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lunes, 24 de julio de 2017

CUENTO SOÑADO Juan Valera



Queremos, lector, que sepas, que nos tienen hartos y aburridos los rígidos moralistas que pululan ahora por donde quiera.
Aunque no nos jactamos de virtuosos, respetamos la virtud; pero no la creemos tan vocinglera y tan espantadiza como la de estos censores de la India. Si hubiéramos de escribir a gusto de algunos; si hubiéramos de tomar su rigidez por valedera y no fingida, y si hubiéramos de ajustar a ella nuestros escritos, tal vez ni las Agonías del tránsito de la muerte de Venegas, ni Los gritos del infierno, del padre Boneta, serían edificantes modelos que imitar.
Por desgracia, esa rigidez es sólo aparente. Esa rigidez no tiene otro resultado que la de exaltar los ánimos,  haciéndoles dudar y burlarse, aunque sólo sea en sueños, de la hipocresía farisaica que ahora se usa.
Véase, si no, el sueño que ha tenido un amigo nuestro, y que trasladamos aquí íntegro, cuando no para recreo, para instrucción de los lectores.
Nuestro amigo soñó lo que sigue:
«Mas de 2600 años ha que era yo en Susa un sátrapa muy querido del gran rey Arteo, y el más rígido, grave y moral de todos los sátrapas. El santo varón Parsondes había sido mi maestro, y me había comunicado todo lo comunicable de la ciencia y de la virtud del primer Zoroastro.
Siete años hacía ya que Parsondes, después de iluminar el mundo con su doctrina, y de formar varios discípulos dignos de él, había desaparecido, sin que lo volviese a ver nadie, ni vivo ni muerto. Unos decían que había encontrado la flecha de Abaris y se había ido por el aire, montado en ella; otros, que se había elevado al empíreo en el trono flotante de Salomón, o en un carro de fuego; otros, que el dragón Musaros, que en la antigüedad más remota civilizó a los asirios, y que tenía cabeza de hombre, cuerpo de pez y piernas de mujer, se lo había llevado consigo a su palacio submarino, en el fondo del Golfo Pérsico. En resolución, aunque por distinta manera, todos convenían en que Parsondes, el virtuoso y el sabio, estaba viviendo con los dioses. En los templos de Susa se veneraba su imagen, coronada la cabeza de una mitra con quince cuernos, en razón de las quince virtudes capitales que resplandecieron en él, y vestido el cuerpo de un ropaje talar lleno de otros símbolos más extraños aun en nuestros días, aunque entonces no lo fuesen.
Entretanto, las malas costumbres, el lujo, la disipación, los galanteos y las fiestas dispendiosas iban en aumento desde la muerte o desaparición de Parsondes, el cual, mientras vivió entre nosotros, no hizo más que condenar aquellos abusos.
El rey de Babilonia, Nanar, tributario de mi augusto amo Arteo, rey de Media, había roto todo freno y corría desbocado por el camino de los deleites. Nosotros acusábamos a Nanar, como Parsondes le había acusado antes; pero nuestra voz, menos autorizada que la suya, no tocaba el corazón de Arteo, ni le decidía a destronar a Nanar, y a poner otro rey más morigerado en Babilonia. Nanar era más descreído y libertino que Sardanápalo, y en Babilonia no se adoraba ya a otro Dios que al interés y a Milita, o como si dijéramos, a Venus. En balde mis camaradas y yo predicábamos contra la corrupción. El vulgo y la nobleza se nos reían en las narices. Nosotros nos vengábamos con hablar de la santa vida de Parsondes, y con ponerla en contraposición de la vida que ellos llevaban.
Así iban las cosas, cuando una mañanita Arteo me hizo llamar muy temprano a su presencia.
-Hay esperanzas, me dijo, de que Parsondes viva aún, pero si ha muerto, es menester vengarle y castigar a su matador, que no puede ser otro que el rey Nanar.
-Tu sabiduría, señor, le contesté, es como la luz, que lo penetra y descubre todo. Vences al cocodrilo en prudencia, y al lince en perspicacia; pero ¿cómo has sabido que Parsondes puede vivir aún, y que, si ha muerto, Nanar ha sido su asesino? ¿No han asegurado los magos que Parsondes está en el cielo? ¿No han descubierto los astrólogos en la bóveda azul una estrella antes nunca vista, y no han reconocido en esa estrella el alma de Parsondes?
