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lunes, 30 de enero de 2017

LA MÁS BELLA HISTORIA DE AMOR Delfina Acosta



Imagínate, querida amiga Lauren, que he conocido por fin a mi extraño vecino del piso 16, Jorge Llosa, de quien he recibido tan imposibles comentarios como que es un hombre que ha sobrepasado los cien años de
edad.
El encuentro fue casual. Estaba por abordar un taxi que me llevara al centro comercial cuando sentí un aleteo como de palomas sobre mi hombro izquierdo. Me puse rápidamente a adivinar: ¿algún estornino jugando con mi cabellera, la sombra de la gran tía Adelaida siempre tan precipitada e imprevista, los frenéticos cambistas? Oh, no; no era nada de eso, porque él estaba allí, ligeramente ausente pero nunca tan lejos como para no acercar a mis ojos al aire azul de su mirada. En ese instante supe que lo amé.
Como si nos hubiéramos conocido toda la vida, nos abrazamos (teníamos tanto frío) haciéndonos la firme promesa de que nos casaríamos de inmediato, mas la tarde estaba avanzada y las oficinas del registro civil se habían cerrado ya, de modo que nos dirigimos al museo Cianatti donde se inauguraba una exposición de viejos mapas marítimos de Cristóbal Colón, tomamos café cortado en el barcito del puerto, visitamos el correo de la calle Moravia y compramos un precioso par de anillos de compromiso lavados con oro italiano que pagaríamos con nuestro salario de correctores de prensa.
Si Jorge hubiera tenido cien años no lo hubiera creído jamás porque venía de la adolescencia en cada promesa de amor que me hacía; yo, como hija de marinero en tierra, lo arrastraba conmigo hasta el fondo del mar, dándole apenas tiempo para respirar entre beso y beso; al subir la marea, le mostraba los peces de colores amarillos, las plantas engañosas conocidas como girasoles, los enanitos de mar y los barcos ocultos tras las hiedras. ¡Éramos tan afines! Descubríamos el placer de rememorar viejas fechas de historia, como en un juego escolar, y ya él pasaba, enamorado, su cálida mano por mi cuello, mientras yo oprimía, enloquecida, sus mejillas contra mi vientre. Pero la gente volvía el rostro hacia nosotros porque le causaba espanto nuestra inocente sexualidad. Tomábamos, entonces, las calles Iturbe o Benjamín Constant, buscando las penumbras de los antiguos edificios. Los niños reían: ¡una lazarilla cargando sobre sus hombros a un viejo centenario, y que además leía perfectamente los carteles de la ciudad! Oh, el amor hace cometer tantos desvaríos; sin embargo, todo cuanto hacíamos era jurar por Dios; no hubiéramos querido jamás montar un escándalo. Por otra parte él tenía noventa años, u ochenta o sesenta y cinco.
Tal vez treinta y dos años.
Supimos que en la colectividad coreana tendríamos cabida o, por lo menos, pasaríamos desapercibidos, y marchamos, él con un bastón de bambú en la mano, yo con un libro de Mario Benedetti en la cartera, rumbo a uno de esos tantos salones de conversación donde te hacen aspirar el aroma de un té. Llevábamos largas horas de besarnos, de consultarnos sobre nuestros gustos y preferencias, y de estrujarnos desesperadamente las manos. ¡Estábamos exhaustos! De pronto se me mostraba, tenía veinte años, y yo cuarenta y cinco; grandes arrugas ceñían mi frente, las cataratas de mis ojos se hacían visibles y una horrible papada que no lograba disimular con maquillaje me daba un aire muy infeliz. Y otra vez se me mostraba, tenía treinta años; lo amaba locamente.
Sabíamos que solamente entraríamos en armonía cuando nos casáramos porque, ¿no son acaso los novios muy hermosos? Desde luego, era el prejuicio de la gente, el tonto prejuicio que echa por la borda los romances, lo que nos mortificaba. Nuestros padres prometieron que nos llevarían a Islandia, o a Buenos Aires. Nos mintieron. A mí me metieron en una guardería infantil (no tengo siete años, como consta en mi libreta de calificaciones). A Jorge, en cambio, lo encerraron de por vida en un hospicio para ancianos. El menor de sus compañeros de prisión tiene noventa y cinco años de edad. Lo pongo en duda ahora y por siempre.
FIN