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lunes, 2 de enero de 2017

PASIONES VENÉREAS Juan José Millás


Jorge iba de un canal a otro de la televisión con la pesadumbre con la que el hipocondríaco va de un lado a otro de su cuerpo, deteniéndose en los programas que le dolían más, cuando su mujer dejó de leer y abandonó la habitación sin decir nada. El libro quedó abierto boca abajo sobre el brazo del sofá, pero desde su posición, acomodado como estaba en uno de los sillones del tresillo, no había forma de acceder al título. Generalmente no se interesaba por las lecturas de Teresa, que devoraba gruesas novelas en cuyo interior vivían tantos personajes que en encuadernaciones menos sólidas se habrían salido ya por las costuras, pero aquel libro estimuló su curiosidad porque, aun siendo de bolsillo, tenía secuestrada a su esposa desde hacía algunas horas. Se lo había regalado alguien, no dijo quién, por Nochebuena, y Jorge tampoco le habría prestado mayor atención de no ser porque había advertido que Teresa, cuando creía que él no se daba cuenta, levantaba los ojos y permanecía observándole un rato atentamente, como si tratara de contrastar lo que leía con la realidad.
Quitó el sonido del televisor y permaneció atento en dirección al pasillo, preguntándose si ella se habría alejado lo suficiente como para hojear el libro sin resultar indiscreto. Pero en el momento en el que tomaba la decisión de levantarse, sonó la cisterna del cuarto de baño y a continuación se escucharon los pasos de la mujer, que apareció al instante en la sala de estar con expresión ensimismada. Jorge devolvió precipitadamente la voz al aparato y comenzó a errar de nuevo por los suburbios de la programación televisiva. Le parecía mentira que, llevando treinta años casados, todavía se dieran entre ellos estas situaciones extravagantes. En cierto modo, era como vivir al lado de un ser misterioso, cuyas costumbres le despertaban la misma curiosidad que las de los protagonistas de los documentales sobre la naturaleza. Las escenas navideñas generadas por el televisor y el pequeño nacimiento de corcho colocado encima de él no hacían sino acentuar este sentimiento de asombro respecto a su vida cotidiana.
Al poco, Teresa tomó un lápiz de la mesita y subrayó concienzudamente unas líneas, sacando por entre los labios la punta de la lengua en una incomprensible demostración de esfuerzo. Él la vigilaba de reojo, ocultándose tras la montura de las gafas como un perseguidor detrás de la esquina de una calle. Entonces vio cómo la mujer volvía a leer lo subrayado y luego lanzaba en dirección a él una mirada valorativa.
—¿Se puede saber qué lees con tanto entusiasmo? —dijo al fin para liberarse de un malestar creciente, aunque el hecho de preguntar le parecía una forma de derrota.
—Nada —respondió ella—, un libro sobre las relaciones interpersonales. Se llama así precisamente: Relaciones interpersonales. No habría podido imaginar que fuéramos tan raros. Mucho más que los escarabajos y las moscas de los documentales esos que te gustan tanto.
—¿Nosotros somos raros?
—La gente en general.
Cuando decidieron retirarse, Teresa llevó el libro al dormitorio y lo dejó sobre la mesilla de noche antes de entrar en el cuarto de baño. Jorge se concedió entonces unos instantes de seguridad y luego bordeó la cama descalzo, conteniendo la respiración, para curiosear el volumen. Enseguida dio con el párrafo subrayado hacía un momento, que decía así: «El verdadero objeto de deseo del adúltero, aunque él lo ignore, no es la amante, sino el marido de ésta. Ella no es más que el puente entre dos homosexuales que desconocen su verdadera condición».
Abandonó el libro sobre la mesilla con gesto de repugnancia, como si hubiera tocado sin querer una víscera, y se metió en la cama precipitadamente. Cuando Teresa volvió del cuarto de baño canturreando entre dientes el villancico que acababan de escuchar por la televisión, se hizo el dormido, pero permaneció despierto, escuchando la respiración de su mujer y el discurrir de la punta del lápiz sobre las páginas, subrayando frases que quizá más tarde le regalaría a él en lugar de una corbata.
Al día siguiente, Jorge se encontró con su amante, como ya venía siendo habitual todos los lunes por la tarde desde hacía un año. Por lo general, se refugiaban en un hotel situado al fondo de un callejón, muy cerca de donde él dirigía la pequeña empresa de componentes electrónicos de cuyo control económico-financiero se encargaba ella. Los encuentros se habían convertido en una forma de rutina que no pesaba a ninguno de los dos. Si con Teresa se sentía en el interior de un documental sobre la naturaleza, con Asun, la amante, tenía la impresión de hallarse dentro de una película, de un telefilme más bien, donde el argumento era siempre previsible y complaciente, al menos con los protagonistas. A veces ni siquiera llegaban a meterse en la cama, sino que permanecían toda la tarde charlando acerca de la vida o de los presupuestos económicos de la empresa, mientras disfrutaban como dos estudiantes de aquellas horas arrebatadas a la disciplina laboral. En estas tardes sin deseo, cuando llegaba el momento de abandonar la habitación, procuraban poner una vehemencia singular en el beso de despedida, para subrayar (todo el mundo subrayaba algo) lo que creían que era el verdadero objeto de la relación clandestina: la pasión venérea.
