiente, o Dango, la hiena. Los amenazaba con llamar a Mumga para que los corriera a estacazos... Precisamente a Mumga, que era tan vieja que no podía subirse a los árboles y tan desdentada que tenía que alimentarse casi exclusivamente de plátanos y gusanos.
Los monos que presenciaban el espectáculo escuchaban a Teeka y le reían aquellas gracias. Taug estaba furioso. Acometió a Tarzán con súbita embestida, pero el hombre mono dio un salto lateral, esquivó el ataque y, con felina celeridad, giró en redondo y se plantó de nuevo frente a Taug. Al acercarse, enarbolaba el cuchillo de monte por encima de la cabeza; con la peor de las intenciones descargó un tajo al cuello de Taug. Éste hurtó el cuerpo con celérico regate y el filo del arma sólo le ocasionó un rasguño en el hombro.
El pequeño borbotón de sangre arrancó un agudo grito de placer a la encantada Teeka. ¡Ajá, aquello merecía la pena! Lanzó una mirada en torno, para comprobar si los demás habían sido testigos de aquella prueba de su popularidad. Helena de Troya nunca se sintió tan orgullosa como Teeka en aquel instante.
Si no hubiese estado tan absorta en su propia vanagloria es posible que hubiese percibido el susurro que produjeron las hojas del árbol al pie del cual se hallaba, un murmullo que no causaba el viento, dado que no circulaba el menor soplo de aire. Y de haber alzado la mirada, seguramente habría visto el estilizado cuerpo agazapado casi directamente encima de ella, así como los perversos ojos glaucos que la observaban con fulgor voraz en las pupilas. Pero Teeka no levantó la vista.
Al sentir la herida, Taug retrocedió y prorrumpió en una serie de pavorosos rugidos. Tarzán siguió acosándolo, cuchillo en ristre y con un diluvio de insultos y amenazas derramándose desde su boca. Teeka se apartó de debajo del árbol para mantenerse cerca de los contendientes.
La rama situada encima de la mona se combó y agitó levemente al deslizarse por ella el cuerpo del depredador al acecho. Taug se había detenido y se aprestaba a afrontar un nuevo asalto. La espuma cubría sus labios y de las mandíbulas descendían hilillos de baba. Erecto, baja la cabeza y extendidos los brazos, se preparaba para desencadenar un ataque y fajarse en una lucha cuerpo a cuerpo. Si lograra plantar sus poderosas manos sobre la suave y bronceada piel de su adversario habría ganado la batalla. Taug consideraba poco limpia la forma de combatir de Tarzán. Nunca se acercaba, su estilo consistía en saltar ágilmente de un lado a otro y mantenerse en todo momento fuera del alcance de los musculosos dedos de Taug.
Como hasta entonces el joven hombre mono sólo había jugado, sin medir nunca sus fuerzas con un mono macho adulto en una pelea de verdad, no estaba muy seguro de que fuera aconsejable poner a prueba sus músculos en un combate a muerte. No es que tuviera miedo, ya que el miedo era una emoción que desconocía de un modo absoluto. El instinto de conservación le aconsejaba andarse con cien ojos..., eso era todo. Sólo corría riesgos cuando lo consideraba necesario y, al presentarse tal circunstancia, no vacilaba ante nada.
Su propio sistema de lucha parecía más a tono con su constitución física y las armas con que le había dotado la naturaleza. Su dentadura, aunque fuerte y afilada, se encontraba en lamentable desventaja a la hora de competir con las formidables armas de ataque que constituían los colmillos de los antropoides. Con aquella táctica de saltos y movimientos rápidos alrededor del adversario, manteniéndose lejos del alcance de éste, y a base de utilizar diestramente el largo y afilado cuchillo de monte, Tarzán podía ocasionar infinitamente más castigo a su antagonista y al propio tiempo eludir muchas de las dolorosas y graves heridas que estaba seguro iba sufrir en el caso de caer en las garras de un mono macho.
Así, pues, Taug se lanzaba a la carga, embistiendo y mugiendo como un toro y Tarzán danzaba con ágiles pasos laterales, sin dejar de zaherir a su rival con burlones insultos, ni de clavarle de vez en cuando la punta del cuchillo.
En el transcurso de la pelea se daba alguna que otra tregua, durante la cual los contendientes interrumpían sus afanes bélicos, jadeaban, recobraban el aliento, hacían acopio de fuerzas y aguzaban el ingenio con vistas al modo de plantear el siguiente asalto. Durante una de esas pausas, la mirada de Taug rebasó casualmente la figura de su antagonista. Automáticamente, la expresión de Taug cambió de manera radical. La cólera desapareció de su rostro, sustituida por un gesto de pánico.