-Así es la verdad, replicó el rey, pero yo he llegado a averiguar, por revelación de algunos caballeros babilonios descontentos de Nanar, que éste, furioso de lo que Parsondes clamaba contra él, envió siete años ha emisarios por todas partes para que ocultamente lo prendiesen y llevasen a su alcázar; y allí debe de estar Parsondes, o muerto, o padeciendo tormentos horribles.
-¡Ah señor! exclamé yo al punto, postrándome a los pies del rey; justo es vengar una maldad tan espantosa. Permite que yo sea el instrumento de tu venganza, y que salve a mi querido maestro del cautiverio en que, si no ha muerto, se halla.
El rey me dijo que con ese fin me había llamado, y que al instante me preparase a partir con el acompañamiento debido, y órdenes terminantes suyas para que Nanar me respondiese con su vida de la del santo varón, o le pusiese en libertad.
Aquel mismo día, que era uno de los más calurosos del estío, salí de Susa en un magnífico carro tirado por cuatro caballos árabes. Un hábil cochero iba dirigiéndole, y dos esclavos etíopes me acompañaban también en el carro, haciendo aire el uno con un abanico de plumas de avestruz, y sosteniendo el otro, sobre un rico varal de marfil, prolijamente labrado, el ancho parasol de seda. Cuatrocientos jinetes, todos con aljabas, arcos y flechas, vestidos de malla y cubierta la cabeza con sendos capacetes de bronce, nielado de refulgentes colores, me seguían y me daban mayor autoridad y decoro. Seis batidores, montados en rayadas y velocísimas cebras, iban delante de mí, a fin de anunciarme en las diversas poblaciones. Las vituallas y refrescos, que traíamos para suplir las faltas del camino, venían sobre los lomos de veinte poderosos elefantes.
Por no pecar de prolijo, no refiero aquí menudamente los sucesos de mi viaje. Baste saber que al décimo día descubrimos a lo lejos los muros ingentes de Babilonia, obra de Semíramis. Un copete de verdura los coronaba. Eran los jardines pensiles. Sobre los muros y sobre los jardines descollaban el templo de Belo y la torre de Nemrod. Aunque tan distantes aún, y de un modo confuso, creíamos ya percibir las colosales figuras esculpidas y pintadas en sus paredes exteriores, aquellos toros con cabeza de hombre y aquellos hombres con cabeza de león, aquellos próceres y aquellos guerreros, ceñidos los riñones de talabartes, de que más tarde se enamoraron Oala y Oliba. El sol reflejaba desde Oriente sobre los gigantescos edificios y los hacía parecer como de oro. El Éufrates y el Tigris, serpenteando y heridos también por los rayos del sol que rielaba en sus ondas, se asemejaban a dos cintas de plata que formaban un lazo.
Los batidores se habían adelantado a anunciar mi llegada. De repente vimos levantarse en la extensa llanura una nubecilla blanca que se iba agrandando. Luego, sobre la misma llanura, vimos como una mancha negra, que agrandándose también, se movía hacia nosotros. Poco después llegó a todo correr uno de mis batidores a decirme que Nanar se acercaba a recibirme con numerosa comitiva. En esto la mancha negra se había ya dilatado por extremo, y empezamos a oír distintamente el son de los instrumentos músicos, el relinchar de los caballos y el resonar de las armas. Notamos, por último, el resplandor del bronce y del oro, el lujo de las vestiduras y la magnificencia de los que a recibirnos venían.
Hice entonces que el cochero aguijase los caballos, y pronto estuve cerca del rey Nanar, que venía en un soberbio palanquín de bambú, sándalo y nácar, sostenido por doce gallardos mancebos. El rey bajó del palanquín y yo del carro, y nos saludamos y abrazamos con mutua cordialidad.
La túnica del rey era de tisú de oro bordada de seda de mil colores. En el bordado se representaban todos los pájaros y todas las estrellas del cielo. Llevaba el rey una tiara no menos estupenda, ajorcas y brazaletes, y por zarcillos dos redondas perlas del tamaño cada una de un huevo de perdiz.
