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jueves, 6 de julio de 2017

LA INFIDELIDAD DE TARZÁN



José Luis Najenson

DESPUÉS DE LA TRIPLE revelación de Disneylandia, no hay mito que se mantenga incólume; ni siquiera el de Tarzán de los Monos. Este tercer sueño erótico (luego de I y III), vuelto memoria por una intención iconoclasta, propia de toda adolescencia, se regodea en el misterio del triángulo amoroso (Tarzán, Jane y...?) aunque su resolución previa resulte un enigma casi insoluble.

Tarzán no hablaba mucho, pero estaba siempre dispuesto para el sexo; de múltiples maneras, posiciones y basamentos, incluidas las más estrambóticas horquetas de los árboles. Y esta actitud, casi incansable, era lo que más admiraba Jane en el hombre-mono; haciendo caso omiso de sus otras virtudes selváticas a excepción, en su justa medida, de la defensa y el sustento. También había sido esa la causa de su abandono voluntario del mundo civilizado donde, una ninfomaníaca como ella, tenía pocas posibilidades de satisfacer normalmente sus deseos. Lo que en la puritana Inglaterra requería pluralidad y secreto -pluralidad de los hombres y secreto de los actos- amén de considerable hipocresía y violación de las normas constituidas, en la selva era pan de todos los días. Y, literalmente, Tarzán la proveía de dicho alimento emocional varias veces al día e incluso durante la noche, la rumorosa y enervante noche de la jungla.
Pero había algo que Jane no sabía, o no quería saber, o tal vez, sabiéndolo, no se atrevía a confesarlo; ni a sí misma ni, mucho menos, a Tarzán de los Monos. Era un misterio que hesitaba en develar, quizá porque suponía que al hacerlo pondría en peligro su bien conquistada felicidad. Como en la mayoría de las cosas presuntamente importantes, el habla, la religión, la moral, etc., también en el sexo ella era maestra y memora de Tarzán; debido a la más amplia perspectiva que le proporcionaba su origen exterior. El hombre-mono acataba sumisamente sus enseñanzas y apenas podía retribuirle, en mucho menor medida, con lecciones de adaptación a la no muy complicada vida de la selva. No obstante, hubo dos posturas sexuales sobre las que Jane no tuvo necesidad de ilustrarle y que indudablemente conoció mejor que ella: el intrigante ósculo del diablo -vedado en la sociedad británica de aquel tiempo- y la costumbre de Sodoma y Gomorra (de Godoma y Somorra, como decía Tarzán), heterosexualmente en auge. A Jane no le preocupaba la práctica de tales extravagancias, que le agradaban tanto como cualquier otra, sino el hecho de que Tarzán no las hubiera aprendido de ella; suponiendo, sin mayores dudas, que él era virgen antes de conocerla. Esa mínima sabiduría previa le confería al hombre-mono un cierto aire de posible infidelidad, ya fuese cercana o remota; vulnerando todas las normas de su razón y sentido común, que le indicaban lo contrario. «Ya que, ¿con quién podía engañarla, si ella era la única Eva en ese jardín de Edén? Desde luego, siempre estaban y estuvieron las negras, calvas y arrugadas hembras de las tribus circundantes; pero apenas si se distinguían de los hombres por sus pechos colgantes y la protuberancia de su... ¡Ah! allí había algo para un caso». Sin embargo, como ella bien lo sabía, a Tarzán no le gustaban; lo había proclamado más de una vez en su balbuceante lengua: «Mi no gustar negras, todo muy ancho, muy sucio». Además de sus prejuicios raciales (y los de Tarzán), Jane ya conocía bastante de la vida selvática como para no dudar de que aquellas mujeres eran inaccesibles, simplemente por la complejidad de sus tabúes tribales. Más fácil había sido, precisamente, el milagro de su unión con Tarzán de los monos, que la impensable eventualidad de un encuentro -aun fortuito- de este último con una negra medianamente casquivana. Tampoco se inclinaba a pensar en una rival blanca, del pasado, que, como ella, se hubiera internado en el laberinto verde, aunque efímeramente, y pudiese haber quedado en la memoria de Tarzán como algo deslumbrante y fugaz. No; se lo hubiera dicho de algún modo, porque el hombre-mono no sabía mentir y Jane ya se lo había preguntado, de sutiles maneras, más de una vez. ¿Entonces? Quedaba una sola posibilidad, en la que no se atrevía a creer.