Al tiempo que profería un grito que todos los simios comprendieron al instante, Taug dio media vuelta y huyó a todo correr. No hizo falta preguntarle nada: su chillido anunciaba la cercana presencia del ancestral enemigo de los monos.
Lo mismo que los demás miembros de la tribu, Tarzán se aprestó a ponerse a salvo y en ese momento, mezclado con el rugir de la pantera, oyó el alarido de terror de una mona. Taug también lo oyó, pero no interrumpió su huida.
Con el hombre mono, sin embargo, las cosas fueron distintas. Miró por encima del hombro para comprobar si algún miembro de la tribu se veía acosado de cerca por el carnívoro y la escena que contemplaron sus ojos los llenó de espanto.
Era Teeka quien gritaba aterrada mientras corría a través del claro, hacia los árboles de la orilla opuesta, perseguida por Sheeta, la pantera, que acortaba terreno mediante gráciles saltos. Sheeta no parecía tener prisa. Tenía asegurada su buena ración de carne, puesto que aunque la mona alcanzase los árboles, no podría trepar hasta alcanzar la altura suficiente antes de ponerse a salvo de las garras de la pantera.
Tarzán comprendió que Teeka iba a morir. A gritos, indicó a Taug y a los otros machos que se apresuraran a acudir en auxilio de Teeka Simultáneamente, corrió en pos de la fiera y cogió la cuerda que llevaba al hombro. Tarzán sabía que, una vez soliviantados los grandes monos machos, ni siquiera a Numa, el león, le entusiasmaba, ni mucho menos, la idea de oponer sus colmillos a los de ellos. Le constaba, así mismo, que si todos los de la tribu decidían unánimemente lanzarse al ataque, a Sheeta, el enorme felino, le iban a faltar décimas de segundo para volver grupas, meterse el rabo entre las piernas y retirarse a toda velocidad.
Taug oyó los gritos, lo mismo que todos los demás, pero nadie acudió a echar una mano a Tarzán en la misión de salvar a Teeka, mientras Sheeta reducía velozmente la distancia entre ella y su presa.
Al tiempo que perseguía a la pantera, Tarzán no cesaba de gritarle, con la idea de apartarla de Teeka, de distraer la atención del felino lo suficiente para que la mona tuviese tiempo de ascender a las ramas altas, donde Sheeta no se atrevería a subir. Dedicó a la pantera todos los insultos que se le vinieron a la lengua, pero el carnívoro no estaba dispuesto a detenerse para entablar combate con él; a Sheeta se le había hecho la boca agua y su único interés era aquel exquisito bocado que casi tenía ya al alcance de sus dientes.
Tarzán no se encontraba muy lejos de la pantera, a la que ganaba terreno, pero la distancia de aquella carrera era tan corta que resultaba utópico pensar que atraparía al felino antes de que éste hubiese caído sobre Teeka Al tiempo que corría, el hombre mono volteaba la cuerda de hierba por encima de la cabeza. Temía errar el lanzamiento, porque la distancia era muy superior a los tiros que había efectuado hasta entonces. El trecho que le separaba de Sheeta era más o menos el de la longitud de la cuerda. Sin embargo, no existía más solución que aquella: intentarlo. Le era imposible de todo punto llegar a la altura de la pantera antes de que ésta alcanzase a Teeka Tenía que jugárselo todo a la carta del lanzamiento del lazo.
Y justo en el preciso instante en que Teeka se abalanzaba hacia la rama inferior de un árbol gigantesco y Sheeta acometía su salto largo y sinuoso en pos de la presa, los círculos de la cuerda de Tarzán se estiraron al surcar el aire rápidamente, dibujaron una larga y delgada línea recta mientras el lazo permanecía suspendido un segundo sobre la salvaje cabeza y las rugientes fauces de la pantera. Acto seguido, el lazo descendió y, limpia y certeramente, el nudo corredizo se ciñó en torno al rojizo cuello de Sheeta. Tarzán dio un tirón seco a la cuerda, tensó el nudo y afirmó los pies en el suelo, preparándose a afrontar la violenta reacción de la pantera cuando se sintiese atrapada.