Su cabellera le caía en trenzas perfumadas sobre la espalda, y la barba formaba menudísimos rizos artística y simétricamente ordenados. Su vestido y su persona despedían una delicada fragancia. A pesar de mi severidad, no pude menos de admirarme de la figura del rey Nanar, y confesé, allá en mis adentros, que era la persona más com 'il faut que había yo tratado en mi vida.
El rey me alojó en su alcázar, me dio fiestas espléndidas, y me distrajo de tal suerte que casi me hizo olvidar el objeto de mi misión. Ya teníamos un concierto, ya un baile, ya una cena por el estilo de la que dio Baltasar muchos años después. Yo no me atrevía a preguntar al rey qué había hecho de Parsondes. Yo no comprendía que un señor tan excelente, que agasajaba y regalaba a los huéspedes con aquella elegancia y cortesanía, hubiese dado muerte o tuviese en duro cautiverio a mi querido maestro.
Por último, una noche me armé de toda mi austeridad y resolución, y dije a Nanar, en nombre del rey mi amo, que en el momento mismo iba a decir dónde estaba el virtuoso Parsondes, si no quería perder el reino y la vida. Nanar, en vez de contestarme, hizo venir al punto a todas las bailarinas y cantatrices que había en el alcázar, las cuales pasaban de novecientas, y eran de lo más bello y habilidoso que a duras penas pudiera encontrarse en toda Asia. Las muchachas llegaron bailando, cantando y tocando flautas, crótalos y salterios, que era verdaderamente cosa de gusto el verlas y el oírlas. Yo me quedé absorto. Nanar me dijo, y aquí fue mayor mi estupefacción:
-Ahí tienes al santo Parsondes, en medio de esas mujeres. Parsondes, ven acá y saluda a tu antiguo discípulo.
Salió entonces del centro de aquella turba femenina uno que, a no ser por la barba, hubiera podido confundirse con las mujeres. Traía pintadas las cejas de negro, de azul los párpados, a fin de que brillasen más los ojos, y las mejillas cubiertas de colorete. Estaba todo perfumado; su traje era tan rico como el del rey; su andar afeminado y lánguido; de sus orejas pendían zarcillos primorosos; de su garganta un collar de perlas; ceñía su frente una guirnalda de flores. Era el mismo Parsondes, que me echó los brazos al cuello.
-Yo soy, me dijo, muy otro del que antes era. Vuélvete si quieres a Susa, pero no digas que vivo aún para que no se escandalicen los magos, y para que sigan teniendo un ejemplo reciente de santidad a que recurrir. Nanar se vengó de mi ruda y desaliñada virtud, haciéndome prisionero y mandando que me enjabonasen y fregasen con un estropajo. Después han seguido lavándome y perfumándome dos veces al día, regalándome a pedir de boca, y obligándome a estar en compañía de todas estas alegres señoritas, donde he acabado por olvidarme de Zoroastro y de mis austeras predicaciones, y por convencerme de que en esta vida se ha de procurar pasarlo lo mejor posible, sin ocuparse en la vida de los otros. Cuidados ajenos matan al asno, y nadie lo es más que quien se mezcla en censurar los vicios de los otros, cuando sólo le ha faltado la ocasión para caer en ellos, o cuando, si en ellos no ha caído, se lo debo a su ignorancia, mal gusto y rustiqueza.
Las manos me puse en los oídos por no oír semejantes blasfemias en boca de aquel sabio admirable. Desesperado y rabioso estaba yo de verle convertido en bon vivant; más para evitar el escándalo, determiné aconsejar al colegio de los magos que siguiese diciendo que Parsondes había subido al empíreo, que siguiese venerando su imagen en los templos de Susa, sin descubrir a nadie, antes negando rotundamente, que Parsondes vivía con las bailarinas de Babilonia en el alcázar de Nanar.
En esto desperté de mi sueño y me volví a encontrar en mi pobre casita de esta corte.



-Creo, añadía nuestro amigo al terminar su cuento, que con menos riqueza y a menos costa pueden los Nanares del día seducir a los Parsondes que zahieren su inmoralidad y sus vicios. Los que no estén seguros de la propia virtud han de ser, pues, más indulgentes con los Nanares. ¡Desdichado aquel que hace alarde de virtud sin tenerla probadísima!
¡Dichoso aquel que la practica y calla!

FIN

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