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miércoles, 11 de enero de 2017

LOS TRES PROPÓSITOS Jorge Fernández Díaz



Mi tío Fran es un hombre solitario y compasivo. Enviudó hace diez años, no tuvo hijos y no volvió a casarse. Y aunque cultivó algunas novias, se amigó tanto con la soledad que nunca más quiso remediarla. Es un lector voraz y dice estar escribiendo desde 1987 una larga novela impublicable. Constaté que no me mentía cuando una vez lo visité en su casita de Béccar, un chalecito marplatense tocado por una chimenea apócrifa y forrado de libros. En un anaquel del fondo, sobre un escritorio pequeño y pulcramente ordenado, hay veintisiete cuadernos cuadriculados de doscientas páginas cada uno, manuscritas con letra apretada y negra. Asegura que es la historia de su generación, pero que no tiene gran valor literario. Nunca me dejó comprobar si eso era cierto o si se trataba de pura timidez y falsa modestia.
El año pasado, durante aquel intenso frío de junio que nos engripó a todos, Francisco encontró en una esquina de viento a una joven que tenía un bebé y dos bolsos gigantescos a cada lado. Mi tío frenó su Gol negro en el semáforo y se quedó mirándola con curiosidad. Era una joven humilde de labios gruesos y facciones atractivas, una morocha criolla de cuerpo pequeño pero bien proporcionado. Llevaba atado al pecho con una chalina un bebé indefinible que había cubierto con un gorro de orejeras. Los bolsos eran deportivos pero ajados, y la mirada de la chica era sufriente y dubitativa. Sin ser una indigente, era la viva imagen del desamparo. Fran bajó la ventanilla sin pensarlo y le preguntó para dónde iba.
-Para Retiro o Belgrano -le respondió: tenía un leve acento extranjero, pero de un país limítrofe.
-¿Retiro o Belgrano? -le devolvió mi tío. La mujer metió trabajosamente una mano en un bolsillo y sacó un papel arrugado.
-Moreno -dijo.
-¿La calle Moreno? -dedujo él-. Voy cerca. ¿Quiere que la lleve?
Bajó y trató de empujar los bolsos dentro del baúl, y tuvo que transpirar un rato porque pesaban mucho y no entraban. Luego ubicó a madre e hijo en la parte de atrás, para que estuvieran cómodos, y él se puso al volante como si fuera su chofer. Estaban en San Isidro y había que salir a la Panamericana. Mi tío trató de sacarle alguna conversación, pero a la chica no le resultaba fácil comunicarse. Intentó dos o tres veces arrancarle un comentario o aunque fuera un gruñido de aprobación, pero se chocó de frente con el vacío y con el silencio. Puso entonces Radio Clásica y siguió de memoria ese camino. A la altura de Avenida Márquez lo asaltó la idea de que todo era una trampa. Un cuento del tío, valga la redundancia, o un robo a mano armada. Que en cualquier momento ella sacaría una Browning 9 milímetros y le apuntaría a la cabeza, o que le cruzarían un auto y lo desvalijarían sin piedad. Cuando llegó a la Avenida General Paz, se dijo: «¿Y si ésta es una mula y los bolsos de atrás están llenos de cocaína?» En la 9 de Julio se le puso al lado un policía en una moto. Mi tío le sonrió tratando de parecer simpático y tranquilo: ¿cómo explicaría esto, quién podría creer que llevaba aquellos paquetes por una cuestión humanitaria? El policía no le dio bolilla y siguió a toda velocidad. Al doblar en Avenida Belgrano, mi tío pensó: «¿Y si este bebé es robado y yo me estoy convirtiendo en un cómplice?»
La dirección exacta en la calle Moreno era una casa chorizo. Mi tío le colocó los bolsos en el umbral, tocó el timbre y se despidió de la mujer y del bebé. Lo hizo todo en cámara rápida, sin dar los buenos días y sin recibir ni un «gracias». Después paró en un bar de Tacuarí y pidió un whisky doble.