Las crueles garras del felino arañaron el aire a escasos centímetros de las lustrosas posaderas de Teeka en el momento en que la cuerda se tensó y Sheeta se veía frenada bruscamente: un frenazo que la lanzó de espaldas contra el suelo. Pero se levantó como una exhalación, con los ojos echando chispas y la cola convertida en látigo fustigante, mientras de sus abiertas fauces brotaban espantosos rugidos de furia y decepción.
Sheeta vio al joven hombre mono, el culpable de su desconcierto, apenas a diez o doce metros, y se precipitó hacia él.
Teeka ya estaba a salvo. Tarzán lo comprobó mediante un rápido vistazo a la enramada del árbol que la mona había alcanzado en el último segundo. Pero Sheeta iba ahora a por él. Era una insensatez arriesgar la vida en un combate ocioso y desigual, del que no podía resultar nada positivo, ¿pero cómo eludir la batalla con aquel felino iracundo? Y en el caso de verse obligado a luchar, ¿qué probabilidades tenía de sobrevivir? A Tarzán no le quedó más remedio que admitir que su situación distaba mucho de ser apetecible. Los árboles estaban demasiado lejos como para albergar la esperanza de llegar a ellos a tiempo de esquivar al carnívoro. Empuñaba en la diestra el cuchillo de monte: un arrea insignificante, una nadería en comparación con las formidables hileras de dientes de que estaban dotadas las poderosas mandíbulas de Sheeta y las afiladas garras encajadas en sus acolchadas patas. A pesar de todo, el joven lord Greystoke les hizo frente con la misma valerosa resignación con que un intrépido antepasado suyo se lanzó a la derrota y la muerte en la colina de Senlac, cuando tuvo lugar la batalla de Hastings.
Desde la seguridad que les brindaban las ramas altas de los árboles, los grandes monos presenciaban el espectáculo, proyectaban sobre Sheeta los calificativos más insultantes y dirigían a Tarzán consejos y consignas, porque, naturalmente, el antecesor del hombre tiene muchos rasgos humanos. Teeka estaba aterrorizada. A gritos, apremiaba a los machos a que corrieran en auxilio de Tarzán, pero ellos estaban atareadísimos con otras ocupaciones más interesantes: asesorar a Tarzán y dedicar muecas a Sheeta. Al fin y a la postre, Tarzán no era un auténtico mangan, ¿por qué, entonces, debían arriesgar el pellejo intentando protegerle?
Sheeta casi se había echado encima de aquel cuerpo ágil y desnudo... y el cuerpo ya no estaba allí. Con todo lo rápido que era el felino, aquel muchacho mono todavía lo era más. Se apartó a un lado con celérico salto cuando las garras de la pantera daban la impresión de haber caído sobre él. Sheeta pasó de largo y fue a aterrizar más allá de la que creía presa segura, mientras ésta, tras el regate, se alejaba a la carrera, hacia la salvación del árbol más próximo.
La pantera se recobró prácticamente al instante, se revolvió y salió disparada en persecución del hombre mono, con la cuerda arrastrándose por el suelo. Al correr en pos de Tarzán, Sheeta rodeó un pequeño arbusto. Como obstáculo no sería gran cosa para ningún animal de la selva del tamaño y peso de la pantera... siempre y cuando no llevase tras de sí una cuerda alrededor del cuello. Lo malo para Sheeta fue justo esa cuerda, porque cuando el felino perseguía a Tarzán de los Monos, la cuerda se enredó en el arbusto y obligó a la pantera a detenerse en seco. Instantes después, Tarzán se hallaba a salvo en la copa de un árbol, a una altura a la que Sheeta no podía acceder.
Allí asentó sus reales el hombre mono, para dedicarse a arrojar trozos de rama e insultos diversos al indignado felino que tenía a sus pies. Los demás integrantes de la tribu se sumaron al bombardeo, lanzando cuantas ramitas y frutos duros tenían a su alcance, hasta que Sheeta, a base de frenéticos tirones y mordiscos, consiguió romper la cuerda. Durante unos segundos más la pantera se mantuvo allí erguida, mientras, uno tras otro, fulminaba con los ojos a los que la torturaban. Por último, emitió un rugido final de rabia, dio media vuelta y desapareció en la enmarañada y laberíntica espesura de la jungla.
Al cabo de media hora, la tribu volvía a estar en el suelo, entregada a la tarea de buscar alimento, como si no hubiese ocurrido nada susceptible de interrumpir la grisácea monotonía de su existencia. Tarzán había recuperado la mayor parte de su cuerda y se entretenía preparando un nuevo lazo, mientras Teeka permanecía en cuclillas a su lado, como evidente demostración de que lo había elegido por compañero.
