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miércoles, 28 de diciembre de 2016

LAS CHICAS DE LA BAÑERA José Luis Gallego



Corría el año 1990 y yo apretaba mi dedo índice contra el timbre en una casa del barrio bonaerense de Florida, investigaba el caso de las Chicas de la Bañera. Una señora con los ojos repletos de venitas rojas salió a mi encuentro. La inquilina del departamento donde un par de años atrás, uno de los enigmas más complejos de la historia policial acosó el ingenio de los especialistas. La mujer desconfiaba, se le notaba en la forma de morder los labios para que no se escapen sus silencios. Finalmente accedió, como si de pronto hubiera reconocido en mis palabras un tono familiar y, rompiendo a llorar, me dijo: - "Necesito saber los nombres de las chicas muertas. Es que vamos a llamar a un cura, ¿sabe?. Acá las puertas se abren y se cierran solas…y ese frío en el baño, venga pase, pase".
La historia, también fue conocida como el caso de Las primas, dos jóvenes fueron halladas muertas en una bañadera. Sin ningún indicio o detalle que probara su asesinato. Una estaba acostada, la menor, 15 años, desnuda, la otra arriba. Juntas en la bañera, la de arriba tenía 18 y estaba semi vestida con una bombacha y un chaleco de lana. Las dos muertas. Los cuerpos hinchados, cianóticos, el tejido necrótico e inflamado obligó a los bomberos a trabajar durante horas para desencajar los cuerpos. El nivel de descomposición era similar al que experimenta un cadáver luego de estar dos meses en el agua.
Entonces, la mujer de los ojos rojos me invita a entrar a la casa.
- "Yo no sabía que acá había pasado esto, cuando alquilé no me dijeron nada. A la noche se escuchan gritos y ese frío en el baño. Venga que le muestro".
Pero la puerta del baño estaba cerrada, la mujer golpeó y desde adentro una voz femenina dijo - "ocupado".
La inquilina me invita a sentarme. El departamento esta prácticamente igual, solo pasaron dos años, me da la sensación de aun escuchar a Enrique Sdrech hablar desde la tele: "lo más extraño de este caso es que cuando fuimos a hablar con la vecina de arriba nos enteramos que las chicas 48 horas antes estaban vivas, le pidieron el teléfono a la locataria para llamar a un médico del hospital Vicente López, el doctor Brechiani, que efectivamente visitó a las jóvenes. Es decir, a pesar de los signos de descomposición que databan de dos meses, apenas cuarenta y ocho horas antes estaban vivas."
El té estaba frío y las galletitas rebosaban de humedad, la mujer de los ojos irritados me miraba fijo. Observándola bien me doy cuenta que es mucho más joven de lo que aparenta, al final la ocupante del baño sale envuelta en una toalla sorprendiéndose de la presencia de un extraño en la morada, al tiempo que se escabulle ágilmente.
Entrar al baño y volver a observar los azulejos tristes me transportó de inmediato al olor de la pipa del comisario Torre, del servicio especial de investigaciones técnicas, con su bigote prominente diciendo: - Mamba Negra, pero ¿a usted le parece? Una Mamba Negra, estos periodistas no tienen cara" - Torre se refería a la hipótesis de la Mamba, pequeña serpiente de 20 centímetros proveniente de África cuyo veneno produce la descomposición acelerada de sus presas, una teoría un poco descabellada pero la única explicación a la extraña descomposición de los cuerpos. ¿Por qué las dos jóvenes estaban muertas? Y el estado de sus cuerpos, ¿porque estaban juntas en la bañera? Finalmente el caso fue archivado como muerte accidental por monóxido de carbono, sin embargo, las ventanas estaban abiertas. ¿Porque murieron? Los enigmas quedaron flotando en la impune atmósfera que cubre este tipo de sucesos y nadie volvió a preguntar por ellas.
La inquilina de los ojos irritados estaba aterrada, aseguraba que los espíritus de las jóvenes no estaban dispuestos a abandonar la morada. La muchacha que se escabulló del baño se presentó y corroboró el relato de su compañera, "las almas de las chicas penan por la casa, lloran de noche" - dijo.
- ¿Puedo hablar con la locataria, la dueña a la que las chicas pidieron el teléfono aquella noche? - les pregunté. Ellas me señalaron la puerta de la dueña de casa. Golpeé la puerta y me atendió una viejita, cara de cascarrabias - ¿Periodista? No quiero hablar con periodistas, ¿quien lo dejó entrar?
- Las chicas me dijeron que usted me podía ayudar - me excusé.
- ¿Que chicas?
- Las del departamento de abajo.
- Mentira, ¡voy a llamar a la policía!
- ¿Cómo que mentira?, ¡ellas me abrieron! - insistí ofuscado y confundido.
- No hay ningunas chicas en el departamento, si nadie me lo quiere alquilar, ¿no se da cuenta? La gente tiene miedo, dicen que hay fantasmas.
Fue entonces que se me debilitaron las piernas, y me sentí algo mareado.
La mujer debe haberse dado cuenta, porque terminó de abrir la puerta y me ofreció sentarme. Luego me acompañó al departamento para verificar lo que ella decía.
La casa donde acababa de tomar un té con galletitas estaba vacía, no había muebles, ni siquiera cocina y, por supuesto, no había ningún rastro de la mujer de los ojos irritados. Afuera soplaba un viento cálido del norte que amagaba una tormenta que jamás llegaría, sin embargo en ese baño, en ese departamento de la localidad de Florida, el frío era intenso y permanente.
Fin.