Francisco trabaja de corrector en una editorial de revistas. A los dos meses de aquel pequeño incidente donde se probó el precio de la compasión, a Fran lo chocaron de atrás en Tomkinson, le arruinaron el Gol, le castigaron las cervicales y lo condenaron a dos semanas de cuello ortopédico. Sin hacerse mucha mala sangre volvió a usar el tren de la línea Mitre, y le encontró cierta gracia a viajar leyendo libros, como en los viejos tiempos. Una noche que regresaba a su casa después de un cierre, enfrascado en un libro sobre la historia del ajedrez, volvió a encontrarse con la morocha. A esa hora los vagones vienen más o menos vacíos, ralean los pasajeros, y conviven dormidos o pensativos cartoneros y oficinistas. De vez en cuando un vendedor ambulante trasnochado sube a vender chucherías o un músico desafina una canción y pasa la gorra. Esa noche un señor tocó ciertas melodías del Altiplano y más tarde varios chicos de la calle pasaron a las corridas y los gritos, pegándose y riendo a carcajada limpia. Nada distrajo demasiado a Fran, a quien, cuando se sumerge en una lectura apasionante, pueden zapatearle la cabeza sin que se entere. Se enteró, sin embargo, de que algo extraño estaba ocurriendo aquella vez porque escuchó un quejido y una respiración agitada.
Marchaban a toda velocidad, en medio de las tinieblas y camino a Vicente López, y cuando mi tío levantó la vista, intrigado por esos ruidos extraños, vio a la morocha agarrada de un pasamanos y mirando con terror hacia el vagón trasero. Iba vestida con la misma ropa: un pulóver grueso y marrón, una campera raída, unos jeans desteñidos y unas zapatillas blancas. No llevaba, como en aquella otra ocasión, el pelo negrísimo suelto: lo llevaba trenzado y tirante. Sus labios eran inconfundibles. La mirada seguía siendo sufriente, pero con un toque de alarma y de pánico.
Francisco cerró el libro y torció la cabeza para ver qué la espantaba tanto. Viajaban muy adelante y era una formación larga. Cuando volvió los ojos, vio que la chica temblaba. Los pasajeros no le daban calce ni se movían, y mi tío dudó treinta segundos. Lo suficiente como para que el tren se detuviera en la estación. En cuanto se abrieron las puertas, la morocha saltó al andén y se quedó otro instante de costado, midiendo la cosa. Estuvo así casi un minuto, como una estatua tambaleante, y en el último momento, dio un paso adentro, mientras ya se cerraban las puertas, y volvió a agarrarse del pasamanos y a mirar con aprehensión.
Recién cambió algo la situación cuando pasaron Martínez y ella desvió un poco la vista y se encontró con los ojos de Fran. La morocha se fue de esos ojos hacia atrás y volvió como rebotada: lo había reconocido. Mi tío, que estaba cada vez más inquieto, se levantó de su asiento y caminó hacia ella, como para saludarla y preguntar si le pasaba algo grave. Una mueca que parecía una sonrisa le produjo un tic eléctrico a ella en la cara, pero quedó desbaratada de inmediato cuando de nuevo se le crispó la expresión. Siguiendo la dirección de la mirada Fran descubrió a un grandote en un gabán que avanzaba desde el fondo del vagón contiguo. Venía revisando a derecha e izquierda las caras de los pasajeros. A la chica se le escapó otro quejido y se llevó una mano a la boca, y Fran miró instintivamente hacia fuera calculando cuánto faltaba para la próxima estación. Faltaba poco. También por instinto, la morocha se fue cubriendo con el cuerpo de mi tío, que ahora calibraba si podría o no con aquel grandote: era un tipo extraño, con unas manos enormes y un andar nervioso. Tenía las cejas muy tupidas y una barba grisada que le cubría todo el rostro. Cuando lo estaba calando, Fran presintió que de un momento a otro cruzarían miradas. Así fue. Y a mi tío se le heló la sangre al comprobar que el grandote traía ojos homicidas. En ese punto el tren frenó de golpe y las puertas se abrieron, y sin pensar en nada, Fran tomó del brazo a la morocha y la arrastró hacia el andén. Corrieron hasta las escaleras, bajaron los peldaños a todo lo que daban y atravesaron la calle escuchando los gritos guturales del grandote. Eran gritos ininteligibles. Fran conocía una parada de taxis que quedaba a la vuelta. Se metieron en un coche y le pidió al taxista que los alcanzara hasta Béccar. Cuando se dieron vuelta, vieron que el grandote todavía los perseguía: corrió un trecho, trotó unos metros y luego se dio por vencido.