Taug los observaba con sombrío resentimiento. Se les acercó una vez y Teeka le enseñó los colmillos y le gruñó, hostil recibimiento que Tarzán corroboró dejando al descubierto los incisivos y emitiendo otro gruñido. Pero Taug no buscó pelea. Pareció aceptar la decisión de la hembra, de acuerdo con la norma de la tribu, reconociendo que había salido derrotado en la lid por conquistar los favores de Teeka.
Más avanzado el día, reparada la cuerda, Tarzán partió en busca de caza, desplazándose por los árboles. Necesitaba consumir carne en mayor medida que sus compañeros y, mientras éstos se conformaban con una dieta a base de frutas, hierbas, escarabajos y otros insectos, que encontraban sin excesivo esfuerzo, Tarzán dedicaba una considerable cantidad de tiempo a la caza de animales cuya carne era la única que satisfacía los apetitos de su estómago y proporcionaba resistencia, vigor y fortaleza a sus poderosos músculos que de día en día se formaban bajo la tersa y suave textura de su piel bronceada.
Taug le vio alejarse y, como quien no quiere la cosa, mientras buscaba bichitos comestibles, se fue aproximando a Teeka poco a poco. Al final, cuando se encontraba a unos cuantos palmos de la hembra, le echó una mirada, con disimulo, y observó que la mona le estaba mirando apreciativamente, sin que su expresión denotara asomo alguno de enojo.
Taug abombó su enorme pecho, dio unas cuantas vueltas sobre sus cortas piernas y su garganta emitió una serie de extraños gruñidos. Curvó los labios para dejar al descubierto la dentadura. ¡Rayos, qué colmillos más espléndidos tenía! Teeka no pudo por menos que fijarse en ellos. También dejó que sus ojos se recrearan admirativamente en las hirsutas cejas de Taug y en su cuello corto y recio. Realmente, ¡qué criatura más hermosa era aquel macho!
Halagado por la expresión de indisimulada maravilla que percibió en los ojos de la hembra, Taug se dio unos paseos por delante de Teeka, con la altivez vanidosa propia de un pavo real. Empezó a hacer inventario mentalmente de sus cualidades y no tardó en compararlas con las de su rival.
Taug soltó un gruñido, porque no había parangón posible. ¿Cómo iba nadie a comparar su precioso pelaje con la repugnante piel lisa y desnuda de Tarzán? Después de contemplar las anchas y aplastadas napias de Taug, ¿cómo podía alguien encontrar belleza en aquella miseria de nariz que tenía el tarmangani? ¡Y los ojos de Tarzán! Puntitos horribles, rodeados de blanco y sin veta alguna de rojo en las órbitas. Taug tenía plena conciencia de que sus ojos sanguinolentos eran bonitos, porque los había visto reflejados en la espejeante superficie de muchas lagunas y charcas a las que fue a beber.
El macho siguió acercándose a Teeka hasta que, por último, acabó sentándose pegado a ella. Cuando, poco después, regresó Tarzán de su cacería vio a Teeka dedicada con alegre entusiasmo a la tarea de rascar la espalda de Taug.
El muchacho se sintió desazonado. Ni Taugh ni Teeka le vieron descolgarse de la enramada y entrar en el claro. Hizo una pausa momentánea, mientras los miraba; luego, tras esbozar un gesto cargado de tristeza, dio media vuelta y se perdió en el dédalo de la fronda festoneada de musgo del que había salido momentos antes.
Deseaba irse lo más lejos posible de la causa de su dolor. Eran los primeros ramalazos producto de un amor desdeñado y Tarzán no sabía a ciencia cierta qué era lo que le pasaba. Al principio pensó estar furioso con Taug, por lo que no acababa de entender por qué se alejaba de allí, en vez de entablar un combate a muerte con el que había destruido su felicidad.
También creyó estar indignado con Teeka, pese a lo cual la imagen de los numerosos encantos de aquella hembra preciosa no cesaba de acosarle, por lo que, a la luz del amor que sentía por ella, sólo podía considerarla la criatura más deseable del mundo.
El hombre mono anhelaba afecto. Hasta que la flecha envenenada de Kulonga atravesó el corazón selvático de Kala y acabó con la vida de la mona, ésta había representado para el niño inglés el único objeto de cariño que Tarzán de los Monos conoció durante toda su infancia.
