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lunes, 3 de julio de 2017

EL EMBRUJO DE LA LAGUNA Francisco Zúñiga



El amor no siempre es cosa del otro mundo. Tampoco ofrece argumentos novedosos para despuntar (todo es añejo bajo su sombra) una historia cierta como, al decir de los testigos presenciales, es la que recogemos aquí. La puede salvar una cuestión: su revestimiento barniz extraño sobre el ropaje habitual que le impregna matices de maravilla y la califica como misteriosa.
Sin más exordios, esto fue lo que sucedió:
Hubo una vez dos jovencitos llamados Rosendo y Rosalía, de buen ver y puede deseables entre sí. Pero esto no ocurría pues la vida es inestable: la correspondencia en el amor se tiene sus caprichos, venidos de la mano del cielo o, ¿por qué no?, del infierno.
Se alegó como explicación antojadiza la hipótesis siempre alza su vuelo impertinente no la circunstancia de sus orígenes, desconocidos por la mayoría mandante, ni el hecho indubitable de estar emparentados, accidente sin rémora en el amor por aquello de que como primo. sino el apuballante de la suspicacia, sin arrastrar a las mientes, cosa por demás imposible por inexorable y, si fuera del dominio, aburridora por su incapacidad de emocionar modificando el paso de la chismografía, que los jóvenes se conocían demasiado y acusaban coincidencia en lo que sentían y presentían.
Las minucias no se hubieran barajado si las paredes no oyeran, pues la ocurrencia de los padres, magnánima por lo liberadora, de precipitar el matrimonio aprovechándose de la ausencia de la vieja Rosilda, se disparó en un chorro de conjeturas, de me contaron, de fíjate vos que, de supiste, de dicen por ahí que tal y tal, esto y lo otro.
A los muchachos ni les iba ni les venía. En sus fueros lijaban intenciones, si bien complementarias, no confluyentes en algo tan aburrido y tan absurdo para ellos: una boda como Dios manda.
Pues, a fuer de portarnos verídicos, no sentían, en la coyuntura de su hoy, atracción recíproca alguna. Más concretamente: a Rosendo no le atraían las muchachas, ni a Rosalía los varones. Sus instintos latentes respondían a impulsos iniciales, tal vez primarios pero sí respetables y dignos de tomarse en cuenta.
Los padres consideraron y con suficiente razón que el matrimonio sería, si bien condena, de una parte, por lo del contrapelo situación dolorosa pero aceptable por la sin remedio sí buena salida, desde la otra, pues aparearía la solución lógica, francamente hablando. Las ilusiones a veces dijo una de las madres se desbaratan.
Y debe reconocerse que el amor hacia los jóvenes se les había ahondado. Claro: comprobaron lo comprobable, sobre todo si mediaba en sus convencimientos una realidad, disimulada siempre pero terca por entero: los muchachos no podían atraerse. No obstante la realidad, cruda y categórica, eso los tenía sin recelo: no encerraba importancia en relación con el fin último. La suerte está echada, dijo uno de los cuatro, y todos entendieron que el matrimonio culminaría una situación mantenida, sin capacidad de sostenerla por más tiempo, máxime ahora cuando la vieja Rosilda usaba hacer rondas casi periódicas.
Claro que para los futuros contrayentes no dejaron de ser molestia los preparativos, casi en secreto pero del conocimiento de todo el mundo menos Rosilda, que imperdonablemente, cuando la noticia se supo, se había consumido en una de sus idas consuetudinarias. Y fue molesta la decisión Porque les tornó anómalos los pasatiempos en la orilla de la laguna y sus chapuzones en el agua, de tracto en tracto, donde se holgaban buscando larvas y fauna y flora acuáticas en general. La vieja Rosilda, además, aterraba en mayor grado a los muchachos que a los padres, sobre todo cuando se les aparecía con su figura encorvada y siniestra, inquietud primaria muy incómoda, adicionada atora con los burumbunes de la boda.
Las madres sabían, suponían saber la razón de que Rosendo y Rosalía no sintieran atracción, hablando en el lenguaje neto de un matrimonio. Confiaron su secreto o escrúpulo más bien a sus maridos, completamente inseguros de si lo visto había sido real o si, por una ventolera, la vida les había jugado una sucia faena.
Pero, sueño o realidad, el buen gobierno de sus cerebros les aconsejó no jugársela y el matrimonio dijo uno si lo que cuentan ellas no es verdadero, puede anularse. Procedamos ahora sin prejuicios ni egoísmos y adelantémonos a los designios de la Rosilda, si acaso los tiene.
No habíamos contado, y lo hacemos ahora, que Rosendo no era fruto de las entrañas de su madre ni Rosalía de las de la suya. Ambas, entre lo que dicen vieron, grabaron nítidamente el vapuleo que la vieja daba, en la orilla de la laguna, a los dos niñitos y, ante su incapacidad de tolerarlo, llenas de coraje y santa cólera, los arrebataron de sus manos y, a partir de ese momento, pese a la amenaza constante de Rosilda, extendida en el largo de muchos años, se fueron convirtiendo en sus hijos muy queridos.
Todo fue grandioso, incluida la duda. Cuando las madres insistían, jurando haber sido testigos presenciales y haber visto... con sus propios ojos, los papás dudaban. No podían ellas sostener su contumacia porque, con el curso del tiempo, se les había adherido el tal vez sí tal vez no, convirtiendo lo que fue una pesadilla en sueños acongojante. Los padres se bamboleaban entre el creer y el no creer y el sueño de sus mujeres se les hacía pesadilla cuando miraban deambular a la vieja Rosilda. La vieja Rosilda, como respaldo a la Afirmación de las mujeres, hizo su aparición primaria el mismo día que los chiquillos. Aún más: los hombres tuvieron que espantarla cuando, con sus saltos patizambos, perseguía a las esposas.
Rosilda es menester abonarle algo, se las sabía todas. Tenía certeza absoluta de que el matrimonio no se iba a consumar. Pero, puede que para mortificar a los muchachos, y de sesgo a los padres, hacía sus apariciones en el momento en que menos se le esperaba. Cuando tuvo noticia del matrimonio planeado (las paredes no sólo oyen: se hacen chismosas) tomó la decisión de impedirlo a toda costa, no obstante estar convencida, por conocer la naturaleza de los jóvenes, de que no ocurriría. Entre los cuatro padres posiblemente pensaba me pueden enredar y jugar sucio.
Pese a su determinación la boda se llevó a cabo a sus espaldas, una mañana calurosísima, aprovechando que la vieja no estaba: la noche anterior, bastante oscura, se consumió en la laguna.
Lo que por agua viene por agua se va dijo una de las madres. Y la alusión, no a la consumida de Rosilda sino a la boda, tenía sentido completo y absoluto:
ellas habían sacado de la laguna a los niños cuando la vieja Rosilda los vapuleaba, después de haberlos convertido en humanos como castigo, para vengarse de la rana madre de los dos, en ese momento renacuajos.
Y recordó la madre que había oído decir a la rana bruja que el encanto se rompería si ellos lograban casarse, cosa imposible porque ninguno sentiría atracción por el otro, por cuanto el corazón de cada uno seguía siendo de rana.
Y contaba además que siempre le retumbaba en los oídos la risa estrambótica de la rana bruja vieja Rosilda, idéntica a las de las brujas de aquí en la tierra.