-¿Quién es? -le preguntó Fran a la morocha, que estaba lívida. Ella negó con la cabeza y miró hacia el frente.
Entre otros sentimientos, Fran estaba desconcertado: no quería armar un escándalo dentro del taxi, de manera que también se acomodó con un largo suspiro y no pronunció ni una palabra hasta que el chofer los dejó frente a su casa.
Cuando ya estaban en la vereda y el taxi partía, la morocha se le tiró a Fran al cuello, como una niñita, y se puso a llorar desconsoladamente. A pesar del gesto conmovedor, Fran no pudo dejar de sentir la presión de sus pechos. Y esa mínima señal de sensualidad lo perturbó a tal punto que la separó para decirle cualquier cosa. Pero resulta que esa cosa era precisamente una invitación. La chica entró en la casa mirando todo por primera vez, acariciando a la pasada los lomos de los libros en las bibliotecas, y finalmente se acercó a la falsa estufa de leños que su protector había prendido, se sacó las zapatillas, se sentó en un sillón y flexionó las piernas y se las abrazó, aterida de frío y en absoluto silencio.
Fran le hizo varias preguntas. Quién era aquel grandote. Quién era ella. Qué estaba pasando. Dónde estaba viviendo. Y qué quería de cenar. A la primera respondió encogiéndose de hombros. A la segunda, pronunció débilmente el nombre de «Lina». A la tercera, reaccionó negando con la cabeza. Y a la última, dijo: «cualquier cosita».
Le calentó una sopa Quick de tomate, sacó una pascualina del freezer y la puso en el microondas, abrió un vino y se quitó con un gemido el cuello ortopédico. Mientras hacía todo eso, Francisco pensaba cómo tratar a la mudita. Lo curioso, según me contó luego, es que a pesar de tantas explicaciones debidas él no podía enojarse con ella. Y esa imposibilidad lo inquietaba tanto como la presión de aquellos pechos contra su cuerpo, pero mucho menos que cualquier otro fantasma, como el narcotráfico, el robo de niños o una trampa mortal. Hacía tanto tiempo que no había nadie en esa casa fría que por primera vez incomprendió semejante estado de dejadez y soledad. Le dio mucho gusto tender la mesa e invitar a Lina a acompañarlo.
Lina se lanzó sobre los platos con previsible voracidad. Tomó dos jarros repletos de sopa y se comió rápidamente cuatro porciones de tarta. Mi tío no tenía mucho apetito, así que se armó una pipa y esperó a la morocha tomando unas copas de malbec.
-Está visto que no vas a decirme nada -dijo en un momento.
Ella sonrió con la boca llena y siguió sin entrar en la ratonera, como si no conociera bien el idioma o fuera directamente inimputable. Francisco no tuvo valor para molestarla con las mismas preguntas de antes. La dejó terminar en silencio, y después de tres o cuatro bocanadas de humo azulado, le dijo:
-Podés dormir acá si querés.
No es que lo hubiera pensado mucho. Fue más bien una oración que salió disparada al final de una cadena de consideraciones calladas sobre la ruda belleza de esa morocha pequeña pero portentosa. Ya tenía tres copas encima y estaba cansadísimo, así que no reculó una línea a pesar de que se arrepentía un poco de esa propuesta indecente. Para partir la diferencia y enderezar un poco el asunto, le señaló el cuarto de invitados, que nadie utilizaba desde la década del ochenta. La morocha parpadeó sin apartar la vista y después asintió.
Fran hizo un gran esfuerzo para levantarse de esa calmada y mágica sobremesa. Bajó del placard una frazada y acondicionó la camita; después buscó una chomba blanca y se la ofreció a Lina a modo de improvisado camisón. Cuando todo estuvo listo, mi tío se paró unos instantes frente a ella, indeciso como todo hombre oxidado. La morocha no le rehuía pero tampoco daba como para suponer que estaba deseosa. Ante la duda, Fran caminó hasta su habitación apagando las luces, cerró la puerta, se desvistió y se metió entre las sábanas. En seguida notó que las luces del baño, que se filtraban por debajo de la puerta, se apagaban y toda la casa quedó entonces en silencio total y oscuridad profunda. A mi tío las emociones del día lo vencían: se durmió abrazado a la almohada. Soñó escenas confusas y violentas, y lo despertó un zumbido.