A su feroz y salvaje manera, Kala adoraba a su hijo adoptivo y Tarzán correspondió a aquel afecto, aunque sus demostraciones externas no pasaran de ser las que podían esperarse por parte de cualquier otro animal de la jungla. Hasta que la perdió, el muchacho no tuvo plena conciencia de lo profundo que era el cariño que sentía hacia su madre, ya que siempre la consideró su única madre.
En el curso de las últimas horas había visto en Teeka la sustituta de Kala: alguien por quien luchar y por quien salir de caza, alguien a quien acariciar. Pero el sueño había saltado hecho trizas. En el pecho de Tarzán se había abierto una herida dolorosa. Se llevó la mano al corazón y se preguntó qué le ocurría. De una manera ambigua culpó a Teeka de aquel dolor. Cuanto más pensaba en Teeka tal como la viera momentos antes, acariciando a Taug, más se acentuaba aquel dolor que sentía en el pecho.
Tarzán sacudió la cabeza al tiempo que emitía un gruñido. A medida que se desplazaba a través de la selva, cuanto más se alejaba y cuanto más meditaba en sus errores, más cerca estaba de convertirse en misógino irredento.
Dos días después continuaba cazando en solitario... Se sentía muy triste y muy desdichado, pero conservaba la firme determinación de no volver a la tribu. No soportaría ver siempre juntos a Teeka y a Taug. Mientras se balanceaba en una rama gruesa, pasaron por debajo de él Numa, el león, y Sabor, la leona, uno junto a otro, y Sabor se inclinó sobre su compañero y le mordisqueó juguetonamente la mejilla. Una semicaricia. Tarzán suspiró y les lanzó un fruto seco.
Poco después encontró en su camino una partida de guerreros negros de Mbonga. Se disponía a echar el lazo al cuello de uno de ellos, que se encontraba a cierta distancia de sus compañeros, cuando despertó su interés la tarea a que estaban entregados los salvajes. Acababan de construir una jaula en el sendero y procedían a cubrirla con ramas frondosas. Una vez remataron los negros su labor, la jaula resultaba prácticamente invisible.
Tarzán se preguntó qué finalidad tendría aquella estructura y por qué, después de montarla, los guerreros se alejaron por el camino, de vuelta a su aldea.
Había transcurrido cierto tiempo desde la última vez que Tarzán visitó a los negros y, oculto en la enramada de los gigantes de la selva que permitían contemplar el interior de la empalizada, espió a sus enemigos, de entre los cuales había salido el asesino de Kala.
Pese a que los aborrecía con toda su alma, no por eso dejaba Tarzán de divertirse contemplándolos en su vida cotidiana dentro de la aldea, en especial cuando practicaban sus danzas, cuando las llamas de las hogueras multiplicaban su resplandor al quebrarse sobre los desnudos cuerpos de ébano, que saltaban, giraban y se contorsionaban en sus simulacros bélicos. Animado más bien por la esperanza de presenciar algún espectáculo de aquel estilo, Tarzán siguió a los guerreros en su regreso al poblado, pero esa vez sufrió una decepción, porque aquella noche no hubo danza.
En vez de baile, lo que vio Tarzán desde su encubierta atalaya arbórea, fue pequeños grupos de indígenas sentados en torno a minúsculas fogatas, que se entretenían comentando los acontecimientos de la jornada y, en los rincones más oscuros del recinto de la aldea, parejas aisladas que charlaban y reían. Observó que, en todos los casos, cada una de aquellas parejas la formaban un hombre y una mujer, jóvenes ambos.
Tarzán ladeó la cabeza, reflexionó y antes de conciliar el sueño, aquella noche, hecho un ovillo en la horqueta del gran árbol que dominaba el poblado, Teeka llenó sus pensamientos y poco después su sueño... Teeka y los muchachos negros que reían y charlaban con las muchachas negras.
Taug había salido a cazar solo y se había alejado un tanto del resto de la tribu. Avanzaba despacio por una senda de elefantes cuando descubrió de pronto que un montón de maleza obstruía el paso. Adentrado ya en la madurez, Taug era una bestia de naturaleza perversa y paciencia escasa. Cuando algo se interponía en su camino, en lo único que pensaba era en eliminarlo volcando sobre ello ferocidad y fuerza bruta, de modo que al tropezarse con aquella cortina de maleza que le impedía seguir adelante, trató de apartarla con un manotazo rabioso y un instante después se encontró en el interior de un extraño cubil que le vedaba el paso de manera firme y eficaz, por violentos que fuesen sus esfuerzos para abrirse paso.
