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miércoles, 9 de agosto de 2017

LA JINETA QUE VISITABA EL GALLINERO Baltasar Porcel


Por el cuello, destrozado a mordiscos, les habían chupado la sangre. Se hallaban tendidas en el suelo, muertas. Josep Botines las observó, puso la palma de la mano sobre los cuerpos, aún calientes. Se alzó, el hombre, pensativo. Era la segunda noche que la jineta le atacaba el gallinero. El gallinero de su casa, de los animales criados con grano y salvado, que eran los que comían ellos, porque los pollos de pienso –los que llevaba a medias con Melción Terrassa–, no quería ni oír hablar: el tufo de pescado que echaban le provocaba bascas. Encendió un cigarrillo y caminó cabizbajo.
Dos días antes, apenas acostado, oyó cacareante barullo. Fue al corral, donde se agitaba un revuelo de aves, acometidas por una sombra nerviosa. “¡La jineta!”, exclamó Botines, cogiendo un horcón. Abrió la barrera y vio tendida, inerte, a la jineta, mientras las gallinas se apelotonaban en una esquina. Y tres de ellas daban los últimos espasmos, ensangrentadas. Tocó el pelo áspero de la jineta, sobre la cual caían, en fláccido planear, plumas volanderas. “¡Cojones!
¡Este animal está muerto ¡Quizá el gallo le haya dado un picotazo en el cerebro….!”, se decía, sorprendido, Josep Botines, mientras dudaba si rematar o no a la alimaña. Y, súbitamente, saltó la jineta, como un centelleo hacia la puerta libre. Bulto furtivo y veloz, desapareció por el vecino campo de avena, alto y rumoroso, dorado.
Reparó la rejilla del gallinero, la reforzó. Pero de nuevo le arrancaba de la cama el escándalo de las aves: la jineta había vuelto a introducirse en el recinto. Y ya no estaba. Echó los bichos degollados en la pocilga y oyó cómo los cerdos los hozaban, los masticaban. Su mujer, Conxa, le tenía manía a la carne desangrada. Los viejos decían que quien comía moría de la misma forma, chupado por un pájaro grande y extraño, con cara de persona, que caía sobre los lechos a medianoche. “Mañana te espero”, rezongó Josep Botines, y se fue a acostar.
Luego de cenar, al día siguiente, tomó la escopeta de dos cañones y calibre dieciséis. La noche era espléndida, quieta la atmósfera, de luna llena. Andaba con paso quedo, y a su alrededor los grillos, los primeros grillos del verano, paraban su agudo chirriar. Estallaba, lejano, el aullar de un perro. Se dirigió hacia el linde del monte, un ribazo costanero, de tierra arcillosa cuajada de rocalla, con varios algarrobos, de follaje prieto, y un par de higueras, en las que hinchaban ya algunas brevas. Terreno delgado, estéril para la siembra, donde crecían gamones, altos y floridos.
Se abrazó al tronco nudoso de una higuera y se encaramó a horcajadas, en su copa. Respiraba con fatiga y recordó que, de joven, trepaba como un gato. Cogió una breve, se la comió: todavía tenía un punto de aspereza, la pulpa dura y roja.
Ante él, se elevaba la falda de la montaña, de espesa vegetación: jaras, carrascas, aladiernos, aliagas, lentiscos y los sombríos volúmenes de la encina, los pinos esbeltos. Más arriba, contra el cielo resplandeciente de estrellas, la cresta de la sierra negra. El silencio era hendido sólo por los grillos, por el severo canto de la lechuza y por sonidos oscuros, surgidos de la vida misteriosa. Hacia los prados, la luz de la luna teñía las mieses uniformes y el almendral de una tonalidad azul y pálida: los árboles formaban una masa algodonosa, delicada. Josep Botines inició el acecho de la jineta.
Voló un ave grande y oscura, con violento batir de alas. Dos conejos salieron de entre una espesura de cañuela, persiguiéndose juguetones… Y, lentamente, Josep dejó de percibir el paso del tiempo y quedó sumergido en un estado de lucidez sin límites, como si la noche jamás tuviera que acabar ni le ligaran a él ataduras con el trabajo, con la familia.
La arribó, muy débil, el sonido de una trompeta: debía ser de la verbena que celebraban en el hotel de la playa, al otro lado del monte. Donde su hijo Rafael oficiaba de camarero. La isla se llenaba cada vez más de turistas, en verano, y los hoteles crecían como hongos. Aquel era el primero en la playa de Sant Telm. El antiguo chalet modernista con la torre de mayólica morada y el jardín de tilos, donde durante la guerra habían vivido aquellos marqueses belgas, había sido convertido en hotel. Cuando lo vio, quedó ligeramente asombrado: la casa mejor del puerteceillo, símbolo de los veraneos perezosos, señoriles, de la gente con posición –los señores de son Alenyar, el médico Picornell, la familia Pujol Cebrer, los marqueses belgas…- pasaba a ser una fonda, como la de can Pisos y can Ramonet. Y con su hijo de camarero…