Eran ruidos intermitentes, y lo primero que pensó fue en un celular puesto en vibración. El teléfono móvil de aquella chica vibraba y vibraba en algún lugar del living. «Nada especial», se dijo. «Volvete a dormir que es tardísimo.» Volvió a apoyar la cabeza en la almohada y pretendió otro desmayo instantáneo. Pero el zumbido, a ráfagas sordas, seguía taladrando la quietud. «Evidentemente no tiene instalado el correo de voz», pensaba. «Estoy seguro de que se le va a acabar de un momento a otro la batería.» A los diez minutos el zumbido gozaba de perfecto estado de salud. «Bueno -se dijo Francisco-, en cualquier momento dejo de tenerlo en cuenta. Como el ruido del aire acondicionado, que por monotonía se vuelve inaudible.» Pero no. Tampoco el zumbido se acomodó a la noche. Al revés. Cada vez parecía más fuerte y estentóreo. «La puta madre», masticó, y se bajó de la cama en remera y calzoncillos. Abrió cuidadosamente la puerta y se asomó.
En la penumbra sólo podía constatar que el cuarto de invitados seguía cerrado y que Lina había dejado parte de su ropa hecha un bollo en el sillón. Hizo de tripas corazón y salió descalzo y en puntas de pie. Alcanzó la ropa y la revisó velozmente, porque temía ser sorprendido en paños menores. Pero no encontró nada. «¿Dónde mierda metió ese teléfono?» Vio las zapatillas blancas junto a la falsa estufa de leños y se acercó para revisarlas. Y de repente percibió que el zumbido provenía de la otra pared.
Por las dudas verificó que las zapatillas estuvieran efectivamente vacías, y después apoyó la oreja en las estanterías. Removió incluso algún libro y palpó detrás de los estantes para ver si Lina había escondido allí el teléfono, o si podía ser que se le hubiese caído por esos fondos. Lo único que verificó fue que el estremecedor sonido se iba moviendo: ahora parecía reverberar al otro lado de la sala, como si formara parte de un gusano mutante que se estuviera arrastrando a través de las cañerías e hiciera vibrar toda la casa. «Tomé demasiado vino», murmuró, con el corazón estrangulado, y se asustó de muerte por el ruidoso y repentino derrumbe de seis enciclopedias de arte que tenía acomodadas contra un jarrón. Milagrosamente el jarrón se bamboleó unos segundos, pero al final se mantuvo en pie. Fran retrocedió asustado, patinó y cayó de culo. El terremoto parecía no terminar. Desde el piso vio que un cajón del aparador se le venía encima. El cajón estaba lleno de cuchillos, cucharas y tenedores, y los tintineos, rebotes y ecos fueron tan estruendosos que Fran se tomó la cabeza, entre la vergüenza y el estupor.
Su invitada, sin embargo, pareció inmune a los ruidos, y no dio muestras de vida. Después del batifondo no quedó ni el zumbido: todo se había plegado sobre sí mismo y un silencio nuevo prevalecía. Fran se levantó despacio para no hacer más estropicios, aceptando sin pensar que él con su torpeza había iniciado ese dominó de hecatombes y zafarranchos, y recogió los cubiertos, colocó escrupulosamente el inexplicable cajón en su sitio y adecentó las enciclopedias junto al jarrón ileso. Todavía se quedó un momento inmóvil, aguzando el oído, y después se encogió de hombros al chequear que los sonidos fluctuantes se habían terminado. «¿Se habrá agotado la batería?», se preguntó. Caminó hasta la heladera y tomó un largo trago de agua fresca. Se apoyó unos segundos en la mesada recuperando la respiración y el pulso, y después intentó regresar a su dormitorio. Pero en el umbral se paró en seco y estuvo un rato dudando. Al fin cedió al deseo y a la curiosidad, y reculó hasta el cuarto de invitados, se agachó para espiar por el hueco de la cerradura y pegó un salto al notar que la puerta se abría de golpe.