Tras una infructuosa sesión de golpes y mordiscos, Taug acabó por caer de lleno en brazos de la cólera, pero eso tampoco le sirvió de mucho. Al final, no tuvo más remedio que convencerse de que lo mejor era darse por vencido y regresar por donde había llegado. Pero cuando se dispuso a hacerlo, ¡cuál no sería su disgusto al comprobar que, mientras bregaba por abatir la que tenía delante, otra barrera había caído a su espalda! Taug estaba atrapado. Luchó frenéticamente por liberarse, hasta que el agotamiento se apoderó de él. Todos sus esfuerzos fueron inútiles.
Por la mañana, una partida de indígenas salió de la aldea de Mbonga rumbo a la trampa construida el día anterior, mientras a través de las ramas de los árboles sobrevolaba por encima de ellos un joven gigante desnudo rebosante de curiosidad. Manu, el mico, parloteó y refunfuñó al paso de Tarzán y, aunque la figura familiar del hombre mono no le inspiraba miedo alguno, apretó más contra el suyo el oscuro cuerpo de la compañera de su vida. Tarzán se echó a reír al verlo, pero a su carcajada sucedió un súbito gesto de tristeza y un suspiro profundo.
Un poco más allá, un ave de alegre plumaje colorista aleteó pavoneándose ante los admirados ojos de su pareja, cuyas plumas eran de tonos menos brillantes. Tarzán tuvo la impresión de que en la jungla todo se combinaba para recordarle que había perdido a Teeka. Sin embargo, durante todos los días de su existencia había estado viendo aquellas mismas cosas, sin que le sugirieran ningún pensamiento fuera de lo normal.
Cuando los negros llegaron a la trampa, Taug se soliviantó de un modo aterrador. Sus manos aferraron los barrotes de aquella celda y los sacudieron con demencial frenesí, al tiempo que gruñía y rugía de manera escalofriante. Los negros se sintieron eufóricos, porque aunque no construyeron la trampa para que cayera en ella aquel peludo hombre arborícola, haberlo capturado los inundaba de contento.
Tarzán aguzó el oído al percibir la voz de un gran mono. Dio un rápido rodeo para situarse de cara al viento, que llegaba de la dirección de la trampa, y olfateó el aire para captar el olor del prisionero. No transcurrió mucho tiempo antes de que a sus delicadas fosas nasales llegara una emanación familiar que permitió a Tarzán identificar al prisionero con la misma certeza que si estuviese viendo a Taug con sus propios ojos. Sí, era Taug, y estaba solo.
Mientras se acercaba para averiguar qué pretendían hacer los indígenas con su prisionero, una sonrisa animó el semblante de Tarzán. Sin duda lo matarían inmediatamente. Tarzán volvió a sonreír. Ahora Teeka sería suya, puesto que nadie se atrevería a disputarle el derecho a la hembra. Vio que los guerreros negros retiraban la cortina de follaje que encubría la jaula, ataban cuerdas a ésta y luego la arrastraban en dirección a la aldea.
Tarzán estuvo observando la operación hasta que su rival se perdió de vista. Ni un segundo dejó Taug de golpear los barrotes de su celda ni de proferir rugientes y furibundas amenazas. El hombre mono dio media vuelta y emprendió un rápido regreso en busca de la tribu y de Teeka.
Durante el trayecto sorprendió una vez a Sheeta y a su familia en un claro de la selva invadido por la maleza. El enorme felino permanecía estirado en el suelo, mientras su compañera, con una pata sobre la cara de Sheeta, le lamía amorosamente la suave y blanca piel del cuello.
Tarzán aceleró el ritmo de marcha hasta que casi podía decirse que volaba a través de la selva. No tardó en llegar al punto donde estaba la tribu. Los vio antes de que ellos se percatasen de su llegada, porque entre todos los habitantes de la jungla, ninguno se desplazaba tan silenciosamente como Tarzán de los Monos. Avistó a Kamma y a su pareja que comían uno al lado del otro, con los peludos cuerpos rozándose. Localizó a Teeka, que se alimentaba a solas. No estaría mucho tiempo así, en solitario, pensó Tarzán, al tiempo que saltaba de la enramada y aterrizaba entre los monos.