Aquel lunes, sin embargo, Jorge se empleó sexualmente a fondo, como si pretendiera hacer el amor con efectos retroactivos en consideración a aquellos otros días en los que sólo le había dado a Asun conversación o presupuestos. Luego, cuando ambos permanecían exhaustos boca arriba, con las manos entrelazadas por el afecto, él intentó hacerla partícipe de su preocupación.
—Por lo visto —dijo en tono de broma—, de quien en realidad estoy enamorado es de tu marido. Lo he leído
ayer en un libro sobre relaciones interpersonales.
—Pero si tú no eres homosexual —protestó ella.
—Pues ahí está lo raro.
—Ni conoces a Luis.
—Por las cosas que tú me has contado de él nada más. ¿No llevarás una foto encima?
La mujer hurgó en el bolso, que había abandonado junto a la cama al desnudarse, y sacó del billetero una instantánea donde aparecía su esposo en una reunión familiar, sonriendo al objetivo con una copa de champaña en la mano. Sobresalía, por encima de todo, su timidez, pero también podía advertirse un grado de soberbia en el modo en que levantaba la cabeza, reclamando al fotógrafo una atención especial para su figura. Un mechón de pelo le caía al azar sobre las cejas dándole una apariencia adolescente que produjo en Jorge una ligera turbación.
—Podría ser mi hijo —dijo devolviendo la foto a Asun.
—No es para tanto —respondió ella intentando mitigar su pena.
Jorge era veinte años mayor que Asun (y que su marido, al parecer), y aunque ella siempre tendía a rebajar los inconvenientes de la diferencia, a él le pesaban cada día más. A veces no hablaba de otra cosa.
—Cuando yo tenga setenta años —solía decir—, tú tendrás cincuenta, los míos de ahora. A los cincuenta todavía se es joven, ya verás.
—No pienses en eso.
—Y cuando yo tenga ochenta, tú tendrás sesenta. Estarás a punto de jubilarte.
—No seas pesado.
Esa noche, Jorge soñó con el marido de Asun y se despertó sobresaltado, víctima de una excitación sexual pavorosa que no sabía dónde descargar.
—¿Qué te pasó esta noche? —preguntó su mujer mientras desayunaban.
—Tuve una pesadilla.
—¿Cómo era?
—Te volvías lesbiana de repente y te ibas a vivir con Asun, una chica veinte años más joven que nosotros que lleva la contabilidad de la empresa.
—Pero si yo no he sido ni heterosexual —dijo Teresa irónicamente, aludiendo a alguna vieja acusación de él—, cómo voy a convertirme en lesbiana. Y en Navidades, unas fechas tan señaladas. Por favor.
—¿Qué quieres decir? —respondió Jorge confundido por aquella lógica, sin advertir el tono de burla latente en la respuesta de su mujer.
—Pues que no se puede ser heterodoxo sin haber pasado por la ortodoxia. Tú, que has sido un hombre sexualmente muy convencional, con una esposa asexuada, como yo, y siete u ocho amantes devoradoras o sumisas, según te fueran los negocios, podrías levantarte una mañana y empezar a perseguir chiquillos. Si me apuras un poco, sería hasta lo lógico para redondear un currículo sexual como Dios manda.
Salió de casa aterrado, pero ya en el coche consideró que el libro en el que había leído la teoría de la amante como puente entre los hombres que se atraían sin saberlo se lo habían regalado a Teresa, no a él, de modo que no tenía por qué dejarse influir por sus hipótesis. Quizá ella lo había subrayado de forma tan llamativa para estimular su curiosidad y hacerle daño. Todo era sugestión, pues. Todo era su gestión, volvió a repetirse dividiendo esta vez la palabra en dos partes: una gestión de su mujer para vengarse de sus infidelidades. Tal vez incluso lo había comprado ella misma, haciéndolo pasar luego como un obsequio de otra persona, al objeto de que el diagnóstico tuviera más peso al proceder de fuera del ámbito conyugal. En cualquier caso, la sola idea de cambiar de identidad sexual y de hábitos venéreos a aquellas alturas de la vida (y en unas fechas tan señaladas, se dijo a sí mismo con sarcasmo) le ponía los pelos de punta. Lo malo era que, pese a todos estos razonamientos, no podía dejar de pensar en el hombre de la fotografía con el que había soñado por la noche.