Dos fuerzas contrarias lo dejaron paralizado: el susto y el bochorno lo impulsaban a salir corriendo, pero la imagen recortada en el vano era tan hermosa que se sentía hechizado. Lina estaba completamente desnuda y, a pesar de la negrura de la noche, mi tío podía verle con cierto detalle el cabello suelto y caído sobre un hombro, los pechos redondos y los pezones grandes, la piel marrón, el bello púbico y de vuelta los ojos. Los ojos resplandecientes.
En ese minuto, Francisco tenía tantas cosas para pensar que no pensó en ninguna. Como si ella se hubiera metido en su corteza cerebral y le hubiera anulado la razón, la prudencia y el decoro. En un momento la morocha estiró la mano y le rozó la cara. Y entonces él perdió por completo el control, la atrajo y comenzó a besarla. Lina no se dejaba llevar: intervenía decididamente en la desesperación. Le quitó la remera, le bajó los calzoncillos y se arrodilló a trabajarlo. Los mecanismos internos de Fran se desentumecieron enseguida: la empujó hacia la camita y la acometió con entusiasmo. Fue tal la conmoción del choque, fue tan extensa la sesión, hubo tantos alaridos de dolor y de placer, y tantas posiciones y tanta intensidad que Francisco se sintió catapultado hacia un limbo de éxtasis, succiones y aturdimientos. Como un larguísimo sueño del que no podía despertarse, y dentro del que absurdamente la cama daba saltos, los cajones volaban, los libros y los cuadernos caían derribados por fuerzas invisibles y las puertas se cerraban ruidosa y bruscamente como si sucesivas corrientes de aire las estuvieran manejando.
Sólo recuerda, de aquella noche eterna, los ojos de la muchacha y la excitación sin respiro que le provocaban sus juegos y malabarismos. Tampoco sabe cuándo terminó todo ni cuánto durmió. Sólo tiene plena certeza de que al despertar estaba oscuro. Y de que no se trataba de la noche anterior sino de la noche siguiente. Que se sentía completamente agotado, que Lina había desaparecido y que el chalet entero era un revoltijo. Trató de levantarse dos o tres veces, pero las piernas no le respondían. Se arrastró como pudo, tomándose de las paredes y los muebles, hasta el baño. Y al abrir la ducha abrió también los ojos y se vio en el espejo: tenía toda la espalda rasguñada y sangrante. Como si las garras de un animal le hubieran rastrillado la piel. Se bañó en un grito y después, con paciencia y dificultad, trató de pasarse algodón con alcohol y cicatrizantes. Se puso con mucho cuidado una camisa suelta, y se sentó en el inodoro. «Salvaje hija de puta», dijo respirando agitadamente. Tenía un susto tremendo, pero así y todo no podía dejar de sonreír con una especie de orgullo. En cámara lenta se incorporó y comprobó que los raspones no le manchaban la ropa. Después estuvo sentado un largo rato en el sillón, tratando de recuperar energías, y ya en la madrugada se armó un sándwich con pan de molde y jamón crudo, y lo devoró mientras bebía litros y litros de agua.
En el mismo instante en que el atardecer lo encegueció, Fran comenzó a ordenar el desmadre y a tratar de inventariar los robos. Cuatro horas después, llamó por teléfono a la editorial para avisarles que estaba engripado y se durmió una breve siesta sentado frente a la estufa. A las siete de la noche tuvo la seguridad de que Lina se había ido con lo puesto, y que no le había robado ni una nuez del centro de mesa.
Esa noche no pudo dormir pensando en ella. Extrañando aquel doliente goce, dándole vueltas al asunto, haciéndose preguntas. Al llegar la nueva mañana, comprobó con grata sorpresa que los rayones de la espalda ya no ardían; se puso su traje, se colocó el cuello ortopédico y caminó hasta la estación. Viajó toda esa semana a la editorial, de ida y de vuelta, sin leer una sola línea, buscando con los ojos a Lina por los vagones abarrotados o entre los pasajeros nocturnos, en los andenes y en las calles aledañas, en las esquinas de viento y en las veredas de sol. También entre las multitudes de Retiro.
Quince días más tarde, cuando ya casi la había olvidado, levantó la vista de un libro de Paul Johnson y divisó en el andén de enfrente a un hombre enorme envuelto en un gabán, que se miraba los zapatos mientras le llovía el sol del invierno. No necesitó verle la cara para saber que se trataba del grandote que los había perseguido.