Después de infructuosos intentos de olvidar el asunto, cierta noche, de aquellas vedadas para el amor por los ciclos de la naturaleza, Jane se mantuvo despierta con el propósito de vigilar a Tarzán. Cuando la luna estaba alta, apenas bruñendo la copa de los árboles, el hombre-mono se levantó sigilosamente de su lecho de ramas; observó por un rato la figura que yacía a su lado y, creyéndola dormida, se perdió en el murmullo de la selva. Jane se felicitó a si misma de haber aprendido a simular el sueño con absoluta eficacia, y siguió a Tarzán por el silencioso camino de las lianas a través de la oscuridad. El viaje nocturno la llevó por lugares casi desconocidos, hasta llegar a una cueva de roca volcánica que jamás había visto. Desde afuera se oía el rumor de un río subterráneo y el silbido intermitente de los cascabeles. Por un momento tuvo miedo de las serpientes, señoras de la noche, pero recordó que aún ellas respetaban al hombre-mono, y entró en la oquedad para seguir las huellas que se perdían hacia abajo. En ese mismo momento escuchó, por primera vez, una serie de ruidos extraños, agudos, como los sones de una gaita rota o mal tocada. Continuó por el declive hasta el borde mismo del agua interior, agazapándose detrás de un alero para ver sin ser vista. Una difusa claridad, que tal vez provenía de otra abertura en la piedra, invisible desde el lugar donde ella se encontraba, le permitió ver parte de lo que ocurría, sin llegar hasta los últimos detalles.
Tarzán, doblado sobre una sombra oscura, parecía montar en briosa cabalgadura; sus manos estaban crispadas y la faz resplandecía, preso de un placer indescriptible. En una pausa del furioso galope la sombra cambió de postura y Jane alcanzó a divisar su lengua rosada, brillando en la negrura del conjunto. Luego, una feroz sacudida del hombre-mono y su grito horadando la noche cargada de ramas, de presagios. Cuando Chita salió trastabillando hacia la boca de la cueva, Jane comprendió el origen -y la causa- de los chillidos, como de gaita dislocada, que había estado escuchando.
Por un instante se sintió perpleja, no sabiendo si quería reír o llorar, y pensó abandonarlo todo para enrolarse en un burdel militar de la Costa de Marfil, por el resto de su vida. Pero, recapacitando, dejó su escondite y volvió al árbol conyugal antes de que regresara Tarzán. Allí comenzó a planear su revancha; y como aquel estaba durmiendo, literalmente, la mona (ya que ambos amantes se habían animado mutuamente con largos tragos de licor de caña), tuvo suficiente tiempo para hacerlo.
Desde el día siguiente comenzó a cortejar a la libidinosa mona, cuyo contacto con Tarzán la había parcialmente «domesticado», obnubilando algunas defensas naturales, entre ellas, el período de celo, que Chita ya había perdido por completo. Es decir que, como la raza humana, celaba todo el año. Aprovechando esta contingencia Jane sedujo a la alegre mona, que se hallaba profundamente confusa en lo que a sexo se refiere. Cuando el hombre-mono empezó a notar las curiosas ausencias de Chita, Jane supo que había llegado la hora de la venganza. Una noche adecuada, fueron ambas a la cueva volcánica donde ella había descubierto todo, no sin antes dejar suficientes indicios para que Tarzán las siguiera. Allí, después de emborracharse a conciencia, repitieron el juego que habían realizado tantas veces. Al irrumpir el hombre-mono en la escena Jane supo de inmediato, por la tensión de su mirada a Chita, cuál era la infidelidad que más le dolía.

FIN