Su hijo, que aquella misma noche, cenando, se le había reído cuando Josep le habló de salir a la espera de la jineta. “Perderás la noche por una tontería.
Lo que tendrías que hacer es vender la finca, y abriríamos un bar en la playa. Lo de los turistas crecerá, ya lo verás. Gallinas. ¡bah!… Una gallina vale diez duros, quince, que es lo que me gano yo sólo de propinas en una hora o dos”. Ahora Rafael, pensaba el payés Botines, estaría en la verbena, debajo de los farolillos de colores, bailando con una de esas extranjeras rubias, esbeltas, bronceadas. Mujeres como las que él, Josep, nunca había tenido. Ni las tendría.
Porque de joven, cuando iba de putas, a veces sí que llamaba a una de aspecto exuberante, mayestático. Pero, al desnudarse, le colgaban los pechos, la barriga era como una garrafa, y se movía distraída, mecánicamente, al ponerse él encima… Rafael iba con extranjeras. No, no volvería a ejercer de payés.
Rafael, como lo hacía de niño, al lado de Josep…
Miró los campos, con una cierta acritud, Botines: toda su vida, la de su padre, de su abuelo, estaba ahí, en la tierra, en los árboles. Que él estimaba y que, lo veía claro, se irían arruinando a medida que él se fuese haciendo viejo: el matorral invadiría los bancales, el tiempo capolaría los árboles.
Eso, o lo vendería su hijo a cualquier extraño… Se sintió solo, cansado, Josep Botines, en la noche gloriosa y silente.
De pronto, su oído finísimo percibió un roce, leve movimiento en una mata de lentisco. Sus nervios se tensaron. Sus ojos, dilatados, perforaban la negrura:
una sombra vaga, casi imperceptible, parecía destacarse de las otras sombras. Podría ser un conejo, un perro… De repente, un animal corrió, reptante entre los tallos de los gamones y las largas hojas de los perros. Josep, todo él abocado hacia la forma en movimiento, colocaba instintivamente la culata de la escopeta contra su hombro derecho. Contenía la respiración.
Y desembocó la jineta en un calvero: quedó inmóvil, el cuello estirado, bajo la luminosidad lunar. Era una bestia ágil, de un color pajizo moteado de negro.
Tendría una longitud de medio metro, su cuerpo largo, de pata breve, y tras ella extendía la cola, de pelaje ahuecado, que dibujaba anillos blancos y negros.
Un pelaje brillante. Y unos ojillos relucientes, inquietos. Estremecía el hocico puntiagudo, el animal, en ávido olfateo. Josep apuntaba con precisión, curvaba el índice sobre el gatillo.
El animal ladeó la cabeza, a la escucha, y encogió levemente su cuerpo. Llegó otra vez el eco de la trompeta, difuso. De golpe, una potente sensación de desánimo inundó a Botines: mataría a la jineta, sí, la mataría ahora mismo… y dentro de unos años moriría él, quedarían los campos desiertos, se convertirían en un erial. Veía la bestia, magnífica, detenida encima del punto de mira: los dos eran seres de un mundo que acababa. Su hijo no armaría el arado, no varearía las almendras, ni acecharía a la jineta. Josep Botines se sintió extraño, fuertemente unido a la selvajina carnicera. Y creyó, lo creyó con todas las fibras de su cuerpo, que con la muerte del animal también acababa una parte de sí mismo. Empezó a desviar la escopeta…
La jineta movió las patas. E instintivamente Josep volvió a apuntar, rápidamente, y disparó. Retronó el disparo y la bestia dio una enérgica voltereta.
Descargó el hombre el segundo cañón y mientras se perdía el eco del tiro, unos espasmos breves sacudían el cuerpo echado. Bajó de prisa de la higuera, Josep, y apresuradamente volvió a cargar el arma. Se acercó al calvero: la jineta, con el pecho y media cabeza machacada por los perdigones, yacía muerta.
Manaban hilillos de sangre carmínea, espejeante. Un tufillo hediondo se desprendía del bicho.
Josep contempló largamente el cuerpo del animal. Absorto, como vacío, finalmente lo cogió por la cola, y arrastrándolo, partió hacia su casa. Caminaba despacio entre las sombras algodonosas de los almendros. En el cielo resplandecía la luna, inmensa.

FIN

Cuento extraído de la novela de Baltasar Porcel Difuntos bajo los almendros en flor (1969). Editorial Espasa-Calpe. Madrid, 1978. Premio Josep Pla Compilador: Ernesto Bustos Garrido.