El tren estaba parado y el maquinista hacía tiempo. Mi tío esperaba que el fulano levantara el rostro de cejas tupidas y barba gris, y lo descubriera. A Fran le divertía serenamente esa situación. Que lo descubriera y que una vez más se viera en la impotencia de no poder agarrarlo. Pero cuando el gigante levantó finalmente la cara, lo hizo para mirar hacia la derecha. Miraba la confluencia de seis o siete palomas que carroñeaban sobre las vías. Entonces mi tío vio lo que llevaba en el cuello. Y fue así como entendió por fin que aquel perseguidor de ojos homicidas era un sacerdote.
Fran sintió un tirón interno y salió eyectado. Escapó por un pelo de la doble guillotina de las puertas neumáticas que se cerraban y echó a correr por el andén esperando que el tren que venía en sentido contrario no llegara de improviso y se llevara al grandote de aquella plataforma fría y soleada.
Trepó por las escaleras del puente de hierro, lo cruzó como si lo persiguiera un ejército de gurkas, bajó a los saltos y llegó justo cuando el tren que iba hacia Tigre asomaba en el horizonte. El sacerdote había dejado a las palomas carroñeras: estaba parado con las manazas apretadas y los ojos como teas, y cuando Fran estuvo cerca, lo tomó de las solapas como si fuera un muñeco. Tenía una fuerza sobrenatural ese cura. Y pronunció una sola palabra: «¿dónde?». Tenía también una gutural voz de barítono. Mi tío balbuceó una respuesta lastimosa.
-¿Dónde? -repitió el cura sacudiéndolo con violencia.
Por un momento, Fran pensó que lo arrojaría a las vías. No daba para un «no sé» ni para «es una larga historia». Encima el tren estaba frenando en la estación y los pasajeros inundarían en cualquier momento el andén.
-La calle Moreno -dijo Fran sin tiempo de reflexionar-. Una casa chorizo en San Telmo.
Los ojos desorbitados parpadearon mientras el cerebro digería. Los pasajeros ya les pasaban por al lado ignorándolos o echándoles vistazos furtivos. El cura soltó las solapas de Fran como si le ensuciaran los dedos y a continuación lo agarró de un brazo.
-Vamos -le ordenó arrastrándolo.
Mi tío no se resistía; se dejaba llevar escaleras arriba, a través del puente y luego escalones abajo hasta el andén opuesto. Era tan enérgica y hostil la marcha a la que lo obligaba el grandote que no le dejaba aliento para decir nada. Sin embargo, Fran pensaba en Lina. Se preguntaba también por qué, prendado como estaba de ella, no había tenido la claridad ni el coraje para ir a buscarla.
Mientras esperaban, el sacerdote se acarició nerviosamente la barba cana y lo indagó entre dientes:
-¿Tuvo relaciones con ella?
Fran se puso colorado, y el cura perdió la paciencia.
-¿Fornicaron? -le gritó a punto de tomarlo de nuevo de las solapas.
Fran asintió con la boca abierta. El sacerdote bajó la vista como si lo hubieran apuñalado. Después alzó la nariz y le preguntó:
-¿Cuándo?
Fran estaba tan apabullado que tardaba en responder.
-¿Cuándo? -insistió el grandote con su vozarrón.
-Hace una semana -contestó Francisco.
Ahora el cura se pasó una mano por el pelo y se agarró la nuca, como si se estuviera masajeando los terribles sentimientos que le corrían por dentro. Metió finalmente la mano en un bolsillo del gabán, miró el calendario de su agenda y la cerró desalentado, moviendo la cabeza como si le rebotara contra una pavorosa fatalidad. Fran intentaba descifrar cada uno de sus gestos y a la vez juntaba masa crítica para hacerle las preguntas necesarias. ¿Quién era él? ¿Quién era ella? ¿Qué se proponían? ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué todo era tan grave?
El tren le interrumpió los intentos. Venía lleno y tuvieron que viajar parados hasta Retiro, separados por cuerpos apretados que los iban alejando uno del otro dentro del vagón.
-Explíqueme -alcanzó a decirle en los molinetes.
El cura no le hizo caso. Se metieron en un taxi y encararon el camino de San Telmo.
-Estaba ovulando -le dijo el sacerdote.