Se produjo un conato de huida precipitada y el aire se colmó de gruñidos coléricos y amedrentados, porque Tarzán los sobresaltó con su inesperada irrupción. Pero había algo más que el mero susto y nerviosismo, porque los pelos de la nuca de los simios continuaban de punta un buen rato después de que hubieran constatado la identidad del hombre mono.
No se le escapó a Tarzán tal detalle, porque ya había observado con anterioridad que siempre que se presentaba inopinadamente, su aparición producía entre los miembros de la tribu un nerviosismo que los mantenía excitados durante un espacio de tiempo considerable. También había comprobado que todos y cada uno de ellos necesitaban convencerse de que era realmente Tarzán y tenían que olfatearle bien media docena de veces antes de tranquilizarse.
Tarzán se abrió paso entre ellos, en dirección a Teeka, pero cuando se acercaba a ella, la mona se retiró.
-Teeka -llamó el muchacho-, soy Tarzán. He venido por ti.
La mona se acercó, sin dejar de escrutarle atentamente. Por último, le olfateó, como si quisiera redoblar su certeza de que verdaderamente era él.
-¿Dónde está Taug? -quiso saber.
-Ha caído en poder de los gomanganis -respondió Tarzán-. Lo matarán.
En los ojos de Teeka vio Tarzán una expresión de amarga nostalgia, remachada luego por el dolor que reflejaron sus pupilas al enterarse del infausto destino que aguardaba a Taug. Pero la hembra se pegó a él y Tarzán, lord Greystoke, le pasó un brazo por los hombros.
Al hacerlo notó, con cierta sensación de inquietud, la extraña incongruencia que representaba aquel brazo de piel lisa y bronceada sobre el pelaje negro que cubría a su dama. Acudió a su mente la imagen de la pata de la compañera de Sheeta a través de la cara de la pantera macho: allí no había incongruencia de ninguna clase. Pensó en el pequeño abrazado a su pareja y en el modo absoluto en que uno parecía pertenecer, complementar al otro. Incluso el pájaro que exponía orgulloso la brillantez policroma de sus plumas guardaba una gran semejanza natural con su pareja, cuyo plumaje tenía tonos más apagados. Y Numa, aparte su enmarañada melena, era casi un duplicado perfecto de Sabor, la leona. Los machos y las hembras diferían, ciertamente, pero sus diferencias no eran tan acentuadas como las que existían entre Tarzán y Teeka.
Tarzán estaba desconcertado. Allí había algo que no encajaba. Dejó caer el brazo de encima del hombro de la mona. Despacio, muy despacio, se fue apartado de ella. Teeka le miró, inclinada lateralmente la cabeza. Tarzán se puso en pie y, erguido en toda su estatura, se golpeó el pecho con los puños. Levantó la cabeza hacia el cielo y abrió la boca. De la profundidad de sus pulmones se elevó el feroz y extraño grito desafiante del mono macho victorioso. Todos los miembros de la tribu volvieron la cabeza y lo contemplaron impelidos por la curiosidad. No sólo no había matado a nadie, sino que ni siquiera tenía adversario alguno al que sublevar hasta enloquecerlo de rabia con aquel alarido salvaje. No, no tenía la menor excusa, de forma que todos volvieron a sus afanes alimenticios, aunque sin dejar de espiarle con disimulo, no fuera caso que le entrase de pronto la ventolera asesina.
Como seguían observándole de reojo, al cabo de un momento le vieron saltar a la rama de un árbol próximo y perderse de vista engullido por la fronda. Casi instantáneamente, todos se olvidaron de él, incluida Teeka.
Los guerreros de Mbonga avanzaban lentamente hacia su poblado, sudorosos a causa del tremendo esfuerzo que exigía el traslado a rastras de la tosca jaula en que iba Taug. Se detenían con frecuencia a descansar. A cada movimiento el salvaje cuadrumano que habían atrapado reiteraba sus rugidos y amenazas, al tiempo que sacudía con incesante furia los barrotes de aquella celda móvil. Armaba una escandalera espantosa.
Los indígenas estaban a punto de concluir su trayecto y se tomaban el último descanso antes de emprender la etapa final que los llevaría al claro de la selva en que se alzaba su poblado. Unos pocos minutos más los hubieran llevado fuera de la arboleda, en cuyo caso no habría ocurrido lo que ocurrió.
Una figura silenciosa se trasladó a través de la enramada, por encima de los indígenas. Unos ojos agudos examinaron la jaula y contaron el número de guerreros. Y un cerebro inteligente, sagaz y osado calculó las probabilidades de éxito que tendría el plan que iba a poner en práctica.