El lunes siguiente, Asun quería hablar, pero él insistió en que se metieran en la cama cuanto antes para probar su virilidad, y aunque no le fue mal, se quedó triste, insatisfecho, un punto abatido. Más tarde, cuando ella se levantó para ir al baño y la vio caminar desnuda, tan delgada, sobre la moqueta, le pareció una libélula, así que por un momento tuvo la impresión de haberse salido de telefilme, que era el territorio de la amante, para entrar en el documental sobre la naturaleza, que era el de la esposa. Aquella confusión de géneros, pensó, presagiaba lo peor desde el punto de vista del desorden sexual en el que se sentía instalado a pesar suyo. Entonces se arrastró sobre las sábanas hasta el lado de Asun, tomó sigilosamente su bolso del suelo y sacó del billetero la fotografía de Luis (ya había empezado a referirse a él, íntimamente, por su nombre).
Tras observarla con desasosiego durante unos segundos, oyó el ruido de la puerta del baño y calculó que no le daría tiempo a devolverla a su lugar, de modo que la escondió bajo la almohada y compuso un gesto de naturalidad para recibir a la amante, que se empeñó en pasar el resto de la tarde hablando de presupuestos y balances. En su opinión, las previsiones de facturación para el próximo ejercicio estaban mal hechas, pues no se había tenido en consideración la demanda de componentes por parte del sector público.
—El Gobierno está a punto de aprobar una partida para la renovación del material de quirófano en la sanidad estatal —añadió misteriosamente, como si se tratara de una información reservada.
—Ya —respondió él con pesadumbre. Jorge esperó el momento de devolver la foto a su lugar de origen, pero al final tuvo que esconderla en su propio billetero, pues Asun no volvió a separarse del bolso en toda la tarde.
Esa noche, cuando llegó a casa, Teresa le preguntó si le dolía el corazón, pues se llevaba la mano al pecho con frecuencia, y es que inconscientemente, cada poco, controlaba que no había perdido o no le habían robado la cartera y con ella la fotografía de Luis, que había comenzado a pesarle como un bulto, quizá como un infarto, en el centro del pecho. Todo lo que arrebataba clandestinamente a las mujeres, pensó, acababa transformándose en un tumor: primero aquellas líneas del libro de Teresa sobre las relaciones interpersonales; ahora la foto de aquel hombre. No sabía qué hacer con las líneas. Ni con la foto.
Atravesó la frontera del Año Nuevo arrastrando de un lado a otro la instantánea con una sensación de peligro inexplicable. A veces actuaba como si llevara encima una droga muy perseguida por la ley, y cuando en los restaurantes sacaba la cartera para pagar, percibiendo el latido de Luis en el departamento contiguo al de las tarjetas de crédito, contenía sin darse cuenta la respiración, como un aventurero o un espía en los momentos más delicados de su actividad. Con frecuencia se encerraba en el cuarto de baño de la empresa, o en el de su casa, y contemplaba la foto sin ser capaz de obtener ninguna conclusión, pero asombrado por el modo en que le concernía aquel rostro en el que la timidez y la arrogancia se anudaban a su propia historia venérea y sentimental, no sabía si para completarla o para hacerla estallar.
El lunes siguiente no devolvió la foto a su lugar. Asun tampoco la echó en falta, o al menos no se lo comentó a él. Hicieron el amor con pocas ganas —«al final de las Navidades», dijo ella, «siempre sufro una pequeña depresión»—, y después Jorge indagó acerca de las costumbres de Luis. Necesitaba saberlo todo sobre él: sus hábitos higiénicos, su sueldo, sus preferencias gastronómicas, sus programas de televisión preferidos. Al principio logró hacer las consultas con delicadeza, pero cuando vio que la tarde se acababa y que le faltaban todavía tantas respuestas para calmar su agitación, preguntó con cierta brusquedad:
—¿Se cepilla los dientes inmediatamente después de cenar o antes de irse a la cama?
—¿Quién?
—¿Quién va a ser? Tu marido.
Asun se levantó furiosa, se vistió y salió de la habitación dando un portazo; pero en los siguientes días, Jorge se hizo perdonar a base de flores y de preguntas telefónicas acerca de los presupuestos o de las previsiones gubernamentales para la renovación de los laboratorios públicos.
Finalmente volvieron a encontrarse en el hotel el lunes siguiente, y aunque ella se mostró al principio un poco tirante, él supo ganarse su confianza y recuperar el clima de familiaridad anterior: sabía ya que permanecer junto a Asun era el único modo de estar con Luis, cuya ausencia, ahora que se había introducido en su vida de aquel modo, no era capaz de imaginar.
A Teresa le regaló alguien, no dijo quién, por Reyes otro libro de bolsillo que subrayó a lo largo de las noches siguientes con cierta afectación. Pero Jorge, cuya capacidad para introducir cambios en su vida era muy limitada, no quiso averiguar ni el título.


De Cuentos de adúlteros desorientados (Lumen, 2003)