La radio bullanguera del taxista le borraba las palabras. Apenas pudo atrapar tres conceptos sueltos: «exorcismo fallido», «plan de inseminación» y «adopciones programadas». Dijo todavía algo más acerca de los «involuntarios sirvientes del mal», pero Fran no logró oírlo.
Cuando llegaron a la calle Moreno y bajaron en la puerta de aquella casa chorizo, el sacerdote le ordenó a Fran que se quedara en la vereda. Fran no se atrevió a desafiar su autoridad, a pesar de que se moría de ganas de entrar. Esperó quince minutos preguntándose qué había hecho mal, sintiéndose culpable pero sin entender del todo cuál era su verdadero pecado. El cura salió y se quedó en el umbral hablando en veloz guaraní con una paraguaya de ruleros y batón que le devolvía con notorio disgusto las preguntas y que hasta parecía retrucarle los argumentos. De pronto el sacerdote hizo una mueca de repudio, como si fuera un caso perdido y la estuviera mandando al diablo, y empezó a caminar a grandes zancadas hasta la esquina. La paraguaya cerró de un portazo y Fran corrió detrás del cura. Vio que quería tomar allí mismo un colectivo, y entonces hizo un gran esfuerzo y lo manoteó.
-Tiene que decirme algo -le imploró arrugándole la manga del gabán.
El sacerdote vio que su colectivo estaba parado en un semáforo, a dos cuadras, y entonces se dio vuelta y puso algo en las manos de Fran, pero las cerró con las suyas y lo mantuvo así agarrado, como si lo estuviera confesando, mientras lo miraba fijo y le decía tres cosas:
-El chico fue entregado. Ella desapareció. Y usted la ayudó tres veces en su propósito.
El colectivo se detuvo en la parada y Fran intentó articular una ridícula defensa. El cura lo abrazó sin compasión y le susurró al oído:
-Que Dios se apiade de su alma.
Lo soltó bruscamente, pegó un salto y se subió, y el colectivero cerró las puertas y arrancó sin esperar a nadie. Mi tío se quedó tieso y desconcertado en el cordón, y cuando volvió en sí abrió las manos y vio el frasquito con la cruz tallada. Lo alzó para examinarlo a contraluz, lo agitó y dedujo que era una pequeña botella de agua bendita. «Qué demente», se rio con un escalofrío. «Qué delirio, qué demente.» Le costó mucho llegar a la editorial y luego concentrarse en los textos y en las erratas. Regresó a Béccar en el último tren de la noche escuchando a un pentecostal que tocaba un bandoneón y anticipaba el fin del mundo.
No tenía ganas de cenar y pasó directo de la calle al baño y a las sábanas. Una y otra vez la morocha, el bebé indefinible con aquel gorro de orejeras, los bolsos pesados y las manos y las cejas del cura lo atormentaban. Al final se durmió y soñó que le hacía bestialmente el amor a Lina y que ella sangraba y sangraba. Y que le sonreía con sus ojos resplandecientes.
De golpe a Fran lo despertó un zumbido.
Se trataba del mismo ruido intermitente y de las mismas vibraciones. A Fran el corazón le retumbaba en las sienes. Se quedó un rato sentado en la cama cerciorándose de que estaba despierto y de que aquellas regurgitaciones no eran una mera alucinación. Y después apartó las frazadas y caminó en la oscuridad. Percibió la caída de sus cuadernos negros sobre el escritorio, creyó entender que los cajones se abrían y cerraban en la penumbra, y pegó un grito al escuchar el estallido del jarrón, que las enciclopedias arrastraron en su caída. Abrió la puerta del cuarto de invitados y prendió la luz esperando encontrar a Lina, pero sólo vio que la camita crujía como si estuviera ocupada y que había un desorden reciente.
Corrió hasta el baño y se encerró con llave, y al mirarse en el espejo vio a un hombre pálido y asustado. Y también vio el frasco de agua bendita que había dejado en el lavabo, junto a las canillas. Lo destapó con cuidado y se roció la cara, el cuello, los brazos y el torso como si fuera un perfume. Lo hizo rápido y dejó caer en el cesto la botellita vacía. Después se sentó en el bidet y se tapó los oídos porque los zumbidos y el eco del choque de los objetos iban en aumento y atravesaban la madera.