Tarzán observó a los negros, tumbados a la sombra. Estaban exhaustos. Varios se habían quedado dormidos. Se les fue acercando sigilosamente y se detuvo inmediatamente encima de ellos. Ni una hoja se había agitado durante su avance. Esperó con la paciencia infinita del animal de presa. Sólo dos guerreros permanecían despiertos y uno de ellos empezaba ya a dar cabezadas.
Tarzán de los Monos se aprestó a entrar en acción y, mientras se preparaba, el indígena que aún no dormía echó a andar en dirección a la parte trasera de la jaula. El hombre mono lo siguió casi rozándole la cabeza. Taug miraba al guerrero y emitía sordos gruñidos. Tarzán temió que el antropoide despertase a los durmientes.
Mediante un susurro inaudible para el indígena, Tarzán pronunció el nombre de Taug y advirtió al simio que guardara silencio. Cesaron los gruñidos de Taug.
El negro se llegó a la parte posterior de la jaula y procedió a examinar los cierres de la puerta. No había terminado de hacerlo cuando la fiera que se encontraba encima de él abandonó la rama del árbol y cayó sobre su espalda. Unos dedos de acero rodearon la garganta del negro, sofocando el grito que iba a aflorar en los labios del aterrado indígena. Unos dientes implacables se hundieron en el hombro del hombre y unas piernas dotadas de enorme fuerza se ciñeron alrededor de su torso.
Frenéticamente empavorecido, el guerrero bregó para zafarse de aquel ser silencioso que se le había venido encima. Se tiró al suelo y rodó sobre sí mismo; pero los dedos seguían apretándole la garganta, cada vez con más fuerza, inflexibles en su presa mortal.
Por la abierta boca del hombre salía una lengua hinchadísima, mientras los ojos amenazaban con escapársele de las órbitas. Pero los implacables dedos continuaron aumentando la presión.
Taug era testigo mudo de la contienda. En su diminuto y salvaje cerebro sin duda se estaría preguntando qué motivo impulsaba a Tarzán a atacar al negro. Taug no había olvidado su reciente combate con el hombre mono ni la causa que lo motivara. De pronto, vio que el cuerpo del gomangani caía inerte. Un estremecimiento convulsivo lo agitó y luego se quedó inmóvil.
Tarzán se apartó de un salto de su víctima y corrió hacia la puerta de la jaula. Sus ágiles dedos actuaron rápidamente sobre las tiras de cuero que mantenían sujeta y cerrada la puerta. Taug no pudo hacer otra cosa que observar, no le era posible prestar la menor ayuda.
Por fin, Tarzán consiguió levantar la trampilla de la jaula cosa de sesenta centímetros y Taug salió arrastrándose de la prisión. De muy buena gana, el simio se habría precipitado sobre los negros dormidos para dar rienda suelta a su venganza, pero Tarzán se negó a permitírselo.
Lo que sí hizo el hombre mono fue introducir en la jaula el cuerpo del indígena y dejarlo apoyado contra los barrotes laterales. A continuación bajó la puerta y ligó de nuevo las correas, dejándolas tal como estaban antes.
Una sonrisa de felicidad iluminó su rostro mientras llevaba a cabo aquella tarea, porque una de las principales diversiones de Tarzán era amargar la vida a los negros de la aldea de Mbonga. Se imaginaba su terror cuando, al despertarse, encontraran el cadáver de su compañero dentro de la jaula en la que apenas hacía unos minutos dejaron al gran mono encerrado y con la puerta bien asegurada.
Tarzán y Taug treparon juntos a los árboles, con la peluda piel del simio rozando la tersa epidermis del lord inglés mientras se desplazaban hombro con hombro a través de la selva primitiva.
-Vuelve junto a Teeka dijo Tarzán-. Es tuya. Tarzán no la quiere.
-¿Tarzán ha encontrado otra hembra? -preguntó Taug.
El muchacho se encogió de hombros.
-Para el gomangani hay otra gomangani -dijo-. Numa, el león, tiene a Sabor, la leona; Sheeta tiene una hembra de su propia especie; lo mismo que Bara, el ciervo, y Manu, el mico... Todos los animales y todas las aves de la jungla tienen su pareja. Todos, menos Tarzán de los Monos. Taug es un mono. Teeka es una mona. Vuelve junto a Teeka. Tarzán es un hombre. Seguirá solo.


Tomado de “Historias de la Jungla” (Tarzán 6)

FIN