No recuerda cuándo cesaron esos ruidos inexplicables. Pero puede precisar el instante exacto en que empezó el frenesí.
Comenzó a rascarse histéricamente una mano y luego la otra, y vio que tenía ronchas como picaduras de mosquito, y que el cuello y el pecho eran un mapa de puntos rojos. Supuso que se trataba de una alergia nerviosa, e intentó por todos los medios no rascarse, pero la picazón era irresistible y comenzó a restregarse el cuerpo con el cepillo de la bañera. Cuanto más se rascaba, más le picaba y más se inflamaba. Se desnudó por completo para poder rascarse a gusto. Tenía una hinchazón notable en los testículos y en las axilas. Y ya le ardía la espalda y se rascaba contra los ángulos de los muebles y de las paredes, y pegaba alaridos mientras las uñas desgarraban la piel a tiras. Abrió desesperado el botiquín y se tomó de un trago todo un frasco de benadryl, y después sacó una tijera, la abrió y comenzó a rasparse con ella los brazos y las piernas, y las plantas de los pies. La picazón era tan grande que salió del baño corriendo y se tiró en el piso para arrastrarse por la alfombra en busca de algún tipo de alivio. Se rascó la cara y el cuero cabelludo, y empezó a sentir que se le cerraba la garganta, como si la urticaria también le creciera en el interior del cuerpo.
Enloquecido por la comezón, salió a la calle desierta y corrió desnudo, gritando, y se desvaneció en la puerta de un locutorio cerrado y oscuro.
Lo tuvimos una semana en terapia intensiva. Se había autoinflingido heridas muy serias, tenía pulmonía y un cuadro psicológico que incluía intentos de suicidio. Le dieron una inyección de decadrón cuando el ataque ya había terminado, y un psiquiatra lo escuchó durante varias semanas y le habló de la culpa. Francisco pidió licencia en la editorial y me lo traje a casa unos meses porque no quería volver a su chalet. Fue regresando progresivamente a su trabajo y a su hogar de solterón, de a poco, con marchas y contramarchas, progresos y retrocesos, hasta que una noche nos quedamos juntos a dormir en Béccar y diez días más tarde Fran se apropió de su casa, de su soledad y de sus libros, y retornó efectivamente a su vida anterior.
Le devolvieron el Gol negro y abandonó el tren. Y un día, seis meses más tarde, mientras venía por la avenida Maipú se detuvo en un semáforo de Vicente López y descubrió a Lina sentada a una mesa de un bar de mala muerte. Se la veía a través de los sucios vidrios de las ventanas. Lina estaba sola y tenía delante un capuchino espumoso. Fran tardó todavía unos segundos en verificar que fuera ella. Pero en esos segundos la morocha giró como si lo presintiera, le clavó los ojos y le sonrió sin ternura. Estaba embarazada y se acariciaba la panza voluminosa mientras le daba picotazos al capuchino. Llevaba el pelo trenzado y tirante.
Fran hizo como que no la veía.

JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ 

Nació en el barrio de Palermo, Buenos Aires, en 1960. Durante muchos años fue cronista policial de La Razón, en la época del editor Jacobo Timermann. Fue además analista político, jefe de redacción de diarios y director de revistas, y realizó también periodismo de investigación. Durante el tiempo que vivió en la Patagonia, se desempeñó como jefe de redacción de El Diario de Neuquén. Fue miembro fundador y subdirector del diario Perfil y estuvo a cargo de la dirección de la revista Noticias. Junto con Tomás Eloy Martínez, fundó adnCultura, el suplemento cultural del diario La Nación, del que es en la actualidad secretario de redacción. Es autor de las novelas El asesinato del wing izquierdo (1985), El dilema de los próceres (1997), Mamá (2002, Medalla de la Hispanidad 2003), Fernández (2006), La logia de Cádiz (2007), La segunda vida de las flores (2009) y La hermandad del honor (2010). Publicó también cuentos, biografías y ensayos: El hombre que se inventó a sí mismo (1991), Corazones desatados (2007) y Las mujeres más solas del mundo (2012). Recibió la Medalla de la Hispanidad (2003), el Premio Konex Diploma al Mérito (2007) y la Cruz de la Orden Isabel la Católica por sus aportes